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Luis Algorri

Opinión

Algo más que un par de cartas

Los estacazos a la libertad le caen de todas partes, y los más sañudos son los que le atizan quienes presumen precisamente de defenderla

Protestas por la muerte de George Floyd en Minneapolis
Protestas por la muerte de George Floyd en Minneapolis Gtres

La libertad y la democracia son asuntos difíciles porque su uso (y también su persecución) dependen de la definición que cada cual dé a esos términos. Muchas de las mayores tiranías de la historia se impusieron precisamente en nombre de la libertad, para devolver la libertad al “pueblo”, para conquistar la libertad. “Libertad ¿para qué?”, contestó Lenin al socialista español Fernando de los Ríos cuando este le preguntó, en 1920, que cuándo iban a devolver los bolcheviques la libertad al pueblo soviético. “La única libertad admisible es la libertad para hacer el bien”, podía leerse unos pocos años antes en la revista El Mensajero del Corazón de Jesús, publicada por los jesuitas de entonces.

Quiere esto decir que los estacazos a la libertad le caen de todas partes, y los más sañudos son los que le atizan quienes presumen precisamente de defenderla. Los 'liberadores' de la gente son lo más peligroso que hay.

En EE UU, un nutrido grupo de escritores, artistas y pensadores ha enviado a la revista Harper’s una breve carta en defensa de la libertad de opinión. La sola relación de los firmantes hace tragar saliva: Martin Amis, Avram Noam Chomsky, Salman Rushdie, Margaret Atwood, Joan K. Rowling, Steven Pinker, Francis Fukuyama y por ahí seguido hasta el centenar y medio. Los miopes habituales que pretendan clasificarlos como “gente de derechas” o “gente de izquierdas” lo llevan claro: proceden de todas partes y piensan de maneras muy diferentes entre sí.

Pero todos están de acuerdo en una cosa: la censura avanza en nuestro tiempo a lomos de los populistas (“Donald Trumprepresenta una amenaza real para la democracia”, dicen) y de los exaltados que nacen siempre en cualquier movimiento de opinión, por justo que sea lo que reclaman. Se refieren, sin citarlo, al movimiento Black Lives Matter, surgido en Estados Unidos en 2013 como reacción a la impunidad de que gozan los policías que agreden o matan a los negros (último caso: George Floyd), pero es obviamente aplicable a muchos casos más, desde el feminismo más radical, el Mee Too o los diferentes nacionalismos.

En España ha habido una reacción de apoyo a esa breve carta: otro escrito con montones de firmas respetadas y de procedencias políticas muy diferentes (Vargas Llosa, Savater, Alberto Olmos, Nuria Azancot, Sergi Pàmies, César Antonio Molina, David Torres, nuestra Karina Sainz Borgoy muchísimas más) en el que se dice lo mismo: la censura avanza cabalgando sobre ideas e iniciativas de origen progresista. Y ya no son solo los políticos, algunas instituciones, cierta prensa o los “líderes opinión”, sea eso lo que sea: es la sociedad misma, materializada en las redes sociales, la que procede al linchamiento público de quien se atreve a disentir, a dar otra visión de las cosas o sencillamente a no estar de acuerdo.

Se comportan como las bandadas de estorninos o los cardúmenes de peces: basta que uno cambie la dirección de la marcha, o diga “¡Por ahí vamos!” para que todos los demás le sigan sin rechistar

He escrito aquí alguna vez, hace ya tiempo, que hay un libro que todos deberíamos tener a mano: Arden las redes, de Juan Soto Ivars, publicado hace tres años por la editorial Debate. Juan Soto, que también está –no podía ser de otro modo– en la lista de firmantes de la carta 'española' de apoyo a la enviada a Harper’s, describe ahí con una puntería prodigiosa cómo las redes sociales, singularmente el albañal de Twitter, pero no solo, están contribuyendo a despertar el tirano y el inquisidor que todos llevamos dentro, sea pequeño o sea grande. Cómo los tuiteros, los feisbuqueros, los instagramófilos y desde luego los forúnculos (carroñeros habituales en los foros de opinión de los periódicos digitales, gente que en realidad no son más que trols o haters) se comportan como las bandadas de estorninos o los cardúmenes de peces: basta que uno cambie la dirección de la marcha, o diga “¡Por ahí vamos!” para que todos los demás le sigan sin rechistar.

