Anuncian bajada brusca de temperaturas, hablan de un Filomena II. Avisan de la cuarta ola de la covid y de seguir posponiendo la vida con la promesa de un verano futuro. Hago esfuerzos por resistir la tentación de emular a las máquinas de tabaco de antaño y decir en voz alta: “Retire su catástrofe inevitable mensual, gracias”.

La plegaria de la serenidad, que unos conocerán como parte del programa de los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos y otros atribuyen a Nieburh, pide serenidad ante lo inevitable, valor ante lo mejorable y sabiduría para distinguir lo uno de lo otro.

Siempre he pensado que esa oración era redundante. De las tres peticiones solo es realmente imprescindible la última. Cuando uno distingue con claridad lo que ha de aceptar de lo que puede arreglar, la serenidad y el valor suelen ser reacciones relativamente esperables. Por eso el sereno no se considera a sí mismo sabio cuando acepta con calma un revés de la vida, ni el valiente cree que haya nada especial en sus actos al proponer la solución a un problema. Solo aquellos que no habían visto la diferencia se maravillan ante la calma de unos o la iniciativa de otros.

El sábado, con su habitual estilo preciso y seco, Daniel Gascón hacía un resumen de los últimos y emocionantes días de la vida pública española.

“Deriva autorreferencial (…) El asunto principal de la política son los propios políticos (...) una clerecía desconectada de la actividad productiva aplica razones moralizantes a medidas posicionales”.

Nuestra clase política lleva tiempo dedicada a convertir cada nuevo problema en uno que pueda gestionar a la manera de siempre.

La suma de pequeñas transformaciones

Según este método, las conquistas sociales nunca pueden ser fruto del consenso entre distintos; son patrimonio del valor y el empuje de la izquierda. La economía jamás crecerá mediante la suma de pequeñas transformaciones; será gracias a la diligencia de la derecha. La salud mental nunca fue un grave problema; hasta que un diputado insultó a Errejón (no importa que tan solo unos días antes se hubiera rechazado una propuesta que recogía las recomendaciones y avisos de numerosos colectivos sanitarios). La aberración del sistema de libros de texto en los colegios siempre fue intolerable (aunque solo en los lugares donde no incomodara a los nacionalismos: en aquellos donde sí lo hacía se transformaba en una atribución de competencias sagrada para cualquier demócrata). Los “cuidados” son el eje de la importante transformación feminista (aunque despachemos la proposición de ley de apoyo a las familias sin siquiera un titular que explique qué es). El feminismo es nuestro (aunque sea en forma de lecciones de un candidato varón sustituyendo a una candidata por aquello de servir mejor a la causa … feminista) y hay que enseñar a las mujeres a ser mujeres (especialmente a las de la derecha).

La cuestión no es tanto solucionar algo, sino poseerlo para reivindicarse; buscar el diagnóstico adecuado a las soluciones que convienen

Con las reglas de juego de nuestra clerecía, todas esas afirmaciones son ciertas. No porque sus actos desemboquen en una solución sino porque solo podrán pasar el filtro inicial aquellos asuntos que sean -y solo cuando puedan ser- patrimonializados por la facción que se atribuye el monopolio de la causa. Hemos de entregarla si queremos evitar que los supuestos propietarios la saboteen. La cuestión no es tanto solucionar algo, sino poseerlo para reivindicarse; buscar el diagnóstico adecuado a las soluciones que convienen.

No, no es un rasgo peculiar de algunos políticos. Es una forma estructural de comportamiento.

Invocación a la ciencia

El contrato único, la mochila austriaca, el sistema de pensiones, la reforma laboral, la limitación de alquileres, el control de los abusos hipotecarios, el nepotismo, la ausencia de cualificación para el desempeño de las funciones, el enésimo intento de control del poder judicial … la lista es interminable y transversal. Si la explicación a todo lo que nos pasa está en el fascismo, comunismo, neoliberalismo, supremacismo, machismo y populismo del otro, el idiota será el que encuentre debilidades en sus propios planteamientos, el que admita los aciertos del contrincante o crea que la realidad se desarrolla en los pequeños márgenes de los efectos colaterales. Por eso resulta tan grotesca la invocación a la ciencia -o a la independencia- en aquellos que solo innovan cuando se les requiere para poner en marcha la maquinaria propagandística.

La clase política es nuestro problema número uno. Solo con su beneplácito -moralizando la causa y entregándola a los dueños correctos- podremos pasar al dos: el asunto que hemos de tratar.