Recuerdo de mi infancia en Barcelona durante la primera mitad de la década de los cincuenta del pasado siglo que al llegar los días de Semana Santa, la ciudad se paralizaba y se vaciaba. Un solemne silencio ocupaba sus calles, por las que no circulaban vehículos de particulares -tampoco es que abundasen- y solamente el lento y recogido discurrir de las procesiones con sus atormentadas imágenes bamboleantes, sus nazarenos portadores de cirios y algún pausado y contenido redoble de tambores rompía el recogimiento respetuoso de los ciudadanos, que vivían aquellas fechas sagradas muy conscientes de su significado, que a la vez les sobrecogía y les invitaba a la participación. Por supuesto, nada que ver con los fastos luminosos y desbordantes de las capitales meridionales, Sevilla, Málaga, Cádiz, donde multitudes en trance plasmaban su adoración a los sagrados Misterios en entusiasmo bullicioso, saetas que rasgaban el alma, piropos a sus advocaciones preferidas y explosiones de luz deslumbrante. Cataluña se imbuía, como era de esperar, del espíritu religioso imperante, pero con modestia, seny y recato.

Las radios únicamente difundían música sacra o grandes obras clásicas, los cines reducían su programación a películas de temas bíblicos o piadosos y yo asistía asombrado a la grabación ígnea de la ley divina en las tablas del Monte Sinaí, a los anuncios admonitorios de los profetas, a los implacables castigos de Yahvé a los impíos que desobedecían sus mandatos, fuesen éstos reyes, pastores o mujeres excesivamente curiosas y me conmovía hasta las lágrimas con la abnegación heroica de los misioneros en remotas y exuberantes islas habitadas por salvajes necesitados de conversión.

Jóvenes burguesas irrumpen en los oficios descubriendo su tórax y vociferando eslóganes idiotas creyendo que así hacen la revolución, en un espectáculo tan absurdo como grosero

Hoy todo aquello es un recuerdo borroso, casi inverosímil. La Iglesia ocupa un papel marginal en la vida social, nuestro orden constitucional establece la estricta separación entre la esfera religiosa y la civil y los bancos de los templos clarean tristemente donde hace setenta años los fieles se apretujaban y el feligrés que aparecía unos minutos tarde con frecuencia no podía entrar y debía seguir la Misa de pie sobre la acera. Una estrecha unión, en ocasiones agobiante para el clero, conectaba al Estado con la jerarquía eclesiástica y las autoridades de aquél daban muestras vehementes de catolicidad en actos oficiales y ceremonias públicas. Ahora los políticos de distinto signo oscilan entre la indiferencia más o menos respetuosa y el laicismo militante y agresivo. Jóvenes burguesas irrumpen en los oficios descubriendo su tórax y vociferando eslóganes idiotas creyendo que así hacen la revolución, en un espectáculo tan absurdo como grosero. Bien está que el Estado no sea confesional, pero resulta arduo entender que ciertos sacerdotes vascos hayan colaborado hasta no hace mucho con terroristas despiadados y que ilustres prelados catalanes se afanen en liquidar la unidad nacional. No parece que la mutua independencia de ambos espacios implique necesariamente la ayuda al crimen organizado o el cálido apoyo al desmembramiento de la multisecular estructura que es la garantía de nuestros derechos y libertades y de nuestra proyección en un mundo que nuestros antepasados contribuyeron decisivamente a configurar.

Ignorancia y barbarie

Vemos actualmente cómo alcaldes zafios e ignaros derriban inofensivas cruces para arrojarlas al vertedero y serenas estatuas de arcángeles son eliminadas de las plazas con una saña que revela que en la izquierda la hostilidad hacia lo religioso ha vuelto a niveles de paroxismo demente. Sin embargo, los que cometen tales barbaridades lo hacen por la sencilla razón de que desconocen lo que son, lo que somos los que habitamos el orbe occidental.

Se ha repetido hasta la saciedad que nuestra cultura, nuestras leyes y nuestras instituciones, son el lento y gradual destilado del legado clásico greco-romano, de las creencias judeo-cristianas, de la Ilustración y del método científico. No cabe duda de que es así, pero si tuviéramos que identificar un núcleo realmente determinante para entender nuestro marco mental y moral, este es claramente el cristianismo. Por supuesto, la Iglesia es pródiga en debilidades humanas y su devenir bimilenario abunda en fallos, abusos, peligrosas mezclas con lo temporal y escandalosas inmoralidades. Pese a todo, le debemos un concepto fundamental, una idea que cambió la faz de la tierra, la de que todo ser humano por el mero hecho de serlo es portador de una dignidad intrínseca que ha de ser respetada, junto a la reconfortante verdad de que hemos nacido dotados de libertad, que esta libertad es irrenunciable y que está asociada a nuestra responsabilidad.

La alcaldesa y la cruz

El mensaje evangélico no disipa muchas de nuestras dudas, pero ya no son el destino ciego o la voluntad caprichosa de dioses antropomorfos los que aprisionan nuestras vidas, sino nuestros actos libres y conscientes, de los que tendremos que responder. Esta definición definitiva del ser humano equipado con una dimensión trascendente que no comprendemos, pero que intuimos, que hizo que en un momento de la Historia lo eterno y absoluto entrara en el espacio y el tiempo para redimirnos misteriosamente de nuestro sino finito y mortal, es la que late, bien sea como inspiración o como transgresión, en cada monumento, cada obra de arte, cada catedral, cada código legal, cada obra filosófica, cada poema, cada sinfonía, cada hábito y cada pensamiento que albergamos. Obviamente, a la pobre alcaldesa de Aguilar de la Frontera este texto le resultará incompresible, pero ha de saber que, incluso cuando mandó tirar la desmontada cruz a la inmundicia, no dejó ni por un instante de pertenecer a nuestra civilización, la civilización que el símbolo por ella mancillado encarna y representa y que la hace, sí, a ella también, auténticamente humana.

Nuevo canal de debate

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