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Karina Sainz Borgo

Opinión

Pedro y la batalla de Bosworth

Terminaremos suplicando una cabalgadura para salir de esta derrota a la que nos han conducido Pedro Sánchez y sus fantasmas

Montserrat Bassa, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez
Montserrat Bassa, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez EFE/VP

Sánchez tenía la mandíbula algo más floja ese día que en la Pascua Militar. Pero el exceso de confianza, como el alcohol, desinhibe. Empuja al error. Tras una sesión de investidura precipitada, esperpéntica y excesiva -¡cuánto llanto, bronca y palabras pesadas como la brea!-, el socialista atravesó las puertas de Zarzuela más presidente de Gobierno que nunca. Con dos votos, pero lo consiguió.

Borracho de investidura o rebotado por los anuncios del vicepresidente Pablo Iglesias en El Intermedio, Sánchez perdió la clase en la ceremonia de promesa de su cargo ante el Rey. "Ocho meses para diez segundos", dijo, guasón, a Felipe VI. Quizá Sánchez esperaba a que sonaran las trompas de la Heroica, o que, después de tanto tiempo en funciones, le ciñeran la mismísima corona de cestillo rojo.

Justo por su ego sinfónico, Pedro Sánchez le puso la mejilla a Felipe VI, que soltó el zarpazo:"Ha sido rápido, simple y sin dolor". Tras una breve pausa, el jefe del Estado añadió: "El dolor vendrá después". El navajazo estuvo a la altura de los cierres de los segundos actos de las óperas, cuando todo está por decidirse. Pero Sánchez, como en el poema de Gil de Biedma -30 años hace ya de la muerte del escritor- vino a llevarse la vida por delante. Y si para eso tiene que dejarse llamar verdugo, carcelero o bajar la cerviz, lo hará.

Bien es cierto que el socialista no es del todo contrahecho como Ricardo III, pero sí un conspirador nato, un hombre consumido por la ambición

Si Ricardo III, retratado por Shakespeare como el jorobado y maligno miembro de la casa de los York, sólo atina a pedir un caballo a cambio de su reinado durante la batalla de Bosworth, Sánchez es capaz de hipotecar su nombre, su palabra insustancial y al resto de la Nación, con tal de permanecer en Moncloa. Bien es cierto que el socialista no es del todo contrahecho como Richard, pero sí un conspirador nato, un hombre consumido por la ambición y el resentimiento en su propia Guerra de las Rosas. Si es que al PSOE le queda alguna.

Cuando llegue el dolor del que ya lo ha prevenido el monarca, en España habremos tomado todos varias raciones del comino con el que la diputada de ERC Monserrat Bassa salpimenta la casquería española. También habremos escuchado cientos de truculentas Vivas a España en la bancada de Vox y nos cansaremos de la sal gruesa. Terminaremos todos suplicando una cabalgadura para salir, de una vez, de este campo de Bosworth al que nos han traído Pedro Sánchez y sus fantasmas.

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