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Juan Laborda

Opinión

Pandemia, guerra de clases y un declive secular

Tras una economía cerrada a cal y canto, la reapertura de los negocios provoca un aumento importante de la actividad, pero alcanzar el nivel previo a la pandemia va a costar más de lo que algunos prevén

Cartel de liquidación en un comercio en Madrid
Cartel de liquidación en un comercio en Madrid Víctor Ubiña

Estas últimas semanas se están hilando distintas narrativas, tanto en España, Europa o Estados Unidos, por poner varios ejemplos, para afirmar que la economía se está recuperando de manera notoria. Me refiero a la implacable, y quizás poco realista, creencia en una narrativa de recuperación en forma de V. Mientras estos discursos siguen floreciendo, la economía global simplemente está experimentado un rebote en la actividad tras el despiadado hundimiento en el primer y, sobre todo, segundo trimestre del año.

La economía occidental es fundamentalmente una economía de servicios. Después de más de dos meses de la reapertura de negocios, paseando por nuestras ciudades, o las de otros países de nuestro entorno, se observa que muchos de ellos no han abierto –en Estados Unidos se prevé que el 40% no volverá a abrir sus puertas-. En nuestro país está siendo muy llamativo el cierre de sucursales bancarias, en un proceso continuado desde la Gran Recesión, o la no reapertura de bares, tiendas, restaurantes u hoteles. Obviamente tras una economía cerrada a cal y canto, la reapertura de los negocios provoca un aumento importante de la actividad, pero alcanzar el nivel previo a la pandemia va a costar más de lo que algunos prevén.

Los datos recientes corroboran esta sensación. El instituto IHMS Markit en la publicación de su último informe de sus archiconocidos índices de gestores de compra para la zona Euro, para servicios e industria, señalaba que “los distintos indicadores que se van publicando hacen hincapié en que, a pesar de los aumentos observados en la actividad total y los nuevos pedidos, las empresas continúan operando con un exceso considerable de capacidad. Los pedidos pendientes de realización se redujeron nuevamente en julio. En consecuencia, las empresas de nuevo recortaron sus plantillas, lo que ha conllevado a una destrucción de empleo por quinto mes consecutivo. Mientras que la tasa de pérdida de empleo se debilitó hasta alcanzar la más débil en dicha secuencia, el declive fue de nuevo marcado. Los datos por países mostraron que las caídas más pronunciadas del empleo se observaron en Italia, seguida de España y por último Alemania”. Todo ello en un contexto de debilidad del comercio global: “Los últimos datos mostraron que los nuevos pedidos para exportaciones disminuyeron por vigésimo segundo mes consecutivo en julio, aunque el ritmo de contracción fue solo marginal”

Los miedos de la ortodoxia

El shock económico asociado a la covid-19 se produjo en un contexto de enorme vulnerabilidad implícita de la economía global. La pandemia es importante, no sólo por su impacto directo en la oferta y la demanda, sino por elefecto del shock en la capacidad de los agentes económicos -hogares y empresas- para financiar un nivel sostenido de producción, gasto y empleo. Este shock no llegó en el contexto de una economía sana. Por una parte, coincidió con el apogeo de una tendencia secular de creciente divergencia entre la evolución de los bienes y los precios de las acciones –aspecto que se ha exacerbado en las últimas semanas- y, por lo tanto, con una creciente incapacidad de los precios de la producción para validar los precios de las acciones. Por otra parte, la fragilidad de los balances de las empresas hace que la economía sea muy vulnerable.

La manera de hacer frente a la crisis sanitaria, desde el punto de vista de política económica, era relativamente sencilla. Primero, evitar la destrucción de rentas de familias y pequeñas y medianas empresas, vía gasto público –aplicando Teoría Monetaria Moderna-. Segundo, tras el confinamiento, e iniciada una 'desescalada' programada, desarrollar un plan de reactivación del ciclo económico teniendo en cuenta el cambio climático y las externalidades negativas del proceso de financiarización de las dos últimas décadas.

Era necesario un cambio radical de paradigma porque, en caso contrario, la economía global podría caer en una Gran Depresión, una vez que estallen las distintas burbujas aún latentes. Sin embargo, la realidad es que ni se han protegido suficientemente las rentas de familias, pequeñas y medianas empresas, ni los planes de reactivación anunciados suponen un impulso suficiente. Estos últimos por mucho verde que lleven implícito siguen siendo pilotados por quienes favorecieron un proceso de financiarización asfixiante, de cuyos barros estos lodos.

El trasfondo del declive económico

Las desigualdades tras la covid han aumentado todavía más. Mientras los trabajadores, pensionistas y sus familias ven cómo sus salarios disminuyen día a día, el 1% más rico todavía lo es más y su esfuerzo fiscal, en términos de pago de impuestos, ridículo. Es un proceso secular que ha continuado y que los gobiernos occidentales no solo no lo han corregido sino que lo han alentado. La diferencia entre socialistas y conservadores, entre republicanos y demócratas, es pura charlatanería. Bajo la gobernanza del neoliberalismo no ha habido diferencias de política económica. Ahora se le llama a esto sentido de Estado, ¡hilarante! Los resultados son los mismos para todas las democracias occidentales, disminución secular de las tasas de crecimiento del PIB real per cápita. Y la razón de fondo, la avaricia del 1% más poderoso y rico. Desde finales de los 70, cincuenta años de historia económica registrada, muestran que una persona promedio bajo cualquier tipo de administración ha empeorado su nivel de vida y ahora está muy fastidiada.

Estas ideas se han visto refutadas en el último libro de Michael Pettis y Mathew Kein, 'Trade Wars are Class Wars'. Las controversias comerciales suelen entenderse como conflictos entre países con intereses nacionales contrapuestos, pero como muestran Klein y Pettis, suelen ser el resultado inesperado de decisiones políticas internas para servir a los intereses de los ricos a expensas de los trabajadores y los jubilados ordinarios. Klein y Pettis rastrean los orígenes de las actuales guerras comerciales hasta las decisiones tomadas por políticos y líderes empresariales en China, Europa y los Estados Unidos en los últimos treinta años. En todo el mundo, los ricos han prosperado mientras que los trabajadores ya no pueden permitirse comprar lo que producen, han perdido sus empleos o se han visto obligados a contraer mayores niveles de deuda. Frente al establishment, Klein y Pettis ofrecen cómo las guerras de clases son la razón de la creciente desigualdad y suponen una amenaza para la economía mundial y la paz internacional. Pero de esto aquí, en nuestra querida España, ni pio. Todo por la estabilidad.

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