Yolanda Díaz tiene la elegancia de Pasolini y Giulio Einaudi. Viste la ropa sobria y elegante de los aristócratas del Partido Comunista Italiano. Y aunque la ministra de Trabajo ni nació ni creció en el Turín de los sesenta, elige sus prendas con la soltura de Felipe González con sus americanas de pana. Delgada y risueña, Díaz camina trepada a sus zapatos de tacón. Quién dijo que para luchar contra la alienación hace falta etiqueta; nadie. Pero en su caso, ella lleva la contraria y le funciona.

Cuando tenía apenas cuatro años, Santiago Carrillo le besó la mano. El gesto del político asturiano y padre de la Transición determinó la vocación de Yolanda Díaz, que al cumplir la edad suficiente se afilió al Partido Comunista español. Así lo contó la mismísima Díaz al diario El País cuando desembarcó en el Ejecutivo a comienzos de legislatura, en enero de 2020. Su cuota era ideológica, no de género. Era, pues, la ministra de Podemos.

Pero su relación con la política es muy anterior. Le viene de lejos. Hija de un representante sindical afiliado al PCE y sobrina de un líder de la izquierda gallega, Yolanda Díaz dejó de lado la filología y se matriculó en Derecho. Tras acabar la carrera y tres máster, la menor de una familia de tres hermanos abrió su propio despacho, en Ferrol. La ministra exhibe larga melena justo cuando Pablo Iglesias se corta la coleta y deja el Gobierno para lanzarse a las elecciones del 4 de mayo en Madrid.

Los ciudadanos han escuchado sus ataques de risa nerviosa al momento de explicar la cifra del paro en tiempos de pandemia y conocen su sonrisa de dientes blancos y labios pintados de rojo. Así va la bien plantá de Yolanda Díaz: como un pincel y sin una arruga. El Prêt-à-Porter del podemismo en tiempos de Sánchez

Ni Montero ni Montoro, ni martillo ni hoz, ni Manolo ni Blanick, porque la ministra de Trabajo va conjuntada hasta a sus reuniones con los autónomos"

El paso de la política regional a la carrera de San Jerónimo influyó en el paño de sus vestidos y el color de sus trajes. Yolanda Díaz siente predilección por el blanco, que eligió para prometer el cargo y posar luego en la foto oficial del primer Consejo de Ministros. Opta por prendas sobrias, los tonos rubios para los cabellos y el rojo intenso para los labios.

Segura de sí misma, afable y tocada por un corrientazo de energía, Yolanda Díaz entra y sale de Moncloa con soltura y desparpajo. Se abre paso, maletín en mano, repartiendo ERTE y en punta con su colega Escrivá. No hay en el Gobierno ni en la oposición quien se oponga a su nuevo papel como vicepresidenta a la baja, porque Díaz pasó de segunda a tercera para no eclipsar a Nadia Calviño, la responsable económica del PSOE en el gabinete. 

Yolanda Díaz tiene una hija a la que bautizó Carmela, el nombre de su madre fallecida. Con la criatura acudía a las reuniones de trabajo a lo Bescansa: llevándola en brazos. Ni Montero ni Montoro, ni martillo ni hoz, ni Manolo ni Blanick, porque la ministra de Trabajo va conjuntada hasta a sus reuniones con los autónomos, que de tacones saben poco, aunque no por eso le afean a Díaz sus diligencias. Así camina la gallega rumbo al Consejo de Ministros, haciendo equilibrios.