Hace ya seis días que terminó de nevar en Madrid y la ciudad sigue prácticamente colapsada. El hielo se acumula en buena parte de las calles y eso está impidiendo hacer una vida normal. No se han restablecido la mayoría de líneas de autobús, los colegios y universidades siguen cerrados y un gran número de supermercados están sufriendo el desabastecimiento de productos básicos como el pan, los huevos o la leche debido a que los camiones de reparto no tienen cómo acceder. Para colmo, es imposible sacar los vehículos privados de los laterales de las calzadas porque una montaña de hielo lo impide en aquellas calles donde se ha llegado a limpiar un carril central. Hasta el aeropuerto de Barajas sigue a medio gas.

Nadie pone en duda la dimensión histórica del temporal, con 30 horas seguidas de nevada que hubieran provocado el caos en cualquier ciudad poco habituada a lidiar con el frío. Sin embargo, después de casi una semana es urgente que alguien despierte y tome las medidas adecuadas para garantizar el normal desempeño de una de las principales urbes de Europa. Esperar tranquilamente a que el sol y las altas temperaturas resuelvan el problema no es una opción, pues abocaría a la ciudad a depender de los caprichos de la naturaleza. El alcalde, José Luis Martínez Almeida, ha demostrado sobradamente ímpetu, talante y valentía, pero ahora debería poner todo su empeño en retirar de las calles las toneladas de hielo, y también de basura, que se acumulan por doquier.

Además, seguimos oyendo a los responsables políticos la excusa de que se han visto superados por acontecimientos excepcionales. Es cierto que ni Madrid es Moscú, ni las arcas autonómicas y municipales pueden permitirse el lujo de invertir incalculables recursos en medios que, muy probablemente, acabarían siendo infrautilizados. Pero lo que sí admite reproche es la falta de previsión, pues se sabía desde hace días que llegaba un temporal inusual y hasta se habían activado todas las alertas.

Un error que con indeseable frecuencia cometen los gestores de lo público es evitar ponerse en lo peor, por cuanto se trata de una decisión que suele comportar incomprensiones e incomodidades a un buen número de ciudadanos. En política, ponerse en lo peor es asumir el desgaste que acompaña a medidas preventivas extraordinarias. Y, por supuesto, ponerse en lo peor requiere dotes de liderazgo y el coraje necesario para decirles a los ciudadanos lo que no quieren oír.

Y ha sido justamente ese el principal error que han cometido las autoridades de Madrid: no activaron con la suficiente previsión medidas de restricción del tráfico que habrían evitado en buena parte el masivo bloqueo de vehículos y las subsiguientes situaciones de angustia vividas. Tampoco acertaron en materia de comunicación a la hora de poner en guardia a los madrileños y pedir su colaboración. Obviamente, parte de la responsabilidad de la imprevisión recae en el Gobierno central, pero la utilización excesiva del comodín exculpatorio de la ineptitud de los demás es un indicio de la propia incapacidad.

Las vacunas

Una situación parecida se está viviendo a cuenta de las vacunas contra la covid-19. Oficialmente, España está vacunando desde el 27 de diciembre y recibe cada semana 150.000 dosis de la marca Pfizer y desde este miércoles también algunas miles del laboratorio Moderna. En total, ya han llegado 1,1 millones de vacunas, pero nuestro país tan sólo ha conseguido administrar el 59%. Y Madrid, con un 41,6% de dosis inyectadas, ocupa junto al País Vasco el pelotón de cola de entre todas las comunidades autónomas.

Los 80.000 muertos que nos contemplan deberían hacernos comprender que cada minuto que pasa es un minuto perdido y que los muertos de hoy se podrían estar evitando

Los datos demuestran por sí solos la terrible ineptitud de nuestros políticos para organizar de forma eficiente el proceso de vacunación. Todos soñábamos desde hace meses con las vacunas y, una vez que ya las tenemos, somos incapaces de colocarlas. Es verdad que nos ha pillado por medio la semana de Reyes y el temporal 'Filomena', pero los 80.000 muertos que nos contemplan deberían hacernos comprender que cada minuto que pasa es un minuto perdido y que los muertos de hoy se podrían estar evitando si hubiéramos puesto todas las vacunas que tenemos a nuestra disposición.

La magnitud de la enfermedad requiere poner en marcha un despliegue sin precedentes para asegurar que, a la mayor brevedad, todos los españoles estén vacunados, porque sólo eso nos permitirá volver a la vida normal. Urge que nuestros políticos miren a países como el Reino Unido o Israel, donde ya llevan varios millones de personas vacunadas y donde se han puesto en marcha operaciones a la altura del desafío.

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y principal azote del Gobierno de España, tenía en su mano una grandiosa oportunidad para demostrar su capacidad de gestión. Su Ejecutivo criticó al Ministerio de Sanidad con justicia por los criterios utilizados para repartir las vacunas y por beneficiar descaradamente a Cataluña. Sin embargo, los hechos dejan en muy mal lugar a Ayuso y a algunos otros como Íñigo Urkullu.

Madrid no es solo una ciudad. Es también, para lo bueno y para lo malo, el eje económico de España y el más importante centro de comunicaciones comerciales, terrestres y aéreas del sur de Europa. Debe ser objeto, por tanto, de una atención proporcional a su importancia como uno de los principales motores de bienestar de toda la nación. Pero también, de un nivel de autoexigencia por parte de los responsables políticos autonómicos y municipales muy superior al que están demostrando.