Cada vez que los hombres fuertes del este, esto es, Vladimir Putin, Alexander Lukashenko y Recep Tayyip Erdogan dan una patada en la mesa los líderes europeos compiten entre sí para mostrar públicamente su desacuerdo. Todos están “deeply concerned” (seriamente preocupados) por el abuso y, tras la habitual letanía de llantos por la democracia, piden con la boca pequeña y no muy alto que quizá esta vez haya que ir un poco más lejos y tomar medidas que sirvan como escarmiento. No importa el momento ni la naturaleza del atropello, siempre sucede lo mismo y se desarrolla en fases idénticas. Primero la condena, luego las reuniones en Bruselas con los ministros de Exteriores dando a la prensa grandilocuentes declaraciones sobre el compromiso de la Unión con los valores democráticos, tras ello llega el acuerdo, que siempre se queda muy por debajo de lo esperado porque han tenido que consensuar la postura y Europa es muy grande. Hay Estados miembros más deeply concerned y otros que lo están algo menos. El equilibrio es difícil de mantener con 27 ministros, cada uno con su propia agenda nacional y sus propios intereses. Lo que para Polonia es asunto de vida o muerte para Portugal es algo que ni le va ni le viene, o quizá le viene, pero mal porque tiene intereses aquí o allá que podrían verse afectados si suscribe ciertas posturas.

Veamos dos ejemplos. Cuando en agosto del año pasado estalló la crisis en Bielorrusia tras el fraude electoral perpetrado por Lukashenko, Bruselas decidió pasar a la acción y castigar a su Gobierno con sanciones ejemplares. Pero todo aquel ímpetu quedó en nada cuando Chipre se opuso. ¿Había algo especial entre Chipre y Bielorrusia que se nos escapaba? No son precisamente vecinos y tampoco existe afinidad cultural entre ellos. Su relación es pequeña, puramente accidental, pero Chipre tiene sus propias prioridades en materia internacional. Recela del gigante turco que apadrina al Gobierno de la República del Norte de Chipre, por lo que lleva años suplicando a la Unión que tome medidas contra él. En Bruselas, envueltos en su insufrible retórica, caracolearon durante días porque temían estropear aún más las ya muy deterioradas relaciones con Erdogan, luego se limitaron a condenar una vez más la represión policial. Ahí se quedó todo. Pero podría haber sido peor, podrían haber resuelto el asunto con dinero, que es la especialidad de la casa. Eso a los chipriotas les desesperó, se la guardaron y cuando llegó la hora de aprobar sanciones contra Bielorrusia se negaron a apoyarlas. Al Gobierno de Nicos Anastasiades le parece mal lo que hace Lukashenko, pero condicionó su apoyo a que también se aplicasen sanciones contra Turquía. Los del deeply concerned se la envainaron en el acto, lejos de ellos la tentación de meterse en problemas de verdad.

Quizá su actitud sea una amenaza para España, pero en Bélgica o Francia a Mohamed VI se le tiene por aliado preferente por lo que le tolerarán esto y mucho más

El otro ejemplo nos cae muy cerca a los españoles. Cuando hace unos días el Gobierno marroquí decidió empujar a unas 8.000 personas para que se saltasen la frontera en Ceuta los líderes europeos se amontonaron para condenarlo y hasta ahí llegó la pleamar de la indignación. Nadie estaba dispuesto a dar un paso más allá. A pesar del agravio, Marruecos puede estar tranquilo porque en Bruselas no se van a poner de acuerdo en nada. Quizá su actitud sea una amenaza para España, pero en Bélgica o Francia a Mohamed VI se le tiene por aliado preferente por lo que le tolerarán esto y mucho más. Es curioso, pero el mundo contemporáneo nos está regalando la impagable imagen de ver cómo un coloso soporta una y otra vez pellizcos de enanos simplemente porque no puede mover sus brazos.

Secuestro patrocinado

Con el caso de la detención de Román Protasévich en Minsk tras forzar el aterrizaje de un avión de Ryanair que hacía la ruta de Atenas a Vilna nos encontramos con algo parecido. El incidente es de una gravedad extrema. Las implicaciones de este secuestro patrocinado por el Gobierno son para echarse a temblar. Hagámonos cargo de la trascendencia del caso. Un jefe de Estado extracomunitario ordenó a su fuerza aérea el desvío de un avión civil matriculado en Irlanda que realizaba un vuelo entre dos países de la Unión Europea, se inventó una amenaza de bomba y luego detuvo a un opositor político que reside en el exilio y que cuenta con estatus de refugiado político.

