La pandemia que venimos sufriendo desde hace año y medio ha dejado casi cien mil compatriotas fallecidos, otros muchos lo han sobrevivido con secuelas, cientos de miles han perdido su trabajo (el paro subió en 724.532 personas, a pesar de los ERTE, en el 2020), ha habido gran sufrimiento y estrés, sobre todo en hospitales y residencias, la economía no levanta cabeza… Es decir, una completa desgracia. Pero como enseñan los orientales en toda crisis existe una oportunidad, como muestra el símbolo del Tao en toda oscuridad hay una ventana de luz, y como vengo diciendo la realidad es siempre ambivalente (“Religión, Mal y saber: una lucha relacional-integral frente a una realidad ambivalente”).

Y es que incluso este maldito covid también ha traído algunos aspectos positivos y, sobre todo, ha dejado al descubierto algunas carencias de nuestro sistema institucional pero también del marco social que haríamos bien en resolver. Por de pronto, parece que ha servido para reforzar la respuesta de nuestro sistema sanitario ante este tipo de sucesos que amenazan con ser recurrentes. Hemos descubierto que el Ministerio de Sanidad se había convertido en un cascarón vacío, sin suficiente personal capaz de gestionar eficazmente una crisis como ésta y que una sanidad a 17 plantea serios problemas de coordinación y reparto de recursos. ¿Haremos algo? Hemos visto que el estado de alarma se quedaba corto y que el estado de excepción tiene una imagen negativa que dificulta su adopción pare este tipo de situaciones ¿Haremos algo? Hemos visto que los planes estratégicos quedan bonitos sobre el papel, pero a la hora de poner en marcha sus recomendaciones los gobiernos suelen mirar para otro lado y no los tienen en cuenta ¿Haremos algo? Hemos visto que los procesos de romper el barco llamado España en varias barquichuelas o adelgazar el cordón umbilical, hilo a hilo, que a todos nos une, se muestran especialmente ridículos cuando (aunque no sólo) se trata de hacer frente a crisis globales cada vez más frecuentes (de hecho, la “mesa del diálogo” se suspendió durante esa fase) ¿Tomaremos nota? Hemos visto que mantener un nivel de deuda pública muy elevada en situaciones “normales” nos desarma cuando tiene que elevarse inevitablemente el gasto para hacer frente a situaciones “excepcionales”, a pesar de que mamá Europa, por ahora, nos lance un salvavidas. ¿Tomaremos nota? Hemos visto con qué facilidad miles de pequeñas y medianas empresas pueden irse al garete en pocos meses y que mantener a flote una empresa en este país es tarea para héroes ¿Haremos por fin algo? Me temo que la respuesta a todas estas preguntas, y otras muchas que están en la mente de los lectores, va a ser un reiterado “no”.

Descubrimos cursos increíbles en Internet que nunca hubiéramos hecho, pudimos asistir a reuniones virtuales con gente que no veíamos hace años, leímos esos libros que acumulaban ya polvo en las estanterías

No solo a nivel institucional, también a nivel social la pandemia nos ha traído algunas lecciones. Se ha hecho hincapié en los problemas de salud mental que han producido el confinamiento, la mascarilla, la separación de nuestros amigos y seres queridos. No todo han sido sombras. Por unos meses, el pesado vecino de al lado dejó de molestarnos con sus fiestas ruidosas, pudimos disfrutar de nuevo del silencio y el descanso de la España de la mística y los campanarios. La música elevada pasó a ser un instrumento de homenaje a nuestros sanitarios a las 20.00 “de la tarde en todos los relojes”, que duraba entre cinco y diez minutos. Descubrimos cursos increíbles en Internet que nunca hubiéramos hecho, pudimos asistir a reuniones virtuales con gente que no veíamos hace años, leímos esos libros que acumulaban ya polvo en las estanterías. Descubrimos que podíamos vivir sin tantas cosas innecesarias. En otras palabras, bajamos el ritmo de nuestras vidas y miramos hacia dentro. De esto, sin embargo, nadie habla.

Se ha dicho que nuestros jóvenes son los que más han sufrido este periodo, a pesar de ser los menos contagiados, porque perdieron el contacto social necesario para desarrollar su personalidad. Sin embargo, no se dice que la mayoría pudieron seguir jugando con sus amigos con su ordenador (cosa que no pudieron hacer los jóvenes de las numerosas pandemias previas de la Historia), que incrementaron sus conocimientos tecnológicos y que por unos meses acabamos con el botellón y otras sustancias. Con los distintos toques de queda nuestros jóvenes aprendieron además que podían divertirse sin tener que perder (o hacer perder a otros) el sueño. Que no necesitaban quedar a la una de la madrugada. Que podían salir de casa a las 19.00 y volver a las 23.00 o a las 24.00, sin por ello sufrir estrés post-traumático. También los locales de ocio se adaptaron a esos extraños horarios que sin embargo venían siendo normales en el resto de Europa, esa parte que por cierto (¿tendrá algo que ver?) es la más desarrollada. Algún día deberemos decir a los jóvenes (y no tan jóvenes) que un país que no duerme (o no deja dormir) no puede ser una sociedad desarrollada donde se estudie y trabaje con eficacia. ¿Lo haremos? ¿O volverán los días y las noches de fiesta, alcohol y ruido? Hagan apuestas.

País de costumbres austeras

Y eso que, como ya he demostrado (ver, por ejemplo, mi libro La guerra cultural. Los enemigos internos de España y Occidente, pp. 233 y sigs) lo del país de la fiesta es algo reciente mientras que la siesta es una costumbre romana (en la hora “sexta” se descansaba). Todavía en el siglo XVII los franceses eran descritos como amigos de las fiestas y la bebida, mientras los españoles eran considerados austeros y sobrios. Éramos una sociedad más de “ajo y agua” que de “ruido y copas”. Claro que entonces España todavía encabezaba uno de los Imperios más exitosos de la Historia (la América virreinal es un caso olvidado de éxito). En realidad, ese virus cultural que se nos inoculó pudo “escaparse” de un laboratorio extranjero pues había fuertes intereses en que España no volviera a ser nunca relevante. Por supuesto, que es posible encontrar un sano equilibro entre saber divertirse, el buen descanso y el trabajo eficaz. Esa debería ser la aportación del mundo hispano de ambos hemisferios a la sociedad global. Sin embargo, probablemente insistamos en vivir en el exceso mientras los demás se muestran encantados de venir a nuestros países a divertirse sin límites, mientras luego vuelven a los suyos a trabajar y mantener su alto nivel de desarrollo.

Lo más probable es que cuando la pandemia pase olvidaremos lo acaecido y volveremos a las andadas. En lugar de aprender del cuento de la cigarra y la hormiga seguiremos discutiendo eternamente si son galgos o podencos. Seguiremos alimentando un marco institucional ineficaz alérgico a la gestión sana y sensata, el gasto eficiente y las economías de escala. Seguiremos alimentando a la generación más engañada de la historia, repitiéndoles el cuento de que la vida es una gran verbena en la que todo nos puede caer del cielo (o del Estado) sin esfuerzo, constancia y lucha. ¿Y si un día Europa no está ahí para salvar nuestros errores? No hay que pensar en ello, seamos positivos y ¡otra de gambas! Y es que algunos pueblos no aprenden ni a golpes.