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Pedro González Martín

Opinión

Poca fragata para tanto avispero

Mientras la ‘Méndez Núñez’ abandona el avispero del Golfo Pérsico, lo que se está dilucidando es si el régimen iraní se derrumba por las buenas o por las malas

La fragata Méndez Núñez.
La fragata Méndez Núñez. Ministerio de Defensa

Lo visible es el gigantesco despliegue del grupo de combate encabezado por el megaportaviones 'USS Abraham Lincoln'. Lo verdaderamente sustancial es el estrangulamiento de la economía de Irán a través de las durísimas sanciones impuestas unilateralmente por Estados Unidos, pero que implican de hecho a todo el mundo.

De lo espectacular del despliegue formaba parte la fragata española 'Méndez Núñez', único buque no norteamericano de ese descomunal grupo aeronaval destinado a intimidar a Irán. La decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de “salirse temporalmente” de esa fuerza disuasoria ha sido la más lógica, una vez que se hacía patente el riesgo de que el navío español pudiera verse envuelto directa e involuntariamente en una guerra irano-norteamericana.

El argumento esgrimido por la ministra de Defensa, Margarita Robles, de que la misión del grupo aeronaval se había desviado de lo pactado con Estados Unidos puede ser jurídicamente impecable. Sin embargo, esta incorporación de la 'Méndez Núñez' como escolta del 'USS Abraham Lincoln' era un eslabón más de una cadena de actuaciones españolas con las que compensar la apresurada salida en 2004 de las tropas españolas de Irak, decretada por José Luis Rodríguez Zapatero apenas fue investido presidente del Gobierno.

La incorporación de la ‘Méndez Núñez’ como escolta del ‘USS Abraham Lincoln’ era la enésima compensación tras la apresurada salida en 2004 de las tropas españolas de Irak

En esas actuaciones compensatorias hay que inscribir algunas de las misiones militares españolas, especialmente en la guerra de Afganistán, y la profundización de la cooperación policial, judicial y de los servicios secretos con la Administración americana. Baste recordar que el propio Zapatero, mientras esgrimía en público un antiamericanismo primario, se deshacía en ofertas, primero al presidente Bush, y luego a Obama, para poner a su disposición todas las facilidades posibles en España para el control de África y Oriente Medio.

Ahora, esta nueva decisión soberana española no estará, pues, exenta de las consecuencias que quiera extraer el “amigo” americano, que podrá esgrimir todo tipo de pretextos morales -seriedad, confianza o lealtad supuestamente traicionadas- para apretarnos las clavijas.

Mientras la 'Méndez Núñez' se marcha del avispero del Golfo Pérsico o Arábigo, lo que se está dilucidando junto al estrecho de Ormuz es si se derrumba “por las buenas” el actual régimen iraní, agobiado por la presión norteamericana, o bien se resiste a la caída y hay efectivamente que aniquilarlo por las malas, o sea desencadenando una nueva guerra.

Una presión cada vez más dura

El presidente Donald Trump está convencido desde el principio de su mandato de que el Irán de los ayatolás no debe erigirse en la gran potencia de Oriente Medio. Hace un año, acuciado por las denuncias de Israel de que Teherán incumplía el Pacto de Viena sobre los límites a su programa nuclear, Trump se desvinculó del compromiso suscrito por su antecesor, Barack Obama, de levantar las sanciones a Irán.

El actual presidente norteamericano puso contra las cuerdas, también en este tema, a la Unión Europea, que no ha podido contener la general decisión de sus empresas de rechazar concluir contratos con Irán, ante la amenaza de verse vetadas en consecuencia para hacer cualquier tipo de negocio con sus homólogas de Estados Unidos. Washington hizo entonces una excepción con ocho países, especialmente China e India, pero la canceló el pasado 22 de abril. Los dos gigantes asiáticos compraban la mayor parte del petróleo iraní que habían dejado de adquirir los países europeos, pero ahora también habrán de inclinarse por seguir comerciando con Irán y arrostrar las consecuencias, o renunciar a ello y contribuir así a la asfixia económica de los iraníes. Aunque les irrite, sería muy raro que las empresas indias y chinas no siguieran los pasos de las europeas.

Se trata de revertir la influencia iraní en Siria, Líbano y Yemen, permitiendo que Arabia Saudí recupere su incontestable primacía en el orbe islámico

Es obvio que Estados Unidos pretende con todo ello que Teherán no pueda exportar una sola gota de su petróleo. Estiman que, sin ingresos, Irán sufrirá luchas intestinas, primero entre los duros y los supuestamente moderados del régimen; luego, el correspondiente levantamiento de los jóvenes -sobradamente preparados-, inmensa mayoría de los 70 millones de habitantes que pueblan Irán. La previsible represión la realizarían los Guardianes de la Revolución, oportunamente declarados “organización terrorista” por Washington. Y todo ello, vigilado de cerca por el enorme despliegue aeronaval americano, susceptible de completarse en caso de necesidad por la incorporación de fuerzas terrestres.

Se trata en suma de revertir la influencia iraní en Siria, Líbano y Yemen, permitiendo que Arabia Saudí recupere su incontestable primacía en el orbe islámico e Israel obtenga plenas garantías de que seguirá siendo la única potencia nuclear de todo Oriente Medio.

Trump y el ayatolá Jamenei, líder máximo de Irán, declaran cada uno por su lado no querer la guerra. Pero, tal y como está conformado actualmente el escenario de la región, hay muchas posibilidades de que surja un chispazo que desencadene un nuevo incendio, como todos, de imprevisibles consecuencias.   

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