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Juan Pablo Colmenarejo

Opinión

Los culpables de Sánchez

Los electores del centro y la derecha son los culpables de que Pedro Sánchez sea la única alternativa posible de Gobierno en España

Albert Rivera y Pablo Casado.
Albert Rivera y Pablo Casado. EFE

Los votantes del centro y la derecha no salen de su asombro al ver a una coalición de socialistas y neocomunistas camino del Gobierno de España. Los separatistas catalanes y vascos, legatarios de ETA incluidos, les han dejado el paso libre, lo que tampoco debe resultar novedoso si se tienen en cuenta algunos precedentes muy cercanos. Tan solo hay que repasar las noticias y los periódicos del último mes de agosto para informarse sobre el pacto de los socialistas de Navarra con el nacionalismo vasco, y por supuesto, con Bildu.

Dicho acuerdo se produjo entre las dos últimas elecciones generales y, a pesar de ello, el voto del centro y la derecha siguió partido, facilitando así que el sanchismo decida a su antojo, desde la legitimidad de los resultados obtenidos, en la política española. Los que dicen sentir temor, perplejidad y pasmo, deberían examinar su comportamiento como votantes del centro y la derecha facilitando que Sánchez agarre el poder para una legislatura entera; con el terreno expedito para allanar otros cuatro años más. No hay que darle más vueltas.

Le ha bastado a Pedro Sánchez ser el peor primero de la historia para formar un Gobierno, legítimo sin discusión, pero dedicado a atemorizar a media España

Los hechos, es decir los votantes, han sido tozudos al repetirse en noviembre el resultado de abril. Los electores del centro y la derecha son los culpables de que Pedro Sánchez sea la única alternativa posible de Gobierno en España. El presidente del Gobierno presumió de ello durante la terrible sesión de investidura que con tanta urgencia fue convocada para volver a dejar al país en la sala de espera. Sánchez ha ganado las elecciones con los peores resultados de cualquiera de los ganadores desde 1977. Le ha bastado ser el peor primero de la historia para formar un Gobierno, legítimo sin discusión, pero dedicado a asustar a media España convirtiendo la sesión de investidura en una moción de censura a “las derechas”.

Lo de “las derechas” ha permitido a Sánchez recuperar el miedo y la división entre españoles, en beneficio propio. Como dicen los politólogos, el “relato construido” por el sanchismo se aprovecha de la vereda abierta por Rodríguez Zapatero que exhumó del ministerio del tiempo al fantasma de la Guerra Civil, haciendo una enmienda a la reconciliación nacional de la Transición. La moción de censura que desalojó a Rajoy de la Moncloa culminó el proceso de destrucción del Partido Popular como única fuerza del centro y la derecha en España.

Proceso de autodestrucción

Los errores y desaciertos sumados a los casos de corrupción no ventilados con energía y pericia por los populares hicieron su parte, pero desde 2015, con la entrada de 32 diputados de Ciudadanos en el Congreso, empezó a cuartearse para mucho tiempo la posibilidad de una alternativa diferente a la coalición parlamentaria Sánchez-Iglesias, la que nos va a gobernar durante los próximos años en España. El auge y posterior derrumbe de Ciudadanos por una lado, junto a la nacionalista irrupción de Vox, no han conseguido tumbar a un Partido Popular repleto de agujeros. A pesar de ello, el PP sigue en pie aguardando la refundación. Lo más sorprendente del proceso de autodestrucción llevado a cabo por los votantes del centro y la derecha es que ni siquiera el resultado de abril provocó un movimiento que demostrara que se habían dado por enterados. Lejos de una reunión del voto se produjo más dispersión porque más de un millón de votantes de Ciudadanos se quedaron en casa optando por la abstención.

En el debate de investidura ha quedado en evidencia la necesidad de reconstruir una fuerza de centro derecha capaz de atraer a votantes huérfanos del centro izquierda

Cuando los votantes del PP, Vox y Ciudadanos se llevan las manos a la cabeza al ver a Iglesias en una vicepresidencia del Gobierno; o se rasgan las vestiduras contemplando cómo un preso condenado por sedición decide, en connivencia con el partido legatario de ETA, el ocupante de la Presidencia del Gobierno de España, que piensen un segundo antes en cómo votaron a sabiendas de lo que iba a ocurrir en abril y por supuesto en noviembre.

Sánchez tiene un cheque al portador gracias a casi once millones de personas que con la dispersión del voto han decidido que en España no haya alternativa. En el debate de investidura ha quedado en evidencia la necesidad de reconstruir una fuerza de centro derecha capaz de atraer a votantes huérfanos del centro izquierda. Pablo Casado sabe que si no ocupa todo ese espacio será imposible la reconstrucción, de ahí su llamamiento a los socialdemócratas durante la investidura. Otra cosa es que pueda o sepa hacerlo. El líder del PP debe emplearse a fondo reconstruyendo la política y la oposición institucional junto con Ciudadanos. Sánchez e Iglesias prefieren que enfrente solo esté Vox, es decir, una garantía para mantenerse en el poder sin fecha de caducidad.

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