En La Gran Evasión, una de esas películas que se dejan ver unas decenas de veces como si fuera la primera vez -con una banda sonora cuya melodía principal queda pegada al cerebro como una lapa desde el primer compás- los tres prisioneros norteamericanos requisan todas las patatas del campo de concentración militar para aviadores (todos británicos menos ellos) vigilado por uniformados de la Luftwaffe alemana en la Segunda Guerra Mundial. Sigilosos se encierran, los tres y sus sacos de patatas, para la destilación de un licor en un alambique fabricado con todo lo que se puede tener a mano en el interior de un campo de barracones rodeado de alambradas. La mañana del 4 de julio, los rebeldes norteamericanos despiertan a los imperialistas británicos para invitar a todos los concentrados a una copa en los lavabos, con el ejemplar motivo de la celebración de la independencia norteamericana del Imperio de Su Majestad en pleno cautiverio de unos y otros en la Alemania nazi. La secuencia es divertida, se recomienda no fumar mientras se bebe, por si acaso, y memorable cuando un refinado oficial inglés vestido con un pijama amplio de faldones, un camisón, calada la gorra de plato, sentado al borde de un aljibe, responde, con aire de superioridad fingida, a uno de los norteamericanos que le reta a decir si sabe lo que está bebiendo: “Te diré lo que no es. No es coñac Napoleón”.

No debe extrañar que incluso los más jóvenes dirigentes de Podemos miren con admiración la igualación de las clases sociales por lo más bajo de la miseria

Esta semana, nuestro presidente del Gobierno, la nueva ministra portavoz y las tres vicepresidentas han empleado la técnica evasiva de darle la vuelta a la misma pregunta: “¿Cuba es una dictadura?” Respuesta: “No es una democracia”. No se trata tanto de no ofender a los intereses económicos de España en la isla, que también, sino de mantener, siguiendo el manual, los dos pies dentro de la linde del marco mental de lo políticamente correcto. Te diré lo que no es. Uno de los mandamientos incluidos para estos casos en el catecismo supuestamente progresista de la izquierda que, como explica el profesor Félix Ovejero, ha mutado en reaccionaria: ”La superioridad moral es que las opiniones no son nuestras por ser mejores, sino que son mejores por ser nuestras” (El Mundo, 13-07-2021).

Una de las patologías detectadas por Ovejero que debería preocupar a los “supuestos progresistas” es que “la estrategia que suprime la posibilidad de la crítica complica la defensa de las buenas ideas, entre otras razones porque impide distinguirla de las malas”. En resumen, “prohibido pensar”. El vallado mental que el pensamiento único de lo políticamente correcto ha extendido impide la ecuanimidad y por lo tanto la defensa de las buenas ideas que conforman la arquitectura de una democracia liberal. Cuba es una dictadura comunista, y lo dicen quienes la perpetran desde hace seis décadas. Un comunista lo es en cualquier parte del mundo. No debe extrañar que incluso los más jóvenes dirigentes de Podemos miren con admiración la igualación de las clases sociales por lo más bajo de la miseria, con la excepción de la élite a imagen y semejanza de la caricatura que del estalinismo hace Orwell en Rebelión en la Granja.

Si en Cuba la dictadura militar fuera de corte fascista, como las del sur de América en el último cuarto del siglo XX, tanto a Sánchez como a su portavoz ministerial, vicepresidentas y a todos los coros que han justificado la elusión gubernamental de la realidad, no se les hubiera caído la palabra tiranía de la boca nada más conocer la represión callejera de los partisanos del régimen palo (bate de béisbol) en mano por las calles, las detenciones de periodistas y activistas de redes sociales y la violencia policial desatada para sofocar una revuelta en defensa de la libertad y la vida.

En Cuba el régimen hace desaparecer a las personas, como también sucede en Venezuela con la impunidad de quien ejerce la fuerza tras desmontar la democracia liberal. Ni siquiera se debe acudir a la explicación de la doble vara de medir. Quienes niegan que Cuba sea una dictadura o se escapan con un requiebro del hecho probado, solo tienen una regla, la que impide la discusión, como señala Ovejero, al dar por buena, una idea muy mala.