OPINIÓN

De odios, revanchas, banalidades y esperanzas en campaña

La señera y la bandera de España ondean en el Palau de la Generalitat
La señera y la bandera de España ondean en el Palau de la Generalitat EFE

Darse una vuelta por los diferentes actos de esta campaña autonómica puede representar un auténtico descensus avernii. Es como visitar los nueve círculos del infierno que describiera Dante, viendo la miseria y el pecado de algunos que pretenden gobernarnos. Por suerte, también existe la posibilidad de alcanzar una cierta paz, llegando hasta ese Paraíso donde nos espera Beatriz.

Omnes qui entrare hic relinquere omnes spes

Como muchos saben, los círculos infernales que se describen en La Divina Comedia se fundamentan en el pensamiento Aristotélico-Tomista. Eso es algo que deben ignorar muchos de los candidatos que se presentan en los próximos comicios del 21-D, porque, desgraciadamente, en esta sociedad de lo inmediato y lo fácil, para aspirar a una poltrona oficial no se precisa más que un enorme ego, una desmesurada ambición y la capacidad de verbalizar conceptos demagógicos, en la mayoría de los casos. La cultura, y ya no digamos el humanismo, pueden resultar incluso un estorbo para obtener el acta de diputado. La vulgaridad más atroz se ha apoderado de los hemiciclos públicos, como no podía ser de otra manera, siendo nuestra sociedad banal, oportunista, blanda, sin músculo intelectual alguno, y cobarde.

Basta escuchar sus discursos en los mítines y ver las caras de sus acólitos

No es de extrañar que en la entrada del infierno dantesco figure una leyenda tan terrible como cierta: quien entre aquí, que abandone toda esperanza. Debería estar también en el frontispicio del Parlament, si nos atuviéramos a lo visto hasta el momento presente. Debemos añadir, con pesar, que, a la condición ignara de muchos políticos catalanes debemos añadir otra: su capacidad de odio, un odio africano, cainita, que llevan en la médula de sus huesos. Basta escuchar sus discursos en los mítines y ver las caras de sus acólitos, congestionadas por los gritos que devienen insultos a la más elemental noción de lógica democrática.

Si ustedes tuviesen la intención, cual Dante, de descender hacia esos infiernos políticos, verían gentes ensorbecidas por el fanatismo, con las caras lívidas a causa del veneno que les inculcan sus dirigentes. En los mítines de JuntsperCatalunya, en los de Esquerra, en los de las CUP o en los de los Comuns se puede palpar la animadversión hacia los que no piensan como ellos, es algo casi sólido, que se puede tocar con las manos. Odio y revanchismo van de la mano en ese infierno plagado de violentos mentales, que solo aceptan los resultados si les son favorables, como ellos mismos se jactan en decir.

¿Qué tipo de personas son éstas que hacen del aborrecimiento hacia todo lo que no sean ellos mismos su mayor seña de identidad? Nada tienen de humanitario, ciertamente, de ahí que las palabras cargadas de rencor e inquina que escuchamos brotar de Carme Forcadell, Joan Tardà, de Rull y Turull, del mismo Carles Puigdemont, sean lanzas que hieren cualquier sensibilidad democrática. Y si estos odian a España y a sus instituciones, lo mismo sucede con los Comuns y las CUP. En los primeros hay una aversión por la ley básicamente racial, en los otros se suma a esto el antiguo asco hacia la propiedad, siempre que no sea la suya, claro.

Son totalitarios que pide libertad solo para ellos y los suyos

Todos abominan hasta la última fibra de su ser los conceptos de ser diferente y el derecho a manifestarlo abiertamente. Son totalitarios que se escudan en una imagen aparentemente inofensiva, una careta amable que pide libertad cuando, en realidad, la libertad que ansían es solo para ellos y los suyos. Es terrible ver en sus reuniones a hombres, mujeres y niños vociferar consignas que solo pretenden destruir. Ninguna de sus ideas conlleva el sano deseo de construir nada, por más que afirmen que su propósito es el de edificar algo mejor, nuevo, puro. Son prisioneros del infierno que han creado para ellos mismos y al que pretenden arrastrarnos al resto. Ni tienen piedad ni saben lo que es. Esa es la mayor de sus infamias, el mayor de sus errores, la mayor de sus maldades. Porque el infierno jamás puede ser un ideal, ni sus sufrimientos y mentiras el destino de todo un pueblo.

