Lo primero que hicieron los recién estrenados diputados del Parlament catalán fue subirse el sueldo. Al tiempo incrementaron los emolumentos del President de la Generalidad. Actualmente son los más altos de toda España y el que salga President gozará de un sueldo superior al del presidente del Gobierno español. Un matiz diferencial que convierte la política en Cataluña en lo más parecido a una sinecura. Si a esto añadimos la singularidad de la situación que es la de paro técnico por ausencia de acuerdos llegaremos a la conclusión de que los ciudadanos contemplamos lo más parecido a un privilegio de casta. Una especie de cónclave cardenalicio en el que si consigues ser cooptado se hará casi imposible que te devuelvan a padecer la doble pandemia: la política y la sanitaria.

Tanto una como otra no dependen tanto de las circunstancias sino de la voluntad de los interesados. Y de las parroquias. Cataluña es un país de creyentes. Fíjense si será así que actualmente no es posible formar un Gobierno porque el abad del monasterio de Lledoners, Oriol Junqueras, retenido por delincuente, no llega a ponerse de acuerdo con el pastelero de Amer, Carles Puigdemont, fiel creyente y actual residente en Waterloo (Bélgica) para no comparecer ante el tribunal de justicia que se lo demanda. Las parroquias de ambos creyentes en la religión verdadera, que es la independencia del maligno, no logran alcanzar un punto de conexión teológica que les consienta ceder en el principio máximo de quién es el vicario de la verdad. Creen en el mismo dios, pero les separa algo tan mundano, aunque esencial, como es el privilegio del mando. La Iglesia Católica, en la que ambos han sido formados y a la que dicen ser fieles desde su más tierna infancia, ha tenido a lo largo de su multisecular historia multitud de ejemplos sobre la preponderancia de los intereses terrenos a la hora de ponderar el valor omnímodo de su dios verdadero. Hay precedentes suficientes para que ningún cofrade se sorprenda.

Los socialistas en Cataluña no conforman una parroquia sino una mezcla de tribus varias con larga tradición de arribismo y absoluta falta de principios, que los hace poco atractivos para formar otra comunidad de creyentes

 A algún gracioso se le ocurriría en momentos así hacer un chiste de ateos, pero la cosa va en serio porque se tocan las creencias profundas. Las últimas elecciones autonómicas han dado un resultado inequívoco; frente a las dos parroquias y por encima de ellas ha ganado el PSC, que ha recogido buena parte del voto del rechazo a la feligresía y a otro puñado de cosas, como las ganas de ir saliendo del pozo, aunque fuera gracias a pocero tan poco entusiasmante como Salvador Illa. Sin embargo, los socialistas en Cataluña no conforman una parroquia sino una mezcla de tribus varias con larga tradición de arribismo y absoluta falta de principios, que los hace poco atractivos para formar otra comunidad de creyentes. En el fondo es lo mismo que han hecho todos, pero el dedo acusador de la Inquisición es sabido que lo detenta el más furibundo de los creyentes en la religión verdadera y a ésa no pertenecen ni pertenecerán nunca, por más esfuerzos piadosos que hagan, los conversos fieles aún al maligno.

La elección del nuevo 'Papa' en Cataluña

El sínodo para la elección de nuevo Papa en Cataluña se dirime pues en las parroquias del verdadero dios y la auténtica religión, cuyo primer principio es la independencia. No es extraño que las CUP, que hacen las veces de secta radical, se hayan puesto a disposición de las parroquias hegemónicas. Ellos están con el Papa que elijan, siempre y cuando crea en el único dios verdadero. Lo de los arrebatos, las violencias, el lenguaje destemplado… no puede ocultar que son hijos de quien son y que creen en el devocionario que les leían sus padres mientras mantenían el negocio; porque el patrimonio nunca debe contradecir a los principios sino ayudarse mutuamente por el bien de la religión auténtica.

Los sesudos analistas tienen poco que hacer en esta confrontación atávica de intereses barnizados por declaraciones políticas. Aquí no se discute si vamos a seguir como siempre y mandando los de siempre, porque eso es una obviedad, pero no lo es tanto quiénes van a ejercer de letrados, amanuenses, mayordomos y demás parafernalia humana que acompaña al poder y amaña lo que puede, que suele ser mucho y muy repartido. Quítale a Junts, con sede en Waterloo, su red clientelar y no queda partido. De ahí que baste con ser fiel creyente: lo demás ya vendrá con mucho rezo y respeto piadoso. Al hereje o tibio ni pan, por eso “Reporteros sin Fronteras” considera Cataluña “territorio peligroso”.

Las últimas elecciones dieron 1.336.291 votos contrarios a la independencia, y 1.336.044 a favor. Lo aseguran quienes se han tomado la molestia de sumar. Hay una diferencia de 200 votos. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de no creyentes ni ha querido participar en ese concilio de la fe -casi la mitad del electorado- llegaríamos a la conclusión de que vivimos en Cataluña sobre un barril de pólvora mojada. Lo políticamente correcto exige que no nos demos por aludidos y pensemos que hay luz al final del túnel, y hagamos como con las vacunas: no mencionarlo. Ninguna autonomía ha vacunado menos que Cataluña y sufrimos un 20 % superior de contagiados, pero no inquietarse, la religión verdadera servirá de escudo. Respecto a los viejos, muy dados al escepticismo, aunque estén cayendo como moscas, ya se encargarán en el Más Allá de ponerles sesiones de TV3, que es el infierno que se merecen.

Ninguna autonomía ha vacunado menos que Cataluña y sufrimos un 20 % superior de contagiados, pero no inquietarse, la religión verdadera servirá de escudo

Desengáñense los buscadores de malos presagios. Se forme un Gobierno de creyentes o convoquen nuevas elecciones, tienen dos meses para rezar y decidir, pero no cambiará nada. Laura Borràs presidirá el Parlament y cual muecín recitará las “suras” matutinas y vespertinas para que los creyentes abreven, y más ahora que se ha erigido además en funcionaria del Estado gracias a los sacristanes universitarios, siempre tan dados al hisopo y el incienso. 

Habrá que acostumbrarse al fango, que es nuestro destino de laicos sin ídolos que adorar. Creíamos que había sociedad civil más allá de Pujol y el 3%, y no nos dimos cuenta de que la cosa venía de lejos, que para algunos incluso era identitario. Este país tiende a la parroquia, de ahí que hasta al fútbol lo hayan convertido en culto.

Cuando decimos que esto se desmorona se nos olvida añadir que lo hace sobre nuestras cabezas y que los creyentes contemplan, con fe no exenta de satisfacción, cómo nos cubren los escombros. Alabados sean el abad Junqueras y el canónigo Puigdemont, pontífices iluminados del fango, porque ellos decidirán nuestro destino.  

Nuevo canal de debate

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