Madrid, cada mes de mayo, es un milagro. Es una ciudad que brota. Sale el sol, hace el tiempo justo para pasear sin abrasarse. Hay flores, colores y alegría, había ferias del libro y conciertos en los que perderse. Se simula, en definitiva, un cierto tipo de felicidad, qué importa que no sea eterna. Apetece, incluso, ponerse el mundo por montera y entregarse insolidaria y cruelmente al noble arte del aperitivo. Así, a pecho descubierto. Sí, una gamba cocida en el punto exacto de sal, un mejillón que corona una patata frita, una cerveza bien grande y fresca, vaya preparando otra ronda.  

Mayo es una perpetua fiesta en Madrid, porque desemboca indefectiblemente en el verano, momento ya en el que las cabezas no están para bobadas. Los que no pueden tomar cañas con cigalas en la milla de oro, trasiegan botellines con torreznos en Villaverde. Eso es ley, una forma de vivir, y no hay excepciones. El madrileño quiere vivir, respirar, disfrutar. Desea hacerlo y lo hace. Vaya que si lo hace. Y eso, quizás, explique muchas cosas de lo que está pasando.  

En estos días vertiginosos, en la dulce y dura resaca del 4-M según el color con que se mire, el perdedor, el verdadero perdedor de todo, fue el nivel del debate político. Que pasó de los grandes conceptos, esas palabras engoladas siempre gigantescas, al simple valor determinante de un berberecho. En la caída libre de una sola noche, sin darnos cuenta, pasamos de hablar de la perentoria lucha antifascista a la insoportable levedad del madrileño, ese obseso de las cañas y los mejillones.

En campaña –para ser exactos, desde los días electorales en Cataluña (aquí va un saludo para Salvador Illa)- al madrileño se le ha llamado racista. Insolidario. Tramposo. Son poco menos que chupadores de barandillas que desembarcan en las terrazas para contagiar el coronavirus urbi et orbi. Después de la noche del martes, en la que arrasó Isabel Díaz Ayuso en un terremoto de consecuencias políticas imprevisibles en el medio y largo plazo, a la gente de la capital se le ha llamado tonta. Descerebrada. Los madrileños son ombligos andantes que no saben votar, como subrayaba aquí mismo Rubén Arranz. Centralistas adictos a la derecha que nunca estuvieron a la altura de su gobierno supremo y benefactor, con razón social en Moncloa.

A Tezanos, ese mago del CIS que dejó para la posteridad ese hondo concepto político –madrileños tabernarios-, habría que preguntarles cuántos abstemios salieron a votar a Díaz Ayuso, o si en la Mahou 0,0 estuvo el caladero en el que recabaron votos los menguantes Gabilondo o Iglesias. Si Mónica García fue la triunfadora entre los alérgicos al marisco o a las latas de conserva. Y si los votantes del PP llegarán a viejos ante la cirrosis que amenaza a los que solo saben alcoholizarse y no votar virtuoso. Permitan el chascarrillo, pero si, el jefe de la demoscopia nacional se toma las encuestas a chufla, creo que todos estamos autorizados.

Nadie compró una campaña de 1934 en pleno siglo XXI. Nadie en Madrid se sintió cómodo en el insulto cruzado, en la amenaza de la violencia, en el diagnóstico de una sociedad putrefacta"

Ahora en serio. Nadie compró una campaña de 1934 en pleno siglo XXI. Nadie en Madrid se sintió cómodo en el insulto cruzado, en la amenaza de la violencia, en el diagnóstico de una sociedad putrefacta. Quizás fuera solo eso. No se atendió la propuesta rancia y divisoria de cierta izquierda, fatigaron los gritos de Pablo Iglesias, decepcionó el mensaje cambiante de Ángel Gabilondo, ese hombre con gesto permanente de qué demonios hago yo aquí. Se abrazó electoralmente a Mónica García, que mostró aire fresco y una manera distinta de hacer las cosas. Se ignoró a Edmundo Bal, porque ya nadie sabe qué artefacto político es Ciudadanos.

Y se votó en masa a Ayuso, como en tiempos se votó a Carmena o al propio Gabilondo y ahí jamás hubo análisis sobre la frivolidad de los madrileños. Que más que un voto a Ayuso fue un voto contra todo lo demás. Contra todo lo que encarna Sánchez y sus acólitos. La gestión de la pandemia ni siquiera fue eje central de la campaña. La presidenta madrileña ha crecido políticamente pensando y viviendo a la contra. Lo que haga el Gobierno, pues me opongo. Se lo han puesto fácil. Sólo ha tenido que abrir la saca de votos y ver pasar los cadáveres por delante de la Puerta del Sol. Hay más de 'basta ya' a la madrileña que de entusiasmo por la figura política emergente. Que, eso sí. Acertó, claro que acertó, cuando dijo aquello de “a Madrid se viene a que te dejen en paz”.

Los madrileños tomaron nota. Y obraron en consecuencia. Y salieron a responder en las urnas a los intervencionistas y a las viejas del visillo. A los laboratorios monclovitas que tratan a los individuos como ganado electoral. Y se alzaron contra quienes niegan a los demás el sol de mayo. Y el oxígeno de su día a día. Los madrileños no son Einstein, ni falta que les hace. Simplemente no quieren cuentos ni historias: han clamado que se les deje vivir.