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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

El fantasma de Marx

Es posible que no compartamos la interpretación que Marx hizo de su mundo, ni las conclusiones de su análisis, pero la evolución de la economía en el siglo XXI ofrece ciertos paralelismos a los experimentados en la primera mitad del XIX

Karl Marx
Karl Marx

El pasado sábado se cumplieron doscientos años del nacimiento en Tréveris, hoy Alemania, de Karl Marx, quizás el más influyente de los filósofos y economistas de la historia moderna. Su pensamiento ha trascendido a su época y condicionó, como ninguno otro, el devenir del siglo XX. Aunque nunca se planteó cómo debería organizarse una sociedad post-capitalista, su célebre frase de que los filósofos no solo deben explicar el mundo, sino además deben tratar de cambiarlo, reflejaba claramente el objetivo de su obra.

Profundamente incomprendido, incluso por muchos de sus seguidores -no lo digo yo, se lo oigo precisamente a ellos-, e intensamente interpretado, su aportación a la teoría económica fue fundamental. Hoy, sin embargo, y a pesar de haber transcurrido más de ciento cuarenta años de su muerte, Marx sigue vivo en el debate, y sus teorías siguen generando agrias discusiones no solo por su validez, sino por la praxis que de esta se pueda derivar.

Autor enormemente prolífico, la obra fundamental de Marx fue su inacabado “El Capital”. En él condensaba más de dos décadas de pensamiento. Leyó a economistas como Smith o Ricardo y a filósofos como Hegel. De todos ellos y de muchos más obtuvo una visión del mundo que posteriormente hizo suya, criticando y avanzando sobre los primeros. De esta crítica surgió una compleja interpretación de las relaciones económicas y de poder con las relaciones de producción como espina dorsal.

La concentración de la actividad productiva y sus consecuencias laborales, por ejemplo la caída de las rentas salariales incluso en las grandes corporaciones, tiene una vinculación directa con la idea de la explotación del trabajo

Debemos comprender el entorno histórico en el que Marx desarrolló sus ideas. Las décadas centrales del siglo XIX transcurrían con las diversas economías europeas creciendo en producción, productividad, pero también en desigualdad, en especial la economía británica, a la cual recala finalmente después de años de nomadismo motivado por varios exilios obligados. Este aumento de la desigualdad venía inducido por la concentración de la riqueza en cada vez menos manos. La teoría que pretende desarrollar se va a centrar particularmente en explicar las razones de esta concentración y sus posibles consecuencias a largo plazo. Su previsión de que la dinámica capitalista era intrínsecamente autodestructiva le lleva a creer que, finalmente, de las ascuas de ese proceso de aniquilamiento de sus propias bases surgiría una sociedad futura mejor y más justa, reinterpretando de este modo el idealismo hegeliano de la dinámica del conocimiento y de la justicia humana en una versión más materialista. Los medios de producción, ya sean por la propia autodestrucción del capitalismo o por la toma forzada de los mismos por los trabajadores, llevarían a una sociedad idílica donde el excedente generado por el proceso productivo sería propiedad única y exclusiva del trabajador.

Pero algo falló en su tesis. Entre otras muchas razones -no es mi intención entrar en esto-, una muy importante y señalada por Piketty es que Marx no previó las consecuencias del cambio tecnológico. Justo incluso antes de fallecer, la propia dinámica capitalista ya le estaba quitando la razón. Las mejoras tecnológicas terminaron por favorecer a los trabajadores y donde antes solo había estancamiento de los salarios ahora había mejoras. Como Kuznets dijo casi un siglo después, la tecnología venía por fin a rescatar al trabajador.

Sin embargo, sería muy injusto considerar la obra de Marx como una anécdota filosófica o económica sin ningún valor en el día de hoy. Su idea de la explotación del trabajador, basada entonces en su famosa teoría del valor y en la expropiación de los medios de producción tiene difícil eco en la interpretación de las relaciones económicas y laborales de hoy, pero no así su preocupación y su intuición sobre la cuestión. Hoy estamos experimentando de nuevo un aumento de la desigualdad que con las marcadas diferencias a la que le tocó vivir Marx, podría tener algunos paralelismos con aquella etapa de inicios y mitad del XIX, por lo que la herencia de Marx sigue presente.

El Roosevelt Institute acaba de publicar un informe que disecciona los efectos económicos y sociales del poder de mercado de las grandes corporaciones que no haría los ascos de un joven Marx

Esta herencia sigue viva. Por un lado, parte de los continuadores de la tradición marxista se han concentrado alrededor de la llamada escuela Post-Keynesiana. Sin embargo, algunos economistas “mainstream”, no marxistas, se han convertido en herederos involuntarios, no de la tradición de la escuela surgida a partir de las ideas de Marx, sino a partir de sus pesadillas. Estos economistas han puesto el foco de su análisis en algunos de los problemas que el autor de “El Capital” ya señalará hace 160 años. Así, la concentración de la actividad productiva y sus consecuencias laborales, como es por ejemplo la caída de las rentas salariales o el estancamiento de los salarios incluso en las grandes corporaciones, tiene una vinculación con la idea de la explotación del trabajo. Economistas como Alan Manning han dedicado su carrera académica a estudiar el poder de las empresas en el mercado de trabajo y el impacto que tiene sobre los salarios y el empleo. Así mismo, recientemente, ha despegado una literatura que estudia cómo la proliferación de fondos de inversión y otros inversores institucionales tiene efectos negativos sobre la competencia (sólo hay que seguir los trabajos de José Azar alguno con su coautor Ignacio González*), o cómo el incremento de las rentas de monopolio afecta a las rentas salariales (Simcha Barkai) y el valor de los activos financieros, la inversión y la desigualdad (Lídia Brun e Ignacio González). El Roosevelt Institute de los Estados Unidos acaba de publicar un informe que disecciona los efectos económicos y sociales del poder de mercado de las grandes corporaciones que no haría los ascos de un joven Marx que ya comenzaba a analizar este tipo de fenómenos. O, por ejemplo, en una reciente entrada en VOX EU Samuel Bowles explica cómo la visión actual sobre el análisis teórico de las relaciones laborales, en particular en la negociación salarial, tiene mucho que deber a visiones ya contempladas por Marx hace más de 150 años.

En definitiva, al igual que lo fueron Smith o Ricardo, Marx se merece un lugar de honor en el estrado de los economistas ilustres. La caricaturización realizada de sus tesis, muchas veces por sus propios seguidores o su vinculación a los hechos políticos acaecidos más de cincuenta años después de su muerte, han relegado a este insigne alemán a la vitrina de “no tocar”. Sin embargo, y de nuevo, con las distancias apropiadas, la evolución de la economía hoy en el siglo XXI ofrece ciertos paralelismos a los experimentados en la primera mitad del siglo XIX. Es posible que no compartamos la interpretación que Marx dio de su mundo en aquella época, ni a las conclusiones de su análisis, pero lo que no es menos cierto es que sus pesadillas parecen volver como si se nos presentara su fantasma casi siglo y medio después de muerto. Recuerden, lo último que debemos hacer es ignorar a un espectro. Háganle caso y no digan paparruchas.

* (Agradezco a Ignacio González los comentarios y aportaciones a esta columna)



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