Y le siguen con renovados bríos, con un entusiasmo creciente que procede del miedo: a ver si estos, que son los míos, me llaman tibio y la toman conmigo; mejor será que cargue las tintas. El resultado suele ser el que he dicho: el linchamiento público de las personas que se convierten en objetivo de los inquisidores, lo cual trae muchas veces consecuencias terribles en el ámbito laboral, en el profesional y hasta en la propia vida de las personas.

Nuestra bandera, nuestras cartas

Soto llama a esta gente los “pajilleros de la indignación”; Vicente F. de Bobadilla los califica de 'juventudes tuiterianas'. Siempre buscan lo mismo: callar a los demás. Que se retire ese libro. Que se despida a ese periodista. Que se acogote a ese que no está de acuerdo con la bandada, que no obedece nuestras consignas, que no ondea nuestra bandera ni canta nuestras canciones, que no cree en nuestros dioses.

Lo estamos viendo todos los días. En nombre de una 'corrección política' que no tiene nada de corrección y sí mucho de fanatismo, de temerosa imitación y desde luego de ignorancia, HBO ha retirado de su oferta cinematográfica una de las películas más grandes de la historia, Lo que el viento se llevó, porque ahora es 'racista'. Y a quien le parezca mal, que se vaya preparando; quien diga que ese film hay que verlo en su contexto histórico, como el esclavismo de George Washington, el descubrimiento de América (que los gilipuertas que no atendieron en clase cuando eran niños llaman hoy “genocidio”) o la guerra de las Galias, se arriesgan a que los crucifiquen en público las hordas de tuiteros, fascebookistas o forúnculos.

Esta gente teme por encima de todo el deterioro de la imagen pública de su empresa, su negocio, su periódico, su editorial o lo que sea, se convierte en el 'brazo ejecutor' del Santo Oficio de los indignables

Los problemas que está teniendo la familia Lacasa, que lleva cuatro generaciones fabricando chocolates, porque a algún 'pajillero de la indignación' se le ocurrió decir que los Conguitos eran racistas y la bandada entera les siguió como un solo buitre. Los fanáticos norteamericanos echando abajo las estatuas de gente tan criminal y genocida como Colón, por ejemplo. Como dice la carta “española”, los “líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción, temerosos de la repercusión negativa que para ellos pudieran tener las opiniones discrepantes con los planteamientos hegemónicos en ciertos sectores”.

Esta gente, que funciona mediante criterios no intelectuales o reflexivos sino publicitarios, y que teme por encima de todo el deterioro de la imagen pública de su empresa, su negocio, su periódico, su editorial o lo que sea, se convierte en el 'brazo ejecutor' del Santo Oficio de los indignables. Y estos tienen una característica común, en todas partes: carecen por completo de sentido del humor, de respeto por los demás y de capacidad autocrítica. Son los savonarolas de nuestro tiempo. Los sacristanes de la Gestapo actual, como dice un amigo mío. Los estalinistas, los purgadores de todo lo que huela a disidencia o a desafinación del pensamiento más ruidoso y que se llama a sí mismo mayoritario.

Tenemos todos, vuelvo a decirlo porque es la clave del asunto, un inquisidor dentro. Otra cosa es que lo mantengamos encerrado… o que lo dejemos salir. “La conformidad ideológica que trata de imponer la nueva radicalidad –que tanto parecido tiene con la censura supersticiosa o de la extrema derecha– tiene un fundamento antidemocrático e implica una actitud de supremacismo moral que creemos inapropiada y contraria a los postulados de cualquier ideología que se reclame ‘de la justicia y del progreso’”. Eso dice la carta de los intelectuales españoles.

Tengo la suerte de escribir en este periódico, donde jamás se le indica a nadie lo que tiene que decir y, sobre todo, lo que más le vale no decir. Aquí cada uno es de su padre y de su madre, no hay uniformidades ni consignas: ese es, a mi juicio, el mejor tesoro que tenemos aquí. Y por eso estoy de acuerdo con las dos cartas, la americana y la española. No sé si me pondrán o no en la lista de los abajofirmantes, pero la verdad es que me da lo mismo. Me siento identificado con lo que en ellas se dice. Y no siento el menor miedo al decirlo yo.

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