"Todos los hombres por naturaleza desean conocer". Con esta afirmación célebre se inicia la Metafísica de Aristóteles. No le falta razón al filósofo cuando sostiene que esa inclinación se manifiesta ya en el ejercicio mismo de nuestros sentidos, especialmente de la vista, pues no hay más que ver que la privación sensorial es una forma de tortura. Sin duda, el ser humano es un animal inquisitivo, cuya curiosidad natural le lleva a explorar el mundo y hacerse preguntas, incluso cuando las respuestas carecen de utilidad inmediata. Tan ubicuo es ese afán por descubrir o averiguar cosas que de ese venero se nutren toda suerte de prácticas sociales, más o menos nobles, del estudio y la investigación científica al chismorreo o el espionaje.

Obviamente, queremos conocer porque el conocimiento es valioso para nosotros de múltiples formas. De creer a los filósofos, representa uno de los bienes humanos básicos, a falta del cual no cabe una vida mínimamente significativa o exitosa. No sólo es esencial para el desarrollo de talentos y habilidades, ensanchando así nuestras posibilidades vitales, sino que nos permite tomar mejores decisiones, individual y colectivamente; difícilmente podremos perseguir racionalmente nuestros fines y proyectos sin una adecuada comprensión de su valor, de las circunstancias en las que nos desenvolvemos y de las consecuencias de los distintos cursos de acción. Sea cual sea la tarea que emprendamos, no hay juicio que valga sin el conocimiento de los hechos que hacen al caso.

El conocimiento es poder

No parece necesario insistir en ello, pues la firme creencia en el valor del conocimiento y su adquisición es una constante de nuestra tradición, ya nos fijemos en la figura del sabio entregado a la vida contemplativa de los clásicos, en el lema de la Ilustración que Kant cifró en el ‘sapere aude’ (‘atrévete a saber’), o en el prestigio social del que goza la ciencia. Prueba elocuente es lo mucho que hablamos de ‘la era de la información’ o de ‘la sociedad del conocimiento’, expresiones por las que entendemos la importancia que cobra hoy la difusión del conocimiento a través de las nuevas tecnologías o el hecho de que vivimos en sociedades donde la educación y el conocimiento se han convertido en verdaderos motores del crecimiento económico y el progreso social. Que ‘el conocimiento es poder’ lo hemos escuchado muchas veces. Ahora en medio de la pandemia, pendientes como estamos de los estudios virológicos o de la producción de vacunas, no parece que sea cosa de discutirlo.

A poco que nos fijemos, hay muchas cosas que no deseamos saber, porque nos resultan indiferentes o nos aburren, pero además hay cosas que deliberadamente evitamos o procuramos no saber.

Admitida la alabanza del conocimiento, la cosa se complica si descendemos a los detalles, pues hay numerosas ocasiones en las que preferimos no saber. A poco que nos fijemos, hay muchas cosas que no deseamos saber, porque nos resultan indiferentes o nos aburren, pero además hay cosas que deliberadamente evitamos o procuramos no saber. ¿Es esta conducta poco razonable? Lo parecería si sólo hiciéramos caso de los alegados beneficios del conocimiento, pero a fin de cuentas todo dependerá de si hay buenas razones para no querer saber. Realmente no necesito conocer todos los detalles del viaje de unos amigos ni las prolijas explicaciones acerca de las obras de su casa. Hay quien detesta los spoilers. Muchas personas no quieren saber si tienen una alta predisposición a sufrir alzheimer o rechazan hacerse pruebas de diagnóstico. Sin olvidar que representamos la justicia con una venda en los ojos como garantía de imparcialidad.

Hace más de veinte años la filósofa Edna Ullmann-Margalit llamó la atención sobre este asunto del no querer saber en un breve ensayo. Cass Sunstein aborda ahora sobre la cuestión en un libro reciente (Too Much Information, 2020), aunque nunca se sabe si será el último con un autor tan prolífico. Sunstein es profesor de Derecho en Harvard y Chicago y ocupó además el puesto de director de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios durante la administración de Obama. Seguramente es más conocido del gran público por su teoría del empujoncito (Nudge), un bestseller escrito en colaboración con el economista Richard Thaler, aunque algunos apreciamos especialmente sus primeros trabajos sobre republicanismo, el constitucionalismo americano y la teoría de los derechos.

