¿Se imaginan a dos mil quinientos jueces franceses pedir amparo a la Unión Europea por considerar que Macron está gobernando de manera que atenta contra la independencia del poder judicial? ¿Les cabría en la cabeza que los jueces alemanes dieran la señal de alarma acerca de Merkel porque quiere cargarse la separación de poderes? Eso está pasando en España en lo que puede considerarse un intento de golpe de estado por parte del Gobierno socialcomunista. Las tres asociaciones de jueces más importantes de nuestro país, Foro Judicial Independiente, Asociación Francisco de Vitoria y la Asociación Profesional de la Magistratura, han denunciado el riesgo extremo que supone el “apagón” del Consejo General del Poder Judicial. Sánchez tiene el ojo puesto en la Justicia y, tras conseguir asaltar exitosamente la Fiscalía General del Estado, ahora va a por sus señorías.

Este organismo se ha quedado varado cual ballena en la playa porque lo que desea el de la Moncloa es un Consejo que se designe a su gusto y conveniencia. Quiere rebajar las exigencias parlamentarias para la designación de sus integrantes de forma que sea el Gobierno quien acabe por imponer sus candidatos, quiere que la judicatura sea vampirizada por la izquierda, quiere tener jueces adictos a su ideología y, en suma, quiere desterrar el menor atisbo de independencia en uno de los poderes más importantes del Estado de Derecho. Esto, más digno de una república bananera que de un país democrático y europeo, es lo que se está denunciando. Los jueces españoles se ven amenazados. Saben que la frase quevediana que asegura que tener razón donde hay poca justicia real siempre constituye un peligro.

En Europa no son ajenos a esta inquietud. Nos han dado numerosas indicaciones, han advertido a Sánchez acerca de la barbaridad que se propone realizar, han argumentado que sus medidas controladoras atentan contra la Carta de los Derechos fundamentales de la Unión Europea, pero nada. El gobierno de Su Persona vive ajeno a todo lo que no sean los inciensos de TVE, las profecías de Nostradamus Tezanos y las malas artes de Redondo. Pero existe un mundo ahí en el que el imperio de la ley, ligado íntimamente con la democracia, cuenta mucho. Y estamos a un tris de que se nos expulse del mismo por culpa de los orates que dirigen la nación, atendiendo solo a sus ansias totalitarias.

Europa es lenta, pacata y carente de músculo a la hora de cortar por lo sano, pero no es menos cierto que tiene la obligación de que todos los países cumplan con los requisitos que se exigen para formar parte de esta

La vicepresidenta de la UE para Valores y Transparencia, Vera Jourová, y el comisario de Justicia, Didier Reynders, están horrorizados. Pero dudamos mucho que se decidan a presionar más al Gobierno. Europa es lenta, pacata y carente de músculo a la hora de cortar por lo sano, pero no es menos cierto que tiene la obligación de que todos los países integrantes de la Unión cumplan con los requisitos que se exigen para formar parte de esta.

Este Gobierno ha dado numerosas muestras de no atenerse a la legalidad a lo largo de esta pandemia. Sus aliados tampoco se caracterizan por el escrupuloso respeto a la ley, véanse los separatistas golpistas, los Bildu etarras o los comunistas. Insumisos millonarios con derecho a mansión, revolucionarios de Visa Oro. Nos tememos lo peor si no se frena este diabólico proceso, porque podríamos quedarnos sin el amparo de jueces imparciales, tan precioso en tiempos de delincuentes. El ejército del crimen que propone como candidatos a manteros, que alienta a los violentos en las calles, que apoya a quienes desdeñan la propiedad privada siempre que no sea la suya no podía hacer otra cosa que anular a los garantes de la ley. Las únicas normas que respetan son las que ellos pretenden imponernos y todo lo que no sea su visión totalitaria les estorba. Jueces, periodistas, discrepantes, empresarios, trabajadores, nadie está a salvo.

Su mundo será sin duda un lugar donde existirán muchas leyes, como hemos visto en países como Cuba o su idolatrada Venezuela, donde Maduro acaba de cerrar de un plumazo media docena de medios contrarias a su régimen con la constitución chavista en la mano. Pero la ley no es lo mismo que la justicia. Lo decía Ernesto Mallo, soberbio escritor argentino que, además, fue taxista, contrabandista, artesano, librero y director teatral. Conocía, pues el paño.

Igual que nosotros conocemos el de Sánchez. O el de Marlaska, que antes que ministro fue juez.

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