Sostuvo Pablo Iglesias en su entrevista de este domingo en La Sexta que la situación de Carles Puigdemont es similar a la de aquellos republicanos que se exiliaron tras la Guerra Civil y, sinceramente, lo primero que pensé al escucharlo es que la izquierda está huérfana de un líder cuerdo. Porque comparar al cabecilla prófugo del independentismo ultra con quienes abandonaron el país después de que estallara en un conflicto bélico ofende a la inteligencia, del mismo modo que debería herir a los herederos del republicanismo que dice defender.

Lo más peligro del discurso de Iglesias no es esa boutade, sino sus dejes rupturistas, que están muy en la línea del populismo peronista -y derivados- que tan buenos resultados ha deparado allí donde se ha aplicado. Es el que defiende ese concepto tan particular de la justicia social que supone enfrentar a las sociedades y arruinar las cuentas públicas.

Lo que consigue esa forma de hacer política se refleja en una de las frases más memorables de Matar a un Ruiseñor: “Cuando un hombre se gasta en whisky lo que le da la Beneficencia, sus hijos suelen llorar sufriendo los dolores del hambre”. Porque no, esa forma de actuación no aminora la miseria, sino que la multiplica.

No hay mayor medida social que controlar lo que se gasta, especialmente en momentos en los que se intuye que los ingresos van a escasear, como son las crisis. Llegó el invierno y pilló a la cigarra sin nada en el granero, pues no había sido previsora. Entonces, con un déficit disparado, Iglesias habló en su entrevista de ampliar lo público, de crear una compañía energética estatal y de terminar con esa 'anomalía' de la economía de este país que le sitúa -dijo- a la cola de Europa en cuanto a empresas nacionalizadas.

¿Gastar mejor? Nada, nada

Rara vez se escucha a los portavoces del populismo de izquierda hablar de auditar el Estado para tratar de lograr que la Administración sea más eficiente y, de ese modo, que los pobres tengan mejores servicios. Su obsesión es ampliar lo público. Cueste lo que cueste. Aunque, como en Argentina, eso machaque la competitividad, reviente las clases medias y lleve al país a torear con la híper-inflación y con la suspensión de pagos cada pocos años.

La ruina no suele ser el ingrediente más aconsejable para quien predica la justicia social, pero la parroquia de Podemos la busca incesantemente desde hace más de un lustro. Este discurso sólo podría calar en una sociedad infantil en la que todavía hay una parte importante de las personas que confía en que el Estado resuelva sus problemas, en lo que constituye la principal falacia de nuestra era, pues implica tragar con la mentira de que quien busca el poder persigue el bien común. Cosa que Iglesias, en su vida política y en la personal ni mucho menos ha demostrado.

Iglesias pactó con Sánchez un programa que contemplaba un importante incremento del gasto público y no está dispuesto a modificarlo, pese a que entre medias se ha extendido por el mundo una infección vírica que podría hipotecar varios años de nuestra vida. Prefiere que el país vuele por los aires a perder los votos de la izquierda más descerebrada.

Su sentido de Estado no va más allá de su propia ideología; y su ideología es especialmente peligrosa en este momento histórico, dado que sus medidas económicas pueden hipotecar el futuro de sus bisnietos. Y su concepción de las sociedades apesta a revanchismo.

Los ricos son malvados

Esto último lo volvió a demostrar en la entrevista de este domingo, cuando el periodista le preguntó: “¿Son los ricos y los poderosos tan malos como pensaba”. Su respuesta fue impactante: “Son peores (…) "Ningún rico y ningún poderoso está dispuesto a aceptar cualquier decisión por muy democrática que sea si afecta a su poder. Sé que es duro, pero es la puñetera verdad".

En otras palabras, como decía Marcos de Quinto en la entrevista que publica Vozpópuli este lunes: Iglesias transmite que quien ha hecho fortuna es porque ha obrado con maldad y de forma autoritaria. Por tanto, es el enemigo de los demócratas, a los que quiere silenciar y dominar. Esta corriente de pensamiento mata las sociedades, pues ahoga el mérito y vierte sospechas sobre aquellos a los que les va bien por méritos propios.

Es una ideología sectaria que convierte al Estado en el gran templo de una sociedad y le otorga plenos poderes sobre los proyectos y la moral de los individuos.

Quizás los ciudadanos no sean conscientes de los riesgos que entraña que alguien con ese pensamiento forme parte de un Gobierno. Lamentablemente, hay veces que los peligros sólo se atisban cuando uno se encuentra recogiendo los escombros de la casa en la que habitaba.