El optimismo es una manera de autoengañarse tan válida como cualquier otra. Cuando lo usamos en nuestra vida privada, las consecuencias de un diagnóstico erróneo nos afectan sólo a nosotros. En cambio, el optimismo en política como modo de analizar el presente y de prepararse para el futuro suele producir consecuencias nefastas para todos los ciudadanos, especialmente cuando la situación del país se encuentra en un estado de degradación tan avanzado como el nuestro. Hablar de degradación no es un recurso retórico, y tampoco fruto de una visión pesimista. Es algo que se puede comprobar con un simple vistazo a la actualidad política.

El viernes pasado se publicó en el Boletín Oficial del Estado la Ley Orgánica 5/2021, de 22 de abril, de derogación del artículo 315 apartado 3 del Código Penal. En el preámbulo -simbólicamente sancionado por el rey, que está obligado a ello- se incluía lo siguiente:

"Con la crisis como oportunidad, desde la llegada al Gobierno del Partido Popular en diciembre de 2011, se inició un proceso constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades y especialmente de aquellas que afectan a la manifestación pública del desacuerdo con las políticas económicas del Gobierno. La reforma laboral, que prácticamente excluyó la negociación colectiva de los trabajadores y que devaluó o directamente eliminó otros muchos de sus derechos, no pareció suficiente y por ello se reforzaron, con ataques directos, todas las medidas que exteriorizaron el conflicto, utilizando la legislación en vigor, como la Ley Orgánica 4/2015"

En ese preciso momento se normalizó en España que una institución neutral como el CIS pueda convertirse abiertamente en una herramienta para movilizar el voto de izquierdas en unas elecciones

Unos días antes el politólogo Pablo Simón afirmaba en ‘La noche en 24 horas’, el programa de actualidad política de TVE, que la encuesta del CIS tenía una clara intencionalidad política, y que esa intencionalidad consistía en construir percepciones para movilizar el voto de izquierdas en las elecciones autonómicas que se celebrarán el 4 de mayo en Madrid. Tras una declaración tan grave el conductor del informativo, Xabier Fortes, tuvo que preguntar para aclarar la cuestión: “¿Dices entonces que hay intención en esto del empate a 68?” Simón pudo haber contestado un simple “Sí”, pero en lugar de ello optó por una respuesta más larga y explicativa, con lo que paradójicamente enturbió la explicación. Y ahí quedó la cosa. En ese preciso momento se normalizó en España que una institución neutral como el CIS pueda convertirse abiertamente en una herramienta para movilizar el voto de izquierdas en unas elecciones.

El boicot antifascista consistió en lo de siempre: lanzamiento de objetos, agresiones e insultos. De nuevo, la degradación se muestra en el hecho, pero también en las reacciones

La degradación a la que nos referíamos se muestra en estos dos hechos, pero especialmente en la impunidad, en la ausencia de escándalo con la que se producen los hechos. Y queda aún un tercer ejemplo, no tan novedoso como estos dos, pero seguramente más grave.

El 7 de abril hubo un acto de precampaña Vox en Vallecas. El acto no se pudo celebrar con normalidad porque cientos de manifestantes antifascistas, convocados por grupos de extrema izquierda, decidieron boicotearlo. El boicot antifascista consistió en lo de siempre: lanzamiento de objetos, agresiones e insultos. De nuevo, la degradación se muestra en el hecho, pero también en las reacciones. Esa misma noche dos ministras del Gobierno se pronunciaron sobre las agresiones en Vallecas. Irene Montero dijo que “[email protected] [email protected] de Vallecas defienden su barrio del racismo, del machismo, de la lgtbifobia, del odio al pobre. El problema es de quienes blanquean las provocaciones y la violencia de la ultraderecha”. Ione Belarra dio las gracias “a los/as vecinos/as de Vallecas que han dicho no al fascismo”. El uso de la violencia política o su justificación no son algo reciente en España, y no hace falta ir al caso extremo del terrorismo. Una de las primeras apariciones públicas de los actuales dirigentes de Podemos y de Más Madrid, Iglesias y Errejón, fue el escrache a Rosa Díez en una conferencia que pronunció en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense. Las palabras de las ministras Montero y Belarra son una línea más que se ha cruzado -y es importante señalar también el lugar desde el que se ha cruzado, el Gobierno- pero la trayectoria era evidente desde 2010. 

"Pablo, tenemos doce días"

También Ángel Gabilondo, el candidato que suele presentarse como paradigma de la moderación, quiso pronunciarse de alguna manera respecto las agresiones del 7 de abril. En lugar de referirse a la línea recta que va de la Complutense a Vallecas habló de “parar esta espiral y hacerlo democráticamente votando masivamente con nuestras convicciones”. Unos días después de esas palabras, al final del debate de candidatos en Telemadrid, Gabilondo se dirigió así al líder del partido de Montero y Belarra, también candidato en las elecciones autonómicas: “Pablo, tenemos doce días para ganar las elecciones”.

El actual estado de degradación política se puede ver en otros muchos ejemplos, pero lo que vemos en estos tres casos concretos es la degradación del Estado. El análisis optimista procurará centrarse en la responsabilidad de Podemos, en las ministras que llaman “defensa vecinal” al lanzamiento de objetos. Esto permite esgrimir a Lennon frente a Lenin, que es más o menos lo que hizo Edmundo Bal cuando en un momento del debate defendió que “Hay una opción sin bandos”. Imagine all the people, etc. Pero hay que enfrentarse también al hecho de que el PSOE, principal partido del Gobierno, se sirve del BOE para hacer propaganda contra la oposición, y se sirve del CIS para movilizar el voto de la izquierda. No nos engañemos: las elecciones de Madrid no son sólo unas elecciones autonómicas, no hay una opción sin bandos, y después del 4 de mayo no vendrá la calma. Es legítimo imaginar que las cosas son de otra manera, y sin duda nos permite tomarnos la vida -y la campaña- de manera más cómoda. Pero cuando despertemos, el CIS y el BOE seguirán siendo herramientas de propaganda de este Gobierno, y España seguirá haciéndose un país peor.