La paz hace crecer las cosas pequeñas, la discordia destruye las grandes

Sabemos, desde que lo dijo Plutarco, que el odio no es más que una tendencia a aprovechar todas las ocasiones para perjudicar a los demás. Quien odia, indiscutiblemente, siempre encuentra el momento oportuno para labrar con su inquina la desventura ajena. Los separatistas, así como sus compañeros de viaje, confirman que siempre se acaba odiando más a los que hemos perjudicado, a aquellos hacia los que sentimos temor. Ya lo aseguraban Shakespeare, La Bruyère, Salustio o Tácito, por no extenderos. Consuela, pues, saber que no estamos solos en el análisis al sabernos arropados de tan insigne compañía.

Los aquelarres que encienden las fogatas que promueven la discordia, sin embargo, se apagan como un voraz incendio bajo la providencial lluvia cuando se frecuentan las reuniones de otros candidatos. Esa debe ser la razón que mueve a algunos de los primeros a intentar sofocarlos bajo el estiércol del escrache, el sabotaje, los reventadores y todo lo que sea sinónimo de acción baja y miserable. Mientras que a los equidistantes como los del PSC, que viven en uno de los círculos infernales, el del limbo, no les alcanza ni el timbre de la gloria ni el del acoso, aunque pequen intentando congraciarse con los que predican el aborrecimiento, existen lugares en los que, se piense como se piense, se encuentra en boca de los que hablan, escuchan, y asisten, palabras que no cargan balas contra las personas, sino contra las ideas, como debe ser en una sociedad razonable y madura.

Se sabe que allí no estás en los círculos del infierno porque nadie vive en el limbo, nadie siente ira ni pereza, nadie hace apología de la violencia ni del fraude justificándolo porque los que lo cometen “son de los nuestros”. Por lógica cartesiana, aquellos que han huido del férreo control del Minotauro, representante de la loca bestialidad, los que están sumergidos en lo turbios pantanos de la laguna Estigia, ahogados por el fango de su propia rabia, que no empujan enormes bloques hechos de oro, prisioneros en la muerte de la colosal ambición que tuvieron en vida, deben ser los que más cerca se encuentren del ideal.

Acaso busquen aquel Paraíso perdido que cantara el poeta Milton en inmortales versos, cuando decía ¡Oh, Espíritu!, que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, instrúyeme, puesto que sabes. Uno se imagina una Cataluña gobernada basándose en Milton y en la esperanza de Dante, cuya música fuese de Mozart y no una canción vulgar bastardeada por un cantautor devenido en orate; esa Cataluña en la que nadie deba pedir perdón por ser diferente, en que la palabra compatriota fuese sustituida por la de ciudadano, una tierra sometida a la hermosa regla de la fraternidad en la cual, siguiendo con Milton, se rogara a los espíritus superiores que iluminasen nuestra parte oscura, elevando lo que estaba abatido para poder así justificarnos ante las miras de Dios.

Esa tierra donde nadie fuese más que nadie, independientemente de si sus apellidos son compuestos o no, donde se valorase más la capacidad de decir te quiero que no el idioma en el que se dice, una Cataluña en la que el futuro no fuese un lugar terrible e inspirador de pavor, la Cataluña de los niños, los jóvenes, los ancianos, la de la gente, la buena gente.

Una Cataluña sin odios, sin estigmatizados, sin mayor ambición que la de querer ser mejores

Una Cataluña, en fin, hecha de ladrillos humanos distintos, pero con voluntad de acoplarse entre ellos para así, sumando, edificar templos a la razón, a la convivencia, a todo lo que tenemos de bueno y generoso. Una Cataluña sin odios, sin estigmatizados, sin mayor ambición que la de querer ser mejores por el simple hecho de ascender desde el fango de las bajas pasiones hasta los cielos de la inteligencia y la bondad.

Sí, hay actos de campaña que transmiten esa sensación que uno desearía que no fuese una ilusión más en este oasis catalán, tan pródigo en espejismos ilusorios.

Miquel Giménez



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