Algo así como si el Gobierno de Marruecos obligase a aterrizar en Rabat a un avión alemán que vuela de Tenerife a Múnich al atravesar el espacio aéreo marroquí con la intención de arrestar a un disidente. Eso es en esencia lo que hizo Lukashenko el domingo pasado por lo que, de no ser castigado con severidad, podríamos encontrarnos con que en el futuro cualquier dictador de los muchos que hay en los bordes de la Unión Europea se sienta autorizado para hacer lo propio contraviniendo así todas las normas de aviación civil. Imaginemos que esto vuelve a suceder. Que el control de tráfico aéreo de un país cualquiera pide al piloto que aterrice, pero el piloto se niega a cooperar, ¿derribará entonces el gobierno ese avión con todo el pasaje a bordo? Después de lo que ha pasado en Bielorrusia podríamos encontrarnos con algo así en algún momento si ciertas dictaduras deciden emplear el mismo recurso para capturar opositores, como medida de presión o por simple entretenimiento.

Acordaron cerrar los aeropuertos comunitarios a las aerolíneas bielorrusas. No parece un castigo muy duro. En Bielorrusia sólo hay una pequeña aerolínea, Belavia, que vuela básicamente a los países vecinos

La patata que tienen ahora en Bruselas está, como vemos, muy caliente, pero hasta la fecha se han demostrado incapaces de traducir todos esos aspavientos retóricos en acciones que marquen la diferencia. El 24 de mayo por la noche celebraron una cumbre ya programada a la que se agregó a la agenda en el último momento el asunto de Bielorrusia. Después de una discusión emitieron un breve comunicado de mínimos. Exigieron la liberación de Protasévich y de su novia, que fue arrestada con él. Pidieron a todas las compañías aéreas con sede en la Unión Europea que eviten el espacio aéreo bielorruso (una precaución obvia, que no sorprenderá lo más mínimo a Lukashenko), y acordaron cerrar los aeropuertos comunitarios a las aerolíneas bielorrusas. No parece un castigo muy duro. En Bielorrusia sólo hay una pequeña aerolínea, Belavia, que vuela básicamente a los países vecinos.

Junto a esto que, para qué engañarnos, no es demasiado, Ursula von der Leyen anunció que desde ya mismo quedaban congelados 3.000 millones de euros en proyectos de cooperación dentro de Bielorrusia, lo cual lleva a preguntarse cómo es posible que, después de todo lo que pasó el verano pasado y de tantos y tan compungidos “deeply concerned”, se siguiese cooperando con el Gobierno de Lukashenko. Sabiendo esto es normal que el dictador se creciese y diera el siguiente paso obligando a un avión europeo a aterrizar en su país para detener a uno de sus pasajeros. Lo volvería a hacer de no ser porque las aerolíneas europeas evitarán desde ahora sobrevolar Bielorrusia por miedo a que su Gobierno reincida en actos de piratería como el del domingo pasado. No hará falta que nadie se lo diga. Los aviones que vuelen del Mediterráneo a Escandinavia o de Europa occidental a Rusia sortearán Bielorrusia a través de Ucrania o de las repúblicas bálticas. Por fortuna Bielorrusia es un país de pequeño tamaño, pero ¿qué pasaría si, vista la debilidad europea, Putin decidiese hacer lo mismo?

Un simple periodista

En este caso todo es disparatado. Lo más visible es el hecho de enviar al aire a un caza de combate MiG-29 para que un avión irlandés de pasajeros tome tierra a la fuerza sólo unas millas antes de entrar en espacio aéreo europeo. Pero no nos quedemos sólo con eso. El detenido, Román Protasévich, no es un delincuente y mucho menos un terrorista tal y como afirma Lukashenko. Se trata de un simple periodista, un tipo muy joven que gestiona una lista de Telegram en la que se da información actualizada sobre los abusos del Gobierno. Ese es todo su pecado. Ni siquiera vivía en Bielorrusia, abandonó el país hace dos años tras ser expulsado de la universidad y padecer un continuo hostigamiento por parte de las autoridades. Primero intentó oponerse al régimen a través de un canal de YouTube exponiéndose él mismo, más tarde apostó por Telegram, una popular aplicación de mensajería encriptada contra la que poco puede hacer el Gobierno.

