“Cada hora que un científico pasa tratando de recaudar fondos es una hora perdida para el pensamiento que realmente importa y la investigación.” Isaac Asimov.

Hay muchas cosas que se nos escapan del coronavirus. Su origen, su capacidad de mutar, su velocidad de transmisión, sus efectos en cada cuerpo humano y, sobre todo, la forma de eliminarlo definitivamente. Pese a todo lo que hemos aprendido en estos casi quince meses de pandemia, sigue siendo mucho más lo que desconocemos.

A todas esas dudas, a todas las preguntas que nos surgen, los científicos tratan de responder con diversas aproximaciones. Fruto de esas muy distintas formas de abordar el problema es, por ejemplo, el desarrollo de la vacuna de BioNTech/Pfizer o de Moderna, el famoso RNA mensajero que tan efectivo está resultando en la inmunización de la población. Casi tres cuartas partes de los mayores de 16 años, la mitad de la población de Israel, ya ha recibido las dos dosis; hace sólo dos meses, el país tenía la tasa de incidencia más alta del mundo. Mientras los negociadores de la UE esperaban las pruebas de eficacia y regateaban unos euros con los laboratorios, Israel firmaba contratos para garantizar el flujo de vacunas que permitiese alcanzar lo antes posible la inmunidad de grupo. De los errores de estrategia de la UE ya he hablado en alguna ocasión, por lo que no volveré sobre ellos.

En el laboratorio del Dr. López Guerrero, en la Universidad Autónoma de Madrid, él mismo y tres mujeres analizan variantes y alternativas y rutas que permitan atajar la enfermedad

Mientras tanto, surgen voces en la Unión Europea sobre la situación de la investigación básica. Cómo es posible que la tercera región económica del mundo no tenga capacidad de producción y vea cómo, en España, la mitad de los mayores de 80 años sigan sin estar vacunada a pocos días del momento en el que nos aseguraron que todos ya lo estarían. EEUU es el país que más invierte en I+D+I, y no alcanza el 2.8% del PIB. En paridad de poder adquisitivo, doblan la inversión per cápita de la UE, y cuadruplican la de nuestro país. Aquí es noticia que Moderna entregue 30.000 vacunas mientras en Italia aparecen, ocultas, 29 millones de dosis de AstraZeneca.

En el laboratorio del Dr. López Guerrero, en la Universidad Autónoma de Madrid, él mismo y tres mujeres analizan variantes y alternativas y rutas que permitan atajar la enfermedad. Es una investigación ardua, como todas, pero aún más cuando las condiciones para alcanzar la meta, que no es otra que la de conocer la actividad antiviral y viricida de distintos compuestos frente a coronavirus humanos, se ven limitadas por la falta de financiación. Estos días hemos sabido que la investigación puede paralizarse por falta de fondos. La empresa privada que, en gran parte, financiaba la investigación, ha tenido que suspender la ayuda debido a las dificultades económicas que atraviesa, derivadas de la crisis económica. En esa tesitura se encuentra el Proyecto NeuroCovid que lidera el Dr. López Guerrero. Sin mecenas, con un abandono absoluto del sistema público que prometió acogerlo, la ciencia avanza por el tesón de unos cuantos insensatos que persiguen un sueño. Jubilados, como tres de los investigadores del laboratorio del CSIC que está desarrollando la vacuna española contra el SARS-CoV-2, que viven de su pensión mientras siguen acudiendo, cada mañana, con la misma ilusión que de críos.

La investigación progresa, pero con las dificultades propias de los lujos del equipo del Dr. López Guerrero; y es que, así, no se puede avanzar. Las dos investigadoras predoctorales, Inés Ripa y Sabina Andreu, tienen la mala costumbre de comer y cenar. Cierto que muchos días sólo es un bocadillo lo que se meten entre pecho y espalda, pero su genética animal les ha permeado de tal modo que no hay día que puedan evitarlo. Y gastan, claro. Ante las negativas de financiación adicional por parte del sector público, el Dr. López Guerrero se ha visto obligado a acudir a fuentes alternativas. En un país donde el sector público se arroga la ciencia como propia mientras castiga el mecenazgo privado, al final son los ciudadanos los que debemos acudir al rescate de nuestros investigadores.

Mientras algunos se llenan la boca de ciencia, de financiación pública, de recuperar el tejido científico español, con la mano del BOE entregan millones a empresas de dudosa reputación y de dudosa nacionalidad

Con que el Falcon dejase de volar 22 horas, sólo 22 horas, el equipo NeuroCovid tendría los 120.000 euros que necesita para trabajar durante 3 años. Y no, esto no es demagogia; es llamar la atención sobre las prioridades de gasto de nuestros políticos. “Son cantidades estratosféricas, no soy capaz de imaginarlas”, respondió López Guerrero a Dieter Brandau cuando le preguntó qué haría con el medio Zendal, los 53 millones, del rescate de Plus Ultra. Y es que esa es precisamente la clave de bóveda que sostiene las corruptelas del sistema: mientras algunos se llenan la boca de ciencia, de financiación pública, de recuperar el tejido científico español, con la mano del BOE entregan millones a empresas de dudosa reputación y de dudosa nacionalidad. El silencio del ministro Duque llena todos los rincones del espacio que una vez visitó.

(Pueden efectuar sus donaciones al proyecto NeuroCovid en este enlace; cualquier importe suma, no hay cantidad pequeña).