Informar al público

Su paso por la Oficina federal de Información y Asuntos Regulatorios está en el origen del libro, pues allí tuvo que ocuparse de las normas que regulan las obligaciones de empresas e instituciones en lo concerniente a la información que han de facilitar a clientes y usuarios. Sunstein era un decidido partidario del ‘derecho a conocer’ como herramienta regulatoria, pero el libro pone de manifiesto su creciente escepticismo al respecto, ilustrado por una interesante variedad de ejemplos y estudios empíricos. Por eso el foco del libro es eminentemente práctico, centrado en la pregunta de cuándo los gobiernos deberían obligar a las empresas, hospitales, centros educativos y otras organizaciones a informar al público y acerca de qué cosas.

La respuesta que da es engañosamente simple: sólo cuando la información sirve para mejorar la vida de la gente. Pero si algo deja claro Sunstein es la enorme dificultad de determinar cuándo esa información tiene efectos benéficos. Basta ver que las personas responden de manera muy distinta a la información que se les da, a veces malinterpretándola como el caso de los transgénicos, en otras simplemente evitándola. Ahí radica el atractivo del libro, que despliega ante el lector un colorido muestrario de casos en los que la recopilación y difusión de información supone un derroche de tiempo y recursos, públicos y privados, que en nada contribuyen a que la vida de la gente sea mejor. Para el lector español, no digo ya profesores universitarios, tiene especial interés el último capítulo dedicado al fenómeno del sludge, a saber, la carga administrativa que las autoridades imponen en términos de papeleo y trámites con objeto de recoger una información que en muchos casos sirve para poco, o es redundante, y no compensa los costes agregados de obtenerla.

Más allá de sus aplicaciones prácticas en torno a etiquetas y formularios, o el papel de los sesgos cognitivos en el manejo de la información, las consideraciones de Sunstein apuntan a un problema mucho más de fondo, pues vienen a poner en cuestión que el conocimiento sea bueno en todos los casos, o que ese valor sea rígidamente creciente, de modo que siempre es mejor más que menos.

Excluye otro tipo de razones para no saber, como cuando información relevante no es admisible en un juicio, por ejemplo

Lo malo es que su tratamiento de ese valor resulta un tanto estrecho, pues queda reducido a su aspecto instrumental, en tanto que medio para conseguir o alcanzar otras cosas, o a su dimensión afectiva, pues la información puede ser placentera o motivo de satisfacción y orgullo, pero también lo contrario. De ahí que Sunstein insista en la necesidad de tomar en consideración los costes hedónicos y emocionales de la información. Es fácil imaginar los complicados trade-offs que pueden darse entre ambas dimensiones: si la ganancia instrumental compensa los costes afectivos o viceversa. Pero así excluye otro tipo de razones para no saber, como cuando información relevante no es admisible en un juicio, por ejemplo. Y queda definitivamente fuera de foco que el conocimiento tenga valor intrínseco en ciertos casos, o lo busquemos como un fin en sí mismo.

Hay un problema moral en todo esto que el libro no discute, seguramente porque examina el conocimiento exclusivamente en términos de si incrementa o reduce el bienestar de las personas. Pues quienes defienden el derecho a saber lo hacen en nombre de la autonomía personal, por considerar que el conocimiento facilita nuestra capacidad de elección, aunque a veces tenga un impacto negativo en nuestro bienestar. Éstas son aguas filosóficamente profundas en las que Sunstein evita entrar. Y es una pena porque el material que maneja permitiría plantear cuestiones pertinentes acerca de la relación entre información, autonomía y vida buena. Supongamos que le ocultamos a un familiar la mala noticia de que padece una enfermedad terminal, como lo hacemos por su bien eso parece un caso claro de paternalismo. Y si, en lugar de eso, le revelamos una información que no desea, como la infidelidad de su pareja, ¿no sería otra forma de paternalismo? Que lo hagamos preocupados por su autonomía no deja de tener un aire paradójico.

Sabemos desde la tragedia clásica que el conocimiento no es siempre una bendición. Que guarda relaciones intrincadas con la felicidad y la autonomía de los seres humanos es un asunto fascinante, que merecería una exploración más detallada. No es poco el mérito de Sunstein por reabrir la cuestión.