Como tantos otros bielorrusos vive en la Unión Europea, concretamente en Polonia, conde reside como refugiado político desde 2019. Desde ahí, a través de las redes, trata de apoyar a los movimientos democráticos de su país. El año pasado alcanzó cierta popularidad cuando las calles de Minsk se llenaron de manifestantes denunciando el último fraude electoral. En agosto el Gobierno anunció que Lukashenko había ganado con un 80% de los votos las elecciones del día 9, pero nadie lo creyó. Antes de las elecciones había inhabilitado a todos los candidatos problemáticos por lo que Svetlana Tijanóvskaya, la esposa de uno de esos candidatos, decidió dar un paso al frente y presentarse ella misma. De nada podían acusarla, hizo una campaña breve con mil dificultades y lo más probable es que fuese ella quien ganó realmente las elecciones. Miles de lituanos se lanzaron a la calle, Tijanóvskaya huyó a Lituania temiéndose lo peor y se desató una feroz represión que ocasionó varios muertos, medio centenar de desaparecidos y más de treinta mil detenciones por todo el país. La Unión Europea no reconoció los resultados y condenó el fraude, pero eso a Lukashenko por un oído le entra y por otro le sale. Putin, Erdogan, Maduro y Xi Jinping si dieron por buenas las elecciones y eso le basta.

Charles Michel pidió a los ministros que dejasen los teléfonos y los ordenadores fuera de la sala porque no estaba del todo seguro que algo de lo que se hablase allí terminase en la inteligencia rusa

La internacional autoritaria tiene agenda propia y sabe que Occidente es débil, indeciso y está fragmentado. Si es imposible poner de acuerdo a los 27 miembros de la UE, no digamos ya si se pretende sumar a Estados Unidos, a Canadá y al Reino Unido. No es ya que cada uno de ellos tenga su propia agenda y cuide celosamente de ella, es que ninguno quiere enfrentarse abiertamente con Rusia porque Putin cuenta con muchos más elementos de presión que Lukashenko, que, a fin de cuentas, no es más que un miserable dictadorzuelo local al servicio de lo que dispongan en Moscú. Golpearle a él es hacer un favor a Putin, que podrá compensar el efecto de las sanciones occidentales absorbiendo las importaciones bielorrusas, algo que, por lo demás, ya hace. Bielorrusia no forma parte siquiera del Consejo de Europa, vive completamente al margen del resto del continente. El miedo que tienen los líderes europeos a los largos tentáculos del Kremlin es sorprendente. El otro día, justo antes de la reunión del Consejo Europeo, su presidente, el belga Charles Michel, pidió a los ministros que dejasen los teléfonos y los ordenadores fuera de la sala porque no estaba del todo seguro que algo de lo que se hablase allí terminase en la inteligencia rusa. No se fía ni de los suyos. Semejante debilidad es tan enternecedora como preocupante.

Esquivar las sanciones

Ni a Lukashenko ni a ninguno de sus ministros les importa lo más mínimo lo que digan en Bruselas o que les haya sancionado con prohibirles la entrada en la Unión, no lo iban a hacer de cualquier modo. Algo muy similar a lo que sucede con el régimen venezolano y Estados Unidos. Ni Maduro ni ningún otro líder bolivariano puede entrar en aquel país, pero es que tampoco desean hacerlo. Las sanciones pueden doler en lo personal, pero no van mucho más allá. Ídem con la congelación de activos. Estos dictadores y su plana mayor pueden, con algo de ingenio y buenos contables, esquivar estas sanciones evitando ciertos países. Mientras mantengan el poder en casa estarán a salvo, nadie les echará el guante, no tendrán que responder de sus crímenes y podrán vengarse en cómodos plazos.

Se me antoja difícil aplicar sanciones que tengan un efecto real, y por real hay que entender algo que empuje a Lukashenko o a Maduro a abandonar el poder o, al menos, a negociar con la oposición una renuncia pactada. Sólo lo harán cuando estén completamente desasistidos en el exterior, en definitiva, cuando Putin y Xi Jinping les retiren el apoyo. Eso no va a suceder porque ambos conocen bien el punto donde a Occidente le aprieta el zapato. No tienen más que aplicar presión ahí y salirse con la suya. Siempre hay cromos que intercambiar, cromos mucho más importantes que un país de medio pelo como Bielorrusia, que a nadie le interesa y cuya importancia económica y estratégica es minúscula. Pero de la historia se extrae que estos pequeños incidentes que parecen no revestir de excesiva importancia es donde se incuban problemas mucho mayores.