Mientras que en el resto de comunidades autónomas se preocupan de la pandemia, la economía o los servicios, en Cataluña, no. Llevamos meses encallados en una pelea de barriobajera entre los de Puigdemont y los de Junqueras. Estas gentes quieren aniquilarse mutuamente pero, en vez de decirlo claramente, acostumbrados a engañar a la gente y a engañar a su tropa, se empecinan en el subterfugio, la mentira y el disimulo cobardón. Hablando en plata, el sin Dios existente en mi tierra se debe a que Puigdemont quiere ser quien gobierne la Generalidad a través de una astracanada denominada Consell per la República, organismo ilegal, no representativo siquiera del propio separatismo y controlado por el de Waterloo. El niño de Amer todavía no se resigna a ser lo que es, un fugado de la justicia, un cobarde que dejó a los suyos cuando más lo necesitaban y el líder de una formación de extrema derecha peligrosa, porque en ningún otro país europeo se permitiría a un partido así campar hacer lo que hacen los herederos de Pujol.

Esquerra se opone a ese control argumentando que ni es legal ni está previsto ni tiene pies ni cabeza. Estarían de acuerdo en que el del flequillo detentase la categoría de reina madre, pero poco más. Pagarle el gasto –es decir, pagárselo todos con nuestros impuestos, perfecto. Pero de mandar, nanay. Añadan ustedes que los del partido del triángulo creen que ha llegado su hora y les molesta sobremanera depender de como se ha levantado el prohijado de Bélgica. Total, que si no llegan a un acuerdo de gobierno no es ni por discrepancias ideológicas, que ambas formaciones cojean del mismo pie, ni por ninguna otra cosa que no sea quien manda. Este es el calibre humano, y ya no digamos político, de los responsables de la generalidad. El resto les importa un huevo de avestruz. Lo suyo es quién está al frente de TV3, quién lleva las subvenciones y cómo reparten los despachos. Tamaña miseria moral es difícil de encontrar en el espacio Schengen.

Sus mentiras, que intentan hacer modernas y novedosas, son las de siempre. A estos apandadores jamás les movió ni Cataluña ni los catalanes. Quieren un cortijo para vivir estupendamente de los demás y hacer de su capa los sayos que les apetezca. Debo confesar que tanto embuste se ha podido llevar a cabo porque existe una parte de la población catalana más que dispuesta a tragárselos todos, uno detrás de otro. Empezando por la burguesía, que tiene más miedo que vergüenza, incapaz de hacerles frente o, mucho más trágico, de articular un partido, siquiera un medio de comunicación valiente, que dijera las cosas como son. Con su inacción, cuando no entusiasta aplauso, han logrado encumbrar a auténticos mediocres, ya no de la política, sino de la vida. Sumen a esto los sindicatos obedientes y temerosos de quedarse sin sus mariscadas –en català, si us plau–, una izquierda inexistente, cebona, aculada y complaciente con los amos del territorio y ya tienen el panorama completo.

Digo esto porque el portavoz de ERC en el parlamento catalán, Sergi Sebriá, ha dicho que si hay que elegir entre llamar a la puerta del PSC para que faciliten algunos votos en la investidura de Pere Aragonés o convocar elecciones, serán elecciones. Vaya por Dios, ¿Y las reuniones que están manteniendo Illa y los dirigentes republicanos para qué son, para hablar de la inmortalidad del cangrejo? ¿Y los guiños de Illa e Iceta con los indultos? ¿Y la importancia que dan a Esquerra desde Moncloa, máxime cuando Podemos está como está y Sánchez empieza a plantearse si su Liaison con Bildu le es rentable? Eso no se lo dicen a los suyos porque, caramba, no hay que aparecer como unos botiflers. Mintamos todos y mientáse a todo el mundo, que la mentira es el mejor antídoto para la amarga verdad, deben decirse.

Va dar lo mismo que se convoquen nuevas elecciones, que creo que se harán, o que no las convoquen. Mientras no exista un movimiento potente, respaldado por las clases empresariales y con un fuerte apoyo popular, estos vendehúmos van a seguir intentando repartirse Cataluña como harían unos vulgares carroñeros con un cadáver. Ya nos conocemos el cuento. A muchos les parecerán que son mentiras nuevas, pero llevamos cuarenta años escuchándoselas a los nacional separatistas. Solo saben hacer eso. Ah, y parar la manita, que ahí tuvieron un buen maestro con Pujol.

Mientras tanto, los partidos nacionales están a verlas venir. Y así, desde la elaboración de nuestra Carta Magna con el malhadado título octavo.