No enciendas tanto la hoguera contra tu enemigo que alcance a quemarte”, puso Shakespeare en boca de uno de sus personajes. Y cinco siglos después los que siguen echando gasolina a las llamas van a terminar ingresándonos a todos en la unidad de quemados intensivos. Madrid está en llamas por culpa de todos los partidos, cada cual a su manera, por acción u omisión, y lo que más duele es que los más sensatos no sean capaces de pactar el modo de apartarse de los pirómanos. Las componendas políticas que aconsejan al PSOE tratar de llegar al gobierno de la mano de Podemos y que impelen al PP a conservarlo del brazo de Vox están creando un aire tan irrespirable que a uno le empieza a dar vergüenza decir que es madrileño. Nunca pensé que pudiera llegar a escribir esto.

En Madrid se han conocido trifulcas más o menos severas, aunque siempre dentro de un contexto emocional pasajero. Encendidos debates de bares entre madridistas y atléticos por un quíteme usted un penalti o un fuera de juego; altercados zarzueleros en plan La verbena de la Paloma por un vejete del brazo de la Casta y la Susana, encelando a un guapo con gorrilla; incluso un motín contra Esquilache por privar de capa y sombrero de ala ancha a los enmascarados que algo tendrían que ocultar. Pero lo que están haciendo con Madrid en estos días amenaza con romper la armonía de la ciudad más amable, cordial, generosa y cosmopolita de España. Y se puede señalar a los culpables.

Quienes deberían estar llamados a escapar del juego y representar lo mejor de los ciudadanos, de una ideología u otra, se alinean con los radicales de un bando o el contrario

La izquierda radical y la ultraderecha han confundido lo genuinamente madrileño con lo chulesco. En vez de comprender que “está por encima de sus enemigos el que desprecia sus agravios” (Confucio dijo), entran al trapo como morlacos y se juran odio eterno, arrastrando a sus seguidores a institucionalizar ese sentimiento maniqueo de completamente buenos contra absolutamente malos, como si cada cual no tuviera lo suyo. Y quienes deberían estar llamados a escapar del juego y representar lo mejor de los ciudadanos, de una ideología u otra, se alinean con los radicales de un bando o el contrario, involucrándonos a todos, en lugar de hacerles frente y, de paso, pedagogía democrática.

De ese modo, camino a las urnas, nos obligan a elegir en qué ejército nos queremos alistar cuando lo último que deseamos es que haya una guerra. Puede que en muchas cabezas tengamos la imagen de un Madrid quimérico y nos abrase la nostalgia al contemplar lo que están haciendo con él. Si los candidatos (y los asesores que les confunden) hubieran leído a Benavente sabrían que “el enemigo solo empieza a ser temible cuando empieza a tener razón”, y entonces volverían a los argumentos en lugar de enfangarse en los insultos. No entiendo por qué hay que llamar pro-fascista a Vox cuando todo el mundo sabe que lo es; no comprendo por qué hay que definir como pro-comunista bolivariano a Podemos cuando eso está en la mente de todos; ignoro la necesidad de reiterar las incongruencias de la errática Isabel Díaz Ayuso, la peligrosa incógnita que supone la candidata de Más Madrid, la escasa solvencia de Gabilondo y los vaivenes de Ciudadanos cuando los llamados a votar ya han cumplido la mayoría de edad y, sin necesidad de ser eminencias políticas, los conceptos básicos los conocen sobradamente.

Cortinas de humo

Los insultos, por tanto, se limitan a poner cortinas de humo delante de las verdaderas intenciones que tendrá el Gobierno que aspira a formar cada cual. Los argumentos, propuestas y compromisos viables ¿dónde están? Esto no es una competición para ver quién agita más y mejor una bandera, y menos aún quién airea un currículo intachable.

Queda un puñado de días para las elecciones y no se sabe si alguien será capaz de reconducir la situación para que se recupere el orgullo de ser madrileño, para que no dé vergüenza serlo. Porque lo último que los vecinos desean es un Madrid adicto al caos, el desacuerdo, la chapuza, el chanchullo y la crispación. Un Madrid que avergüence, tan aguijoneado que entre todos le mataron y él solito se murió. Y encima hay que decidir a quién votar. Nunca acto tan sublime se convirtió en una tamaña tortura.