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Miquel Giménez

Opinión

A hostia limpia entre separatistas

Archivo. El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y el exvicepresidente, Oriol Junqueras (i)
Archivo. El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y el exvicepresidente, Oriol Junqueras (i) EFE

Existen dos Cataluñas, más allá de la separatista o la constitucionalista. En el bando de la secesión hay los que se comerán los turrones en la cárcel y, por otra parte, los que gallean desde su confortable refugio belga. Los de los barrotes han dicho basta y empiezan a acordarse cordialmente de toda la parentela de los señoritos del proceso. Comienza el espectáculo.

"Esperamos el inminente retorno de Puigdemont, lo contrario sería insólito"

Así de claro lo decía el ex Conseller de Justicia Carles Mundó, de Esquerra, actualmente en libertad bajo fianza. Estas palabras contienen una carga de profundidad tremenda dirigida contra el PDeCAT, máxime si tenemos en cuenta que los antiguos socios de Carles Puigdemont y Convergencia están que trinan con el ex President fugado.

Dicen que Oriol Junqueras, encarcelado en la prisión de Estremera, anda a la busca de epítetos injuriosos que dedicar al que fue su adlátere en el Govern. Mientras que el fugadísimo come en buenos restaurantes, acude a la ópera, se reúne con gente y aparece en plasma – vaya, como Rajoy -, él, se tiene que morder las uñas en su celda. Considera, acaso con razón, que Puigdemont está instalado en la dolce vita, nos decía una de las personas más próximas al líder de Esquerra, mientras que a el lo han dejado tirado.

A Esquerra le aprieta el zapato por haber quedado muy por debajo de sus expectativas electorales, pero también, y no en último lugar, por albergar la sensación de que los ex convergentes se han aprovechado de ellos. Esa mala uva que cada vez se percibe más entre los republicanos se ha hecho patente con el deseo de que Puigdemont retorne a Cataluña para aceptar su investidura como President. Sabe Junqueras que, tan pronto como ponga un pie en España, al fugado se le habría terminado la escapada, sus cervecitas, sus amables comidas con sobremesas largas o sus soireés operísticas, debiendo enfrentarse a la justicia.

Añadamos a eso el estupor que ha dejado en la cúpula de Esquerra el hecho de que el electorado separatista haya primado más a la figura de un político que huye vergonzosamente, eludiendo sus obligaciones y dejando a sus colaboradores abandonados, que la del líder que acepta las consecuencias de sus actos. “No tenemos remedio, los independentistas padecemos la maldición pujolista”, confesaba un cargo del partido de Junqueras.

Puigdemont jugó la carta del exilio, capitalizó los focos mediáticos, se erigió como referente máximo del separatismo, en fin, segó la hierba por debajo de los pies a todos"

Que las relaciones entre President y Vicepresident eran muy malas en los últimos meses era un secreto a voces en los mentideros políticos catalanes; que esa relación, aparentemente cordial, un puro matrimonio de conveniencia, se ha convertido en un odio africano entre ambos, es asimismo perfectamente certificable. Tiene su lógica. Mientras que los republicanos creían que iban a ser la fuerza política más votada el pasado 21-D, logrando el tan anhelado sorpasso a los ex convergentes, y decidieron afrontar sus responsabilidades ante la justicia con aire de mártires, creyendo así rentabilizar más su resultado electoral, Puigdemont jugó la carta del exilio, capitalizó los focos mediáticos, se erigió como referente máximo del separatismo, en fin, segó la hierba por debajo de los pies a todos. No ha respetado el cesado ni a los que eran sus socios de Esquerra ni a los de su propio partido. No conoce a nadie debido a su descomunal egocentrismo. Incluso ha llegado a compararse con Francesc Maciá, figura santificada en el panteón separatista catalán.

Que Puigdemont no sea, como fue Maciá, ni coronel del ejército español, ni el organizador de una fallida invasión desde Francia, ni masón, ni siquiera un visionario quijotesco le da lo mismo. No tiene el menor rubor a la hora de apropiarse personajes, historia, instituciones o partidos. La Coordinadora General del PDeCAT Marta Pascal ha dicho en el tradicional homenaje que cada 25 de diciembre rinden los separatistas a la figura de Maciá, enterrado en el cementerio de Montjuic, que el sueño de la independencia está cada vez más cercano. Hace años que dicen lo mismo. El que no está cercano a Estremera y a su Vicepresident es Puigdemont, bien abrigado en su vida bruselense.

