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Miquel Giménez

Opinión

¿Quién pretende hacer callar a Felipe González?

Ni Pedro Sánchez ni mucho menos Adriana Lastra tienen categoría para hacer callar al expresidente. Y este ha decidido hablar

¿Quién pretende hacer callar a Felipe González?
¿Quién pretende hacer callar a Felipe González?

Son muchos los dirigentes históricos del PSOE que han declarado en los últimos tiempos su disconformidad con Pedro Sánchez. Alfonso Guerra, Joaquín Leguina, José Luis Corcuera, Paco Vázquez, Nicolás Redondo Terreros o, de manera más suave, los presientes autonómicos Lambán, García Page y Fernández Vara. Todos han mostrado su discrepancia respecto a los pactos con separatistas o proetarras, incluso con el gobierno de coalición. Esto, que tiene cierta importancia, a qué negarlo, estaba huérfano de la voz que presidió décadas los sermones emitidos desde Moncloa. Faltaba Felipe González, que dejaba ir aquí y allá cositas, pero sin adquirir el tono de discurso mayestático que salpicaba con el “por consiguiente”. La afición deseaba rotundidad, una frase para ser esculpida en mármol, algo como el celebérrimo “Grande es Dios en el Sinaí”, que pronunciara don Emilio Castelar en el Congreso el 12 de abril de 1869 en medio del guirigay del Sexenio Democrático – más bien confuso – en réplica al político carlista don Vicente Manterola.

Pues Felipe ha hablado. Primero, en una entrevista en la radio, después, en la presentación de un libro dedicado a la memoria de Alfredo Pérez Rubalcaba. Y lo que ha venido a decir es que él jamás llegaría a pacto alguno con los que tienen por objetivo destruir la unidad nacional. Que Esquerra y Bildu no son interlocutores válidos. Que Pablo Iglesias tiene una estrategia clarísima para llevar a España a un Estado plurinacional con derecho a autodeterminación.  Que a él todo eso no le gusta ni una mijita, vamos. Ha dicho más cosas. En respuesta a Adriana Lastra, que vino a decir poco menos que los viejos del PSOE se echaran a un lado porque este era el momento de los jóvenes – como si Calvo, Escrivá, Robles, Ábalos, Celaá, Marlaska o Castells, por citar solo algunos fuesen adolescentes con acné – en clara alusión a la vieja guardia que refunfuña cada vez más.

Felipe se tuvo que tragar el sapo de la OTAN, contemporizar con monstruos de la política como Thatcher, Gorbachov, Mitterrand, Bush o Gadafi

Felipe le ha contestado a Lastra, portavoz de la cosa sanchista en el Congreso a la par que reina de los conjuntos imposibles, que a él nadie le manda callar. Cuidado con el sevillano, que gasta un mal café de los de toma pan y moja que es salsa de melón. Porque, te guste o no te guste, lo critiques o no lo critiques, Felipe González les da sopas con onda a toda esta banda de parvenues que hace dos días decían cocretas y porque han aprendido a decir infraestructura piensan que ya son la leche. Felipe se tuvo que tragar el sapo de la OTAN, contemporizar con monstruos de la política como Thatcher, Gorbachov, Mitterrand, Bush o Gadafi. Supo entenderse cuando tocaba con la oposición – y la oposición con él -, navegó entre los descamisaos y los bancos, supo modernizar lo que se podía, comprendió que la Corona no tan solo no era un estorbo, sino un eficacísimo auxiliar en política, acumulando, en suma, más experiencia política en una de sus orejas que toda esta caterva de ignorantes juntos. Dejo para otro día, aunque lo tengo escrito en no pocos artículos e incluso en un libro, los inmensos errores que cometió. Lo digo para que nadie me tome el número equivocado. Lo relevante es que Felipe salga a la palestra a decir lo que muchísimos socialistas tienen en la cabeza: se sienten huérfanos. Una bomba arrojada al interior del carro blindado de Sánchez, que se creía a salvo de explosiones internas.

Tengo por seguro que Felipe tiene más explosivos en sus alforjas. Todo el mundo, incluso los poderes fácticos que auparon este sin Dios de Gobierno y se cargaron a Albert Rivera, empieza a estar hasta la epiglotis del tal Sánchez, del cuitado Iglesias y de los separatistas. Una cosa es subyugar una nación a los intereses mundialistas y otra muy distinta dejarla como un erial. Un erial no puede comprar nada, no puede comerciar, no sirve más que para almacenar matojos improductivos, calaveras de ganado y tormentas de arena. El erial no es negocio para nadie. No, al Bildelberg, por citar la cara visible del asunto, ya les va bien que seamos una potencia de segundo grado, el hotel de Europa, el mercado donde vender sus automóviles, sus ordenadores, sus productos. Pasa que se les ha ido de las manos el monstruo. Un mala tarde la tiene cualquiera.

Que Felipe salga a plantarle cara a la banda de Sánchez es la mejor constatación de lo que digo. Y de que, tarde o temprano, serán barridos de la historia. Porque otros no sé, pero estos, precisamente estos, no son nadie para hacer callar a Felipe. Y al Bildelberg, ni les cuento.

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