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Miquel Giménez

Opinión

Memorias de una alfombra oficial

¿Qué podría decirnos si pudiera hablar la alfombra que pisan a diario los políticos que creen detentar el poder en España?

El presidente catalán, Quim Torra, sobre una alfombra en un acto oficial.
El presidente catalán, Quim Torra, sobre una alfombra en un acto oficial. EP

Me presento: soy la alfombra que pisan a diario los que creen detentar el poder en España. Digo creen, porque el auténtico poder huye de alfombras como yo, tan públicas, tan visibles y, por tanto, tan observadas. El poder de verdad gusta de sombras en las que los arabescos de mi tejido no tendrían sentido al ser invisibles.

De esos poderes comúnmente hurtados al vulgo poco puedo decirles; de los otros, de dirigentes, ministros, presidentes, diputados, consejeros generales o subsecretarios, en cambio, sé mucho, quizás demasiado, porque una se cansa de ser pisada y repisada a diario por personas que ignoran su condición de pisoteados en potencia. Efectivamente, no hay político en España que no acabe con un pisotón en el pie, generalmente propinado por alguien de su mismo partido, con una suela de zapato tatuada en sus posaderas o, peor aún, sirviendo de alfombra para que pase cómodamente por encima de su cadáver político algún rival, por lo general tan gañán como él o más. Sic Transit Gloria Mundi.

Es paradójico: cuando entran por primera vez en política y me ven tan extensa, tan lucida –a pesar de mi provecta edad, todavía me conservo– , incluso un punto intimidante, me pisan con cuidado, como si temieran romperme, creyéndome frágil cuando, en realidad, los frágiles son ellos. A la que pasa cierto tiempo, singularmente cuando detentan un cargo, me pisan sin piedad, de manera firme y autoritaria, como si con cada zapatazo espetaran al mundo “¡La alfombra es mía!”. Cuanta ignorancia, señor, cuanta zafiedad, cuanta estulticia.

Los políticos se creen invulnerables, sin darse cuenta de que ellos pasan pero yo, humilde alfombra, sigo aquí esperando a los nuevos que han de cometer los mismos errores de quienes les antecedieron. ¡Tiene tanto visto una! Recuerdo cuando se insultaba a Suárez y sonrío al escuchar ahora a según quién alabarlo. Aquellos pies que corrían por encima de mí como alma que lleva el diablo para saludar siquiera de lejos a ese presidente o al otro, los mismos que daban taconazos cuando pasaba el rey Juan Carlos, ahora se arrastran indolentes aduciendo que no va con ellos. La volubilidad en política la advertimos las alfombras antes que nadie. Basta ver los pies que se agolpan alrededor del líder de moda y comprobar, con el tiempo, como los pies de aquel antes tan ensalzado se arrastran en terrible soledad por mi mullida superficie, encaminándose al olvido.

Dicen que recorrerme supone un estado de embriaguez, que a las personas se les sube a la cabeza pisar alfombras oficiales. Nada más falso. Las alfombras no estamos pensadas para inspirar egos ni ambiciones. Eso lo llevan de casa quienes después ocupan los cargos importantes. La vocación de alfombra, por el contrario, es la humildad, el deseo de servir como intermediario confortable entre el frio suelo y los pies de quienes nos gobiernan. Somos hijas de la utilidad y el arte, puesto que una alfombra puede ser bella en su diseño, noble por los materiales con las que esté confeccionada e incluso señorial si solo se despliega en días solemnes. No podemos competir, claro, con palios ni con baldaquinos, pero formamos parte del ornato y eso a los políticos no se les pasa por alto. Ahora parece que vivamos una época en la que esto ha quedado anticuado. Nada más lejos de la verdad. No hay objeto alguno más caro a quienes van de revolucionarios que las alfombras, el terciopelo, los dorados y el lujo que ellos teóricamente, pretenden derrocar. Ya me perdonarán, pero las alfombras estamos presentes sea cual sea el régimen, aunque tengamos una especial relevancia en los que carecen de democracia. Nunca existieron alfombras ni palacios oficiales más lujosos que con Ceaucescu, Hitler, Stalin o Mao.

Algunos nos acusan de complicidad de la burbuja en la que viven nuestros políticos al evitar que pisen la realidad. Pudiera ser, pero si no existiéramos, los aduladores que pretenden una gabela de quién manda formarían de motu proprio una alfombra de lo más gárrula, llámese encuesta, editorial, tertulia u homenaje.

En fin, ser alfombra tiene la ventaja de estar en la orilla de ese río que llamamos Historia. Puedes observar sin temor de verte arrastrada por ella. Tengo mucha curiosidad por ver cómo acaban estos que ahora creen que soy de su propiedad. Inocentes. Servidora está considerada patrimonio del estado mientras que ellos, en cambio, son material fungible. Modestamente, el estado soy yo, el estado eterno, mientras que ellos no pasan de meros accidentes, de simples notas a pie de página. Sí, es reconfortante ser alfombra. Oficial, por supuesto.

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