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Jorge Vilches

Opinión

Entre populistas y oportunistas

Las consultas de Pedro Sánchez estos días con los principales líderes de los partidos no deja lugar a dudas: estamos entre el populismo y el oportunismo; ni un atisbo de responsabilidad

Pedro Sánchez reunido en La Moncloa con Pablo Iglesias
Pedro Sánchez reunido en La Moncloa con Pablo Iglesias

Estamos asistiendo a una deriva peligrosa. El comportamiento de las élites políticas en tiempo de crisis, como señaló el maestro Linz, es clave para el devenir de una democracia. Por contraste, las consultas de Pedro Sánchez estos días con los principales líderes de los partidos no deja lugar a dudas: estamos entre el populismo y el oportunismo. Ni un atisbo de responsabilidad.

La democracia es un ejercicio constante de sentido de Estado. A veces se puede disimular, incluso errar, pero cuando se está en crisis, cuando implosiona el orden territorial y se ponen en cuestión los fundamentos de la convivencia constitucional, hacer oportunismo es muy peligroso. Quizá a alguien, a populistas y oportunistas, le sirva para ganar un puñado de votos en las siguientes elecciones, o hacer el sorpasso, pero mientras tanto el sistema se degenera.

Esa contradicción que hemos oído estos días entre un discurso que, como el de Arrimadas, pintaba una España al borde del colapso, con un presidente rendido a Unidas Podemos y a los independentistas, y, al tiempo, su decisión de no brindar su apoyo para que esto no ocurra es cuanto menos chocante. Si tan malo es el panorama, por qué no se ofrecen. La respuesta es sencilla: por oportunismo, porque están calculando qué posición les beneficia en el tablero para sacar un buen rédito electoral el 26-M.

Es legítimo, pero no sé qué dirá la Historia, si es que todavía existe más allá de las crónicas de género, la injerencia gubernamental y el enésimo estudio sobre los que perdieron la guerra del 36, acerca de unos dirigentes políticos que todo lo rindieron al oportunismo. Cuando Cs adelante al PP, si esto pasa, y consiga su objetivo, el de ser “el partido”, ese único referente de los que no quieren socialismo ni nacionalismo, los Sánchez, Torra, Iglesias y Aitor Esteban ya habrán avanzado en el deterioro del espíritu del 78 tanto que será casi imposible su arreglo.

El fin del bipartidismo inauguró la inestabilidad gubernamental por la fragmentación parlamentaria más disparatada que se pueda pensar, de esas que sirven como ejemplo de fracaso en los manuales de Ciencia Política. Las inacabables convocatorias electorales desde 2015 han convertido la política en una larga guerra de posiciones, engaños y tácticas que poco tienen que ver con dar solución a los problemas, sino con su utilización para alcanzar poder. Así fue con el auge que se dio a Podemos para debilitar a un PSOE arruinado, hasta el uso de Vox para azuzar la guerra civil en la derecha española.

No menos bochornoso fue cuando los términos y el alcance del artículo 155, ante el pulso más grave a la Constitución que hemos vivido, se saldó con un acuerdo sobre cuándo debían ser las elecciones en Cataluña. La condición no la fijó el noqueado partido de Rajoy, ni el titubeante PSOE de Sánchez, quienes querían prolongar un poco más su aplicación, sino Ciudadanos. Debía haber una convocatoria electoral cuanto antes para sacar rédito a la inanidad del PP y al patriotismo de los balcones. La táctica funcionó: gran éxito de Cs en las urnas aquel 20-D de 2017, pero el poder volvió a caer en manos de los golpistas. Ahora dicen, por un nuevo cálculo, que el art. 155 debía haberse prolongado.

Los de Iglesias eran para los del PSOE esa juventud perdida entre las recetas socialdemócratas de la economía social de mercado

Podemos inauguró el populismo de izquierdas en 2015. Los podemitas eran los populistas que los desgastados socialistas hubieran querido ser, esos que, como Perón, hablaban a los “descamisados” y se les llenaba la boca de “pueblo” y “patria”. Los de Iglesias eran para los del PSOE esa juventud perdida entre las recetas socialdemócratas de la economía social de mercado. Sánchez, tras tropezar dos veces y superar una defenestración, entendió que la única vía era ocupar el lugar del populista. Y lo hizo, y con ello la infección populista fue completa. El resultado será la crisis económica que empieza a apuntar.

Ciudadanos trajo el oportunismo, y no me refiero al zafio mote puesto por Vox de “partido veleta”. Los vaivenes, cambios de decisión, pactos a un lado y al otro, iban más allá de constituir el centro, esa posición geométrica que señalaba Duverger. Se trataba de ocupar un sitio en el bipartidismo, ser el referente de una sociedad en plena transición porque aún los españoles no sabían que querían dejar de ser ni hacia dónde ir.

El objetivo no era la regeneración ni defender el orden constitucional, sino que esas palabras fueran el medio para llegar al poder, pero no como muleta de nadie, sino como protagonista. Era solo una táctica, como se vio cuando Arrimadas despreció la oportunidad de la investidura tras el 20-D, que tanto hubiera hecho para que Europa viera que no habían ganado los independentistas. Ese oportunismo es una constante de la historia parlamentaria europea de los últimos doscientos años. Tampoco lo ha inventado Cs.

Vox ha utilizado el populismo para dar relevancia a un partido nacionalista que se pudría en la oscuridad, y eso ha convencido a una parte del electorado de la derecha. Es fácil caer en la tentación populista, que escribía Flavia Freidenberg, pero difícil salir.

Por eso, ahora que el Partido Popular se debate entre su desaparición y la resurrección, buscando casi a la desesperada una estrategia, un discurso, un imagen que insufle vida y ánimo, debe decidir qué quiere ser a partir de ahora. Si hacer como el PSOE, que cayó en la deriva populista para impedir que Podemos hiciera el sorpasso, y tomar un discurso como el de Vox; convertirse en un opción oportunista pura, como Cs; o encontrar un espacio diferente, más cercano a la responsabilidad, a la moderación, a ese que no cree que “cuanto peor, mejor”.

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