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Miguel Ángel Belloso

Opinión

Nos quitarán los cerdos y hasta el honor

Estamos en ciernes de un presidente y de un Gobierno con una clara vis totalitaria y tremendamente peligroso, porque sus ambiciones son ilimitadas

Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados
Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados Europa Press

La mayoría de la gente ignora la hecatombe que estuvo a punto de sacudir España en 2012, a causa de la política desquiciada de Zapatero. Y por el mismo motivo, apenas está persuadida de los riesgos que entraña el Gobierno social comunista que prepara el señor Sánchez. Hace una década, casi todos los indicadores del país habían caído en barrena, hasta suscitar la presión asfixiante y definitiva de Bruselas, e incluso de los Estados Unidos de Obama, que forzaron a Zapatero a virar bruscamente su estrategia suicida. Casi todos los indicadores menos uno, cabe matizar. Nuestro nivel de deuda pública en relación con el PIB no llegaba al 50%, de modo que, a pesar de las enormes dificultades, y a tipos de interés elevadísimos, pues la prima de riesgo por obtener financiación exterior sobrepasaba los 600 puntos, España pudo seguir teniendo acceso a los mercados de capitales incluso en los momentos más críticos.

Desde luego que la determinación de Rajoy por evitar el rescate fue trascendental, pero conviene recordar que su empeño no habría servido de nada si como les ocurrió a Irlanda, Portugal y Grecia el país hubiera dejado de poder colocar deuda en los mercados de capitales. Quizá esto les parezca demasiado técnico. No lo es. La caída de ingresos públicos como consecuencia de la crisis económica y el aumento de los gastos por desempleo empujaban al alza un déficit que había que financiar a toda costa emitiendo deuda pública. España pudo hacerlo incluso en los peores momentos y se salvó de un rescate cuyos efectos también la gente corriente ignora, pero que, por explicarlo paladinamente, habría tenido consecuencias mucho más duras que la tontería de los ajustes retributivos y de prestaciones públicas a que se vio obligado Rajoy.

El nivel de deuda pública del país ronda el 100%, y es inviable continuar aumentándolo más sin disparar todas las alarmas de la UE, por más que ésta atraviese momentos de fragilidad evidentes

Ahora, el Gobierno social comunista del señor Sánchez, el primero de tal extraña composición de la democracia española, nos propone un aumento disparatado del gasto público con la revalorización anual de las pensiones, la eliminación de cualquier clase de copago en la prestación de los servicios públicos, así como con la implantación de un ingreso vital mínimo de carácter general. Aunque el programa de gobierno presentado por el señor Sánchez a las Cortes garantiza que se cumplirá debidamente con los compromisos acordados con la Unión Europea, esto es literalmente imposible, pues las desgraciadas subidas de impuestos que postula apenas serán capaces de machear la expansión de los gastos infaustamente prometidos. Cuando afirmo que la situación a la que nos aboca el presidente felón es peor que la de su padre putativo Zapatero es porque entonces disponíamos de la vía de escape del bajo nivel de la deuda pública.

Macron y el Brexit

De hecho, si Rajoy pudo sortear la crisis y detener la eventual pérdida de la soberanía nacional fue gracias a que pudo elevar la deuda pública sin freno, obteniendo siempre el respaldo de los mercados. La situación ahora es radicalmente diferente. El nivel de deuda pública del país ronda el 100%, y es inviable continuar aumentándolo más sin disparar todas las alarmas de la UE, por más que ésta atraviese momentos de fragilidad evidentes como consecuencia del Brexit, de la debilidad política de Macron, de la retirada de Merkel y de los primeros pasos de una Comisión Europea que apenas se está estrenando y sólo balbucea.

