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Antonio Sanchidrián

Opinión

Pablo Iglesias pulveriza su propia palabra (da igual cuándo usted lea esto)

Pablo Iglesias, junto a Carmen Calvo.
Pablo Iglesias, junto a Carmen Calvo. EFE

"Ni como simple hipótesis". Es el mensaje. Abandonen toda esperanza los enemigos. Pablo Iglesias opta por la estrategia de la resistencia ante el precipicio de la posible imputación en el Tribunal Supremo por el 'caso Dina'. Resistir es ganar, insistía Camilo José Cela. El vicepresidente del Gobierno puede vencer en este asalto judicial, de hecho no está ni imputado, y es hasta probable que salga indemne del rincón de los acusados, pero otra cosa será la calidad de esa victoria. Porque más allá de la Justicia, que actúa igual para 'Dina' que para 'Kitchen' o 'Gürtel', está la palabra de un hombre. Que es lo que está saltando por los aires. 

Al vicepresidente le gustan los desdoblamientos. Se permite emitir juicios radicales como líder de Podemos que luego matiza, en modo estadista, como vicepresidente segundo del Gobierno. Ya que hay muchos Iglesias en un solo Pablo, como una camaleónica matrioshka, juguemos pues. Desdoblemos. Un político puede mentir. Sería cínico pensar que nuestros representantes públicos edifican su poder sobre verdades sagradas. Pero un hombre no. No debe faltar a la verdad. Ni pensar que puede saltarse sus propios principios. Y, mucho menos, recetar a los demás lo que para uno mismo no sirve. ¿Por qué? Porque existe la ética. Y la memoria. No solo la histórica, también la política.

¿Recuerdan aquel partido que hablaba de los aforados como si fueran seres endemoniados? ¿Aquel Podemos que convertía en materia de incuestionable guillotina cualquier leve sospecha en el currículum de los rivales políticos? ¿Aquel detergente democrático que vendía Podemos, que lavaba mucho más blanco que cualquier otro desde el 78 hasta nuestros días? No fue hace décadas. Fue hace media hora.

"Todo era una inmensa broma: porque valía para todos menos para Podemos. Todo era un proyecto personal para alcanzar el poder"

Podemos emergió y se consolidó porque millones de personas creyeron sus promesas, en particular las de su carismático líder. Los círculos donde todos participaban (qué distintos, decían, de los 'dedazos' de los partidos tradicionales), aquellas luces y taquígrafos para todas las negociaciones, aquella pureza ideológica que iba a poner patas arriba el sistema clásico de corruptos e inútiles. Todo era una inmensa broma: valía para todos menos para Podemos. No era verdad, era utilidad. El proyecto de una élite para conquistar el poder y susurrar al oído izquierdo del presidente Pedro Sánchez

Siniestra mueca del destino -sí, Gardel- ver a Iglesias cobijado bajo el paraguas del aforamiento. Es el último resquicio que le quedaba para pulverizarse a sí mismo. Ese y la protección con la boca pequeña del presidente.Como si de un 'Jordi' se tratara, dice que se le persigue por sus ideas. Preocupante afirmación de un vicepresidente del Gobierno de España. Basta leer el auto del juez Manuel García Castellón para saber que no es así. Que el líder de Podemos tiene problemas con la Justicia porque su actuación condescendiente con Dina Bousselham y la utilización política del robo de la célebre tarjeta siembra muchas dudas. Pero muchas. Y punto. Y para eso están los jueces en un sistema democrático. Para esclarecer si hay o no delitos en los comportamientos que a todos los incumben.

Pasamos pantalla. Véanlo hoy en los periódicos, de papel y digitales. Ya llega la operación mediática. La salida es fácil, barata. Ya están los maquilladores curriculares prestos: la operación 'Pablo Iglesias, el mártir', ya ha comenzado

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