Recientemente, durante unos pocos días, apareció en las columnas y las redes sociales un tema que no tenía que ver con los indultos, la corrupción del Gobierno o su contribución a la historia universal de la infamia. Se trataba del debate sobre el himno nacional en las escuelas -que en el fondo es el debate sobre la nación y sobre la educación-, y pareció un buen momento para hablar de cosas más elevadas. 

Pero resulta que elegimos volver a lo de siempre, porque éste es el eterno retorno al que nos hemos condenado. En cuanto aparecieron las primeras noticias sobre la cuestión se dispararon las referencias al ‘Cara al sol’ y al franquismo. Después vino la imprecisión respecto al alcance de la propuesta, que alimentó la perpetua preocupación por el nacionalismo español. El alcance real es el siguiente: Vox planteó una moción en Murcia -en el Ayuntamiento, no en la Asamblea Regional- para pedir “a las autoridades competentes que en todas las escuelas públicas de nuestro municipio pueda escucharse el himno nacional, en aquellos actos solemnes que la Comunidad Educativa considere, con el objetivo de darle la relevancia que merece”. Es verdad que al principio se planteó que el himno sonase todas las mañanas a primera hora, pero finalmente la propuesta, apoyada por PP y Ciudadanos, se quedó en una petición para que los centros educativos pudieran ponerlo en ocasiones solemnes. No parece que estemos precisamente ante un exceso identitario.

Las piruetas para no decir ‘España’ o ‘nacional’ han dejado momentos hilarantes como el “premio 2009 a la mejor tortilla estatal” del que presumía el Izaro, un conocido bar de Bilbao

Más allá de la oportunidad y la utilidad de la iniciativa, es evidente que en España tenemos un problema con nosotros mismos. Cuesta no sólo pensarnos y reconocernos como nación, “concepto discutido y discutible”, sino simplemente mentar el nombre. Las piruetas para no decir ‘España’ o ‘nacional’ han dejado momentos hilarantes como el “premio 2009 a la mejor tortilla estatal” del que presumía el Izaro, un conocido bar de Bilbao, y también otros más serios: en Cataluña la asignatura ‘Historia de España’, materia común del Bachillerato, no existe; en su lugar está la asignatura ‘Historia’, a secas. Pero ay, el himno en Murcia, qué incomodidad.

Mejor guardar silencio

Nuestra relación como españoles con la nación, con sus símbolos y con su mismo nombre es, desde la Transición, un asunto no resuelto. Podría haber sido un conflicto de esos que deben solucionarse mediante el diálogo o incluso una reivindicación que hay que abordar con generosidad, pero este rango sólo se otorga a las “sensibilidades minoritarias y oprimidas” que llevan décadas gobernando de manera hegemónica en Cataluña y País Vasco, a las que hace poco se han sumado Navarra y Baleares. El nacional es un asunto incómodo sobre el que normalmente guardamos silencio. Por las burlas con las que se suele tratar a quien osa mencionar el elefante en la Constitución, pero también por cosas más serias. A un alumno de la Universidad del País Vasco, David Chamorro, le dieron hace un par de años una paliza en el campus de Vitoria cuando salía de una reunión en la que se estaban poniendo los cimientos para constituir una asociación de estudiantes por la unidad de España. La asociación, como es lógico, no prosperó.

Así se explica la desaparición del castellano como lengua vehicular en la enseñanza, la existencia de 17 pruebas distintas para acceder a la universidad o la consideración de la selección española de fútbol como equipo visitante en el País Vasco

Y mientras renunciamos a tomarnos en serio algo tan determinante para un país como su comunidad nacional, por no molestar o para que no nos molesten, las pequeñas “nacionalidades históricas” van ocupando el vacío. Así se explica la desaparición del castellano como lengua vehicular en la enseñanza, la existencia de 17 pruebas distintas para acceder a la universidad o la consideración de la selección española de fútbol como equipo visitante en el País Vasco. Ante esto caben varias posturas. La primera, celebrarlo. Es la que eligen los defensores de la disolución de España en el líquido de las nacionalidades históricas, que además no tienen ningún complejo en promover políticas realmente identitarias y excluyentes. La segunda, ignorarlo. Es la que eligen los defensores de la disolución de España en el líquido de las nacionalidades históricas que por alguna razón se resisten a declarar abiertamente su postura. Y la tercera, reconocer el fenómeno y tratarlo con la seriedad que merece. 

Esto es lo que intentó sin éxito el ministro de Educación José Ignacio Wert en 2012 cuando dijo en el Congreso “pues sí, es que nuestro interés es españolizar a los alumnos catalanes”. De aquel empeño fallido hemos llegado al himno en las escuelas murcianas, que no es precisamente un gran avance, y de nuevo parece que el cielo del nacionalismo español va a caer sobre nuestras cabezas. La propuesta no deja de ser un brindis al sol por varias razones. En primer lugar, afectará sólo a los centros de la ciudad de Murcia. Bien está que se normalice la presencia de nuestros símbolos nacionales, pero el problema de fondo, al que se refería Vox en su propuesta, está en otro sitio. Y en segundo lugar, el problema es más profundo. En Francia aprobaron hace dos años la obligatoriedad de la bandera nacional y la letra de su himno en todas las aulas, pero no para normalizar la idea de que Francia es una nación, sino precisamente porque en Francia no es necesaria esa normalización.

Hacer sonar el himno de España cuando los alumnos entran en la escuela tendría el mismo efecto que la oración en los colegios católicos: indiferencia, burla o incluso rechazo. Y tendría ese efecto porque no hay una conciencia previa que haga naturales esos gestos. Hay otras medidas que sería conveniente proponer si se quieren reconstruir los vínculos que nos unen como españoles. La unificación de la prueba de acceso a la universidad o la garantía de que cualquier alumno pueda estudiar en castellano en cualquier escuela pública de España son dos de esas medidas, que además serían deseables también desde una visión puramente pedagógica. Pero para eso haría falta tomarse en serio el asunto, y abordarlo con la inteligencia y la firmeza que merece.