Desde el momento en que da a luz, la patria de una mujer son sus hijos. La madre determina gran parte de nuestra vida. Todos tenemos algún amigo lamentablemente sin suerte en el reparto de mamás—huidas, depresivas, egoístas, distantes, alcohólicas, drogadictas, suicidas— y que sigue hoy, a sus 50, dando tumbos por una vida sin cimientos. Pero si fuiste más o menos afortunado en el reparto, sabes que el amor materno —incluso cuando te estorba— es el último refugio. Ese que se abrirá para ti cuando todos los demás te cierren la puerta.

Sin embargo, el feminismo imperante jamás nos habla de esto. No cree que la maternidad sea un gran poder. Al contrario, la considera un lastre para la mujer. Por esa razón, en lugar de pedir ayudas para las trabajadoras con hijos pequeños, han conseguido que —desde el 1 de enero de 2021— las bajas por maternidad/paternidad sean obligatorias e intransferibles para madres y padres.

Hay muchas mujeres que desearían quedarse en casa mientras el niño es un bebé. Y no por presiones heteropatriarcales, sino porque te lo pide la piel. ¿Eso es difícil de entender?

Y ojo, no se está diciendo aquí que ellos no tengan que involucrarse en los cuidados de los hijos ni que nosotras debamos renunciar a la independencia económica. Lo que digo es que, si el feminismo defendiera de verdad a la mujer, lucharía por nuestro derecho a escoger, a consensuar el asunto con nuestra pareja. ¿Somos tan tontas que el Estado tiene que meterse en nuestra casa para decidir por nosotras? Habrá mujeres con carreras fascinantes o bien pagadas que prefieran repartirse el permiso maternal con el padre o incluso cederle el suyo a él: que lo hagan. Pero hay muchas mujeres que desearían quedarse en casa mientras el niño sea un bebé. Y no por presiones heteropatriarcales, sino porque te lo pide la piel. Porque necesitas sentir a tu hijo contra tu pecho y amarlo rabiosamente.

He hablado de este asunto con unas cuantas madres, y todas desearían poder elegir. La mayoría de ellas abogaría por que el Estado les ofreciera facilidades para quedarse en casa mientras los niños son pequeños: desgravaciones en la declaración, horas de guardería gratuita para que puedan asistir a actividades relacionadas con su profesión, deducciones en las cotizaciones de la SS cuando se reincorporan al trabajo, etc.

Obvian el vínculo especial que la mujer desarrolla con su hijo durante la gestación y lo equiparan con ser padre. A eso ahora lo llaman igualdad

Lo que no entendemos casi ninguna es esa obsesión por convertir a las mujeres en hombres y a los hombres en mujeres, que es lo que el feminismo actual parece perseguir. Obvian el vínculo especial que la mujer desarrolla con su hijo durante la gestación y lo equiparan con ser padre. Lo llaman igualdad. Pero no somos iguales, la biología es tozuda: los hombres pueden tener hijos hasta edades avanzadas y nosotras no; un solo hombre podría fecundar a miles de mujeres mientras que una mujer podría ser fecundada por ¿veinte hombres? Y, sobre todo, un hombre puede ser padre sin saberlo y morir sin enterarse de que tiene descendencia. Igualito que quedarte embarazada, gestar y parir.

Sin embargo, para la tercera ola feminista esta diferencia entre sexos —perdón, géneros— es peccata minuta, un pequeño inconveniente a sortear en el relato, ese que desnaturaliza a la mujer. Por eso nunca reclama el derecho de una madre a estar con su hijo ni, lo que es más importante, el derecho del hijo a estar con su madre. No nos dice una palabra sobre cómo ser mejores madres —solo nos habla de cómo ser madres feministas—, pero nos recuerda una y otra vez los muchos inconvenientes de la maternidad. Incluso ha encontrado un culpable: el hombre. Quien, según el ideario, debe renunciar a toda masculinidad (tóxica).

El agravio como diferencia

Así, tenemos que una minoría dictamina que el hombre es una especie de gran satán y no encuentra a nadie enfrente cuando lo condena. Nadie hace un mínimo análisis crítico de los postulados feministas. Los medios de comunicación amplifican su discurso haciéndolo omnipresente en las noticias de política, de sucesos, de deportes, de moda, de cultura y de salud —ahora todo se enfoca con perspectiva de género—, y nadie nos explica bien en qué consiste la estrategia del feminismo. Es bien sencillo: ese movimiento feminista esgrime cada diferencia entre hombres y mujeres como un agravio hacia a la mujer.

¿Que los hombres miran? Agresión machista. ¿Que los hombres estudian Ingeniería y nosotras Filología? Agresión machista. ¿Que en una señal de tráfico el niño lleva de la mano a la niña? Agresión machista. (Si hubiera sido al revés, la niña llevando al niño de la mano, también habría sido agresión machista; dirían que se está dando a las mujeres el mensaje de que su misión es cuidar). La lista de agravios puede ser infinita: mansplannig, despatarring, el olor de pies, la pilosidad de la cara, la ausencia de menstruación…

Y lo peor no es todo ese ambiente revanchista —que también—, sino el gran desconocimiento de la mujer que hay tras todos estos dogmas de fe. Si hemos llegado hasta aquí desde las cavernas, es por la necesidad de la mujer de ser madre—y actuar como tal—y por la necesidad del hombre de saber quiénes son sus hijos. Si hemos llegado hasta aquí es por el trabajo en equipo y el reparto de tareas. Por la familia, que es lo único que se interpone entre el Poder y el individuo.

Por eso no entiendo un feminismo que no enarbole la bandera de la maternidad ni reivindique el gran poder que nos da cuidar y educar a las generaciones futuras. No puedo sino señalar que hace justo lo contrario: masculinizarnos e ir contra la familia, ese refugio, esa última red con la que a todos nos gustaría contar.