"Si no viene, habrá que desenmascararlo de una vez"

El mismo garganta profunda que nos ha referido muchas cosas para este artículo no se cortaba a la hora de calificar la actual situación política en Cataluña como desastrosa, vaticinando que habrá hostias (sic) entre independentistas. La consigna que emana desde la celda de junqueras está clara: hay que desenmascarar a Puigdemont ante la opinión pública, demostrando que no es más que un cobarde que no tiene ni coraje político ni valor personal.

Eso pasa por forzar a que diga que no va a venir para someterse a la investidura y que continúe con la astracanada del gobierno en el exilio. “Si le damos suficiente cuerda se ahorcará solo”, manifiestan algunos dirigentes cercanos a Junqueras. “Ahora hay que poner caras de buenos chicos y decir que es nuestro President, que estamos a sus órdenes y que le esperamos para que nos lleve a la independencia. No tiene lo que hay que tener”, remachan.

Es curioso comprobar como las mismas personas que, hasta hace solo pocos meses, cantaban las alabanzas de un Puigdemont que era un independentista de piedra picada, según decían, son las mismas que ahora lo ponen verde calificándolo de traidor, loco, oportunista y otros adjetivos impublicables. Se sienten estafados al escuchar sus declaraciones que cada vez más son de un radical tan extremo que contrastan abiertamente con la moderación que Junqueras exhibe, aparentemente, en sus misivas desde la celda. Dicen los republicanos que todo esto no es más que el intento por parte del fugado de perjudicar al líder encarcelado, que su fuga fue el detonante que lo llevó a la cárcel y que ya le va bien tenerlo allí, inactivo, para explotarlo políticamente.

Es extraño, en este contexto, que Carme Forcadell diga que está pensando si aceptará o no ser de nuevo la presidenta del Parlament. Se conoce que algunas voces de Esquerra, su partido, le han sugerido que debería ser cuidadosa con según qué ofertas, máxime cuando está en libertad bajo fianza y la postura de su formación política no está definida claramente en lo que respecta al nuevo Govern.

La alianza forjada por Artur Mas entre dos partidos que, en principio, poco o nada tenían que ver, sumando a esto la CUP y las asociaciones ANC y Ómnium, parece irse deshaciendo lenta, pero inexorablemente"

Las aguas bajan revueltas en el pantano en el que han convertido la vida política catalana. La alianza forjada por Artur Mas entre dos partidos que, en principio, poco o nada tenían que ver, sumando a esto la CUP y las asociaciones ANC y Ómnium, parece irse deshaciendo lenta, pero inexorablemente. Y más que lo hará, porque no es lo mismo moverse en el ambiguo y siempre gratificante terreno de las consignas, las especulaciones, los sueños, los deseos y la irrealidad, que tener que bregar con la realidad, que siempre es mucho más dura y desagradable que las ensoñaciones de café de pueblo.

Lo ficticio era sustancial en el campo separatista, empezando por la mayoría social, que no tienen, o la unidad de acción, que se ha ido al carajo. Ciudadanos es la primera fuerza política y Esquerra la tercera, los naranjas ganan en las principales capitales catalanas, lo hacen por goleada en Barcelona y su área metropolitana, la maquinaria judicial sigue su curso y aquí ni se ha paralizado el país ni ya se escuchan caceroladas por los encarcelados. Junqueras y el resto que está en prisión se han convertido en uno de esos parientes pobres a los que, de vez en cuando, hay que hacerles un gesto de simpatía, pero poco más, no sea que creyeran que les hemos de ayudar.

De ahí el monumental cabreo de Esquerra y su líder. Ahora solo les queda esperar a ver qué conejo saca de la chistera el dúo Puigdemont-Artadi, y sentarse con las palomitas en la mano, dispuestos a propiciar en todo lo que puedan la caída del personaje político al que culpan en buena parte de su actual situación. Si yo fuese Junqueras pensaría lo mismo. No está bien que uno viva como un marqués mientras el otro va a misa en presidio. Que los pongan a los dos en la misma celda.



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