Con motivo de las primeras elecciones democráticas, en mi pueblo, como en tantos, la gente de derechas, que siempre ha sido la gente de bien, decía “no votéis a los comunistas” -recientemente legalizados- “porque os quitarán los cerdos y las vacas”. Esto no sucedió nunca porque el Partido Comunista del señor Carrillo logró un respaldo residual. Pero esto, o algo parecido, es lo que está a punto de ocurrir con el Gobierno social comunista del señor Sánchez, que se propone aumentar los impuestos, en principio a los que ganen más de 130.000 euros, que son precisamente aquellos que han demostrado más valía y capacitación profesional, y que son los destinados a generar más riqueza para todos, pero que luego lo hará con el resto de la clase media, pues no hay posibilidad alguna de financiar a través de los ingresos fiscales la magnitud del gasto público que aventura. Masacrará vilmente a las grandes empresas, que tienen un efecto motriz evidente sobre el aparato productivo, y castigará de manera lacerante a las compañías tecnológicas, que son la punta de lanza de la revolución en marcha, destinada a producir muchos más empleos de los que destruirá a su paso. Y dice que todo esto lo va a hacer en virtud de una falaz justifica fiscal, para acercarnos a la media de la presión tributaria de la UE, que en efecto es superior, aunque todos los gobiernos europeos estén pugnando por reducirla, y sin tener en cuenta el elemento clave de que la renta per cápita de la Unión es también más alta que la nuestra. ¡Este debería ser nuestro objetivo y no otro!: converger con la renta nacional media de la UE.

Las medidas propuestas por Sánchez como la revalorización de las pensiones son una condena para la sostenibilidad de las jubilaciones futuras

Pero el afán destructivo del señor Sánchez y de sus socios indeseables no para en barras. No conoce límites. Según afirmó durante la sesión de investidura, derogará la reforma laboral del PP, que es la única modificación legal que ha permitido que se cree empleo en el país incluso con un crecimiento económico por debajo del 2% del PIB, con la sola intención de renovar los privilegios afortunadamente perdidos de los nefandos sindicatos, que fueron, a lo largo de la Transición democrática pilotada principalmente por Felipe González, un poder fáctico bastante más nocivo que el del Ejército, ya completamente desarmado después del 23-F. De manera que, en adelante, las empresas volverán a estar indefensas frente a los delincuentes sindicales a los que poco importa la creación de empleo y el brío de la nación sino la recuperación de su papel de interlocutor político principal, y luego las canonjías correspondientes que acaban irremediablemente en el latrocinio, como hemos visto en Andalucía y otros lares. Las medidas propuestas por Sánchez como la revalorización de las pensiones son una condena para la sostenibilidad de las jubilaciones futuras, el propósito de limitar el precio del alquiler de las viviendas una amenaza letal para la oferta de inmuebles disponibles, y así todo.

Educación y hospitales

Queridos amigos: estamos en presencia de un presidente entregado a los comunistas, pero no sólo por las obligaciones y las exigencias que le imponen su permanencia en La Moncloa, sino también por vicio, por gusto, porque, por mucho que dijera hace no poco que Iglesias le abocaba al insomnio, en el fondo piensa la mismo que su padre putativo Zapatero y que el matrimonio de Galapagar, al que dará paso, de manera insólita e infame en el Consejo de Ministros, por primera vez en democracia. Quizá el pasaje más elocuente de su discurso de investidura fue aquel en el que sostuvo que el dinero no está mejor en el bolsillo de los que lo ganan honradamente, ya sea mucho, sino donde él diga. En la educación pública, en los hospitales públicos, en las bibliotecas públicas, en las vías públicas, es decir, en todos aquellos servicios que podría prestar de manera menos costosa y bastante más eficiente el sector privado como demuestra la evidencia empírica.

Estamos en ciernes de un presidente y de un Gobierno con una clara vis totalitaria y tremendamente peligroso, porque sus ambiciones son ilimitadas: Sánchez también quiere combatir con leyes lo que llama desinformación -o sea, acallar a los medios de comunicación díscolos-, pretende entorpecer la labor de los jueces, que sólo aspiran a aplicar las leyes, ya sea desbaratando los designios políticos de la autoridad política superior, la suya, y por supuesto está dispuesto a resolver el desafío permanente de los independentistas catalanes cediendo a todas sus pretensiones, olvidando a la mayoría silenciosa de aquella parte inseparable de España desamparada y sin aliento alguno. Estamos en definitiva ante un presidente felón, el único en la historia de la nación que, en sede parlamentaria, ha declarado su propósito y determinación de construir “un cordón sanitario” contra las ideas que personalmente considere impropias, porque son diferentes de las suyas. Un presidente que no sólo nos quitará los cerdos y las vacas criadas con el sudor de la frente, sino que también mancillará nuestro honor.

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