Sufrir merece respeto, pero someterse es despreciable, decía Víctor Hugo. Por eso, lo que está pasando da pie a unas cuantas reflexiones que hace mucho que han dejado de ser propias porque se comparten por doquier, aunque pocos tengan el ánimo de hacerlas públicas. Son pensamientos relacionados con el despotismo, la manipulación, la sumisión y la resignación.

Hay quienes coincidirán con John Stuart Mill en que todo aquello que sofoca la individualidad, sea cual sea el nombre que se le dé, es despotismo; y los que coincidan con Bertolt Brecht en que, mejores o peores, es lo mismo: la bota que nos pisa es siempre una bota. Dependerá de la concepción política de cada cual, de los medios de comunicación que atiendan y de los políticos que los manipulen. Cualesquiera que sean, estamos viviendo en una línea finísima que separa la condición de ciudadano de la de súbdito.

Una deriva peligrosa

Ha costado siglos llegar hasta aquí y ya no está tan claro que el camino de la libertad fuera irreversible. A lo largo de la historia de la humanidad el poder se ha esmerado en encontrar excusas religiosas o económicas para llevar a los pueblos a la guerra y a la sumisión, y una vez decaídos los pretextos morales ha entronizado otros para seguir posicionando a sus gobernados. Las conquistas de tierras se han sustituido por el dominio de imperios mercantiles; las guerras de religión se han cambiado por apelaciones a razones solidarias y humanitarias. Pero el resultado es idéntico: la rendición del individuo a un determinado interés común que consiste justamente en satisfacer los intereses de quienes lo definen. Occidente en general y España en particular están yendo a una deriva que es, cuando menos, peligrosa.

Poner un bozal a los seres humanos, encerrarlos en casa al caer la tarde, impedir los traslados y esparcir falsedades, es fascismo o comunismo, se vista como se vista

La excusa, mejor diría la justificación, es una pandemia. Es comprensible poner la salud por encima de cualquier otra consideración porque, si no hay vida, lo demás es superfluo; es razonable enfrentarse a la enfermedad con armas científicas, por tratarse de una crisis sanitaria; es, incluso, indiscutible que las autoridades de toda clase, políticas, económicas, sociales y sanitarias, centren el grueso de su trabajo en poner coto a la extensión del drama y traten de atajar la subsiguiente tragedia que resulta de la pervivencia del virus universal. No hay debate sobre ello, cualquiera que sean las creencias ideológicas. Pero lo que no es tan comprensible, razonable e indiscutible es que para ello se degrade la condición del ser humano a la categoría de súbdito.

Algunos gobiernos europeos (Francia, Italia, Alemania…), preocupados con razón, imponen restricciones de todo tipo a sus ciudadanos, desde la movilidad a los encuentros, prohibiendo relaciones sociales y exigiendo conductas inéditas. Otros, menos avezados en comportamientos democráticos o más mediatizados por intereses políticos coyunturales (España), hacen lo mismo pero, además, en lugar de concentrarse en lo más importante, la crisis, se sirven de la misma para debilitar a sus oponentes y obtener réditos a medio plazo. Con ello permiten estrangular las leyes hasta presentar como imprescindibles las decisiones absurdas, se hacen lecturas interesadas de las estadísticas, se valora de un modo u otro un mismo hecho según cómo convenga hacerlo y se presenta a la sociedad una serie de encuestas cocinadas y editadas para que sea visible el entusiasmo o conformismo de la ciudadanía con el mismísimo absurdo. Ya avisó Séneca de que no hay servidumbre más vergonzosa que la voluntaria, y ahora da la sensación de que los españoles hemos perdido la vergüenza. ¿O no causa estupor la aparente resignación pública, a todas luces manipulada, frente a la indignación general por las falsedades continuas del poder sobre los efectos, itinerarios y consecuencias de esta pandemia, el desbarajuste de la vacunación y los continuos cambios de criterio sin responder a nada que lo justifique, y mucho menos a recomendaciones científicas?

Populistas e intolerantes

Poner un bozal a los seres humanos, encerrarlos en casa al caer la tarde, impedir los traslados y esparcir falsedades y mentiras, es fascismo o comunismo, se vista como se vista. Lo haga Ferrol, Gandía, Badalona o Cartagena, porque sea cual sea el color de quien gobierna los ciudadanos están perdiendo poco a poco su condición a manos de populistas y de intolerantes. Y así es como se vuelve atrás en la historia cuando creíamos, ingenuos al fin, que la libertad ya era un bien perenne.

Súbditos o ciudadanos. Esa es la shakesperiana cuestión.