Dos meses hace de las elecciones catalanas y nadie sabe quién ganó. Va para cuatro años que en Cataluña no rige un Gobierno que merezca tal nombre y a nadie le importa. Hubo un presidente Torra, perturbado y perverso. Ahora figura un interino, Aragonés García se llama, fogoso independentista y, como tal, nieto de un preboste del franquismo, empresario de éxito y alcalde con Alianza Popular. Pocos conocen a este Aragonés, político sin talla. A los catalanes les importa una higa quién pulule por los despachos de la Generalitat. Siguen pensando que está Pujol. Lo demás, es ruido, bullicio y anécdota.

Hubo que asumir, primero, la entrada de un partido comunista en el Gobierno, circunstancia inédita desde las previas de la Guerra Civil y que no sucede en país alguno de Europa

En Madrid es otra cosa. Importa, y mucho, quién gobierna la región. Las elecciones del 4-M mantienen en vilo a toda España porque, en contra de lo que señalan algunos baronets del PP, anodinos y celosos. los comicios madrileños tienen dimensión nacional. Los madrileños votan siempre con un ojo en la Puerta del Sol y otro en la Moncloa. En especial, cuando al frente del Gobierno central ejerce un dirigente de la oposición. Joaquín Leguina perdió la presidencia madrileña meses antes de la victoria de José María Aznar en las generales. Las autonómicas de ahora deciden algo más que el color del partido que regirá los destinos de la región madrileña. Tienen algo de barómetro del sentimiento de una nación, con la cara aplastada por la pandemia y el ánimo destrozado por la ruina. Han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo. Hubo que asumir, primero, la entrada de un partido comunista en el Gobierno, circunstancia inédita desde las previas de la Guerra Civil y que no sucede en país alguno de Europa. Una pesadilla. Luego, el vendaval de la pandemia, mal gestionado y peor digerido por un Ejecutivo preocupado tan sólo en ocultar a los muertos y lanzar eslóganes de victoria.

Una apuesta errónea y desportillada

"Nos merecemos que acabe ya esta racha", dicen los asistentes de Pedro Sánchez, alicaídos y descorazonados por sus resultados en las urnas. En todas las citas electorales desde que la peste amarilla aterrizó entre nosotros, el PSOE no ha conocido más que reveses y contratiempos. Así, en Galicia, en País Vasco, en Cataluña donde aquel nefando Illa, hoy ya olvidado, consiguió una victoria estéril. Toca ahora afrontar el reto de Madrid. El gurú máximo de la Moncloa, Iván el terrible, (a quien un histórico del PP, aún en activo, le llama toscamente 'Iván el imbécil', en homenaje al cuento de Tolstói) confirmó a Ángel Gabilondo en la cabecera del cartel. Tan vacua e insustancial resultó la apuesta por ese estirado homínido, que hubo de rectificar sobre la marcha y lanzar a su jefe Sánchez a combatir contra Isabel Díaz Ayuso, que se agrandaba día a día en los prospecciones demoscópicas.

Las elecciones madrileñas se han convertido, de este modo, en unas primarias de las generales, en la antesala de los comicios decisivos de 2023. El tablero nacional, que con astucia maneja el ajedrecista donostiarra, dio así un vuelco. Sánchez, el indestructible, mostró su talón de Aquiles al verse obligado a lanzarse sobre el escenario de la contienda. Una batalla que el propio presidente ya da por perdida. Hay que salvar los muebles, evitar el estropicio hecatómbico, esquivar el ridículo sideral.

El panorama en Génova ha cambiado. La torpeza socialista en la jugada murciana y la previsible victoria de Ayuso el 4-M refuerza al líder del PP y hasta le permite sonreir ante cualquier tipo de apuesta sobre el futuro

En el PSOE analizan recelosos la estrategia de Iván y sus 980 asesores. "Hay quien organiza bien un asedio y mal una batalla", citan a Platón. Intentaron estrangular Madrid y ahora Madrid prepara la devolución de la afrenta. Demasiado fuerte la apuesta para una partida perdedora, mascullan los medrosos socialistas de espíritu liliputiense. Temen que Sánchez salga malherido de este trance, lo que afectará al futuro del Gobierno y del partido. En Génova, por contra, han resucitado. Tras el severo castigo de las catalanas, Pablo Casado sufrió de nuevo el inevitable trance de las puñaladas aviesas de sus jefecillos periféricos, una tropa artera y fatigosa. El panorama ha cambiado de forma radical. La torpe jugada murciana de PSOE y Cs, sumado a la previsible victoria de Ayuso, refuerzan al líder del PP y hasta le da alas para sonreir a un futuro que ahora no se le muestra tan esquivo.

Engullirse la naranja centrista

Los estrategas del PP tienen ya diseñado el mapa de los azimuts que les permitirá recuperar el poder. Airosos tras la batalla de Madrid, en la que se habrán engullido definitivamente la naranja centrista, mirarán hacia el Sur, donde Juanma Moreno acaricia la idea de adelantar las elecciones, que tocan a finales del año próximo. El PSOE andaluz anda revuelto, sin liderazgo ni proyecto. Susana Díaz se resiste a ser arrojada a los tiburones. Juan Espadas, el favorito de Ferraz, se resiste a abandonar torre de oro de la alcaldía sevillana. La opción de la titular de Hacienda y portavoz María Jesús Montero, luego de sus histriónicas e inconcebibles apariciones semanales tras el Consejo de Ministros, ni siquiera es ya una posibilidad.

Dentro de dos años, el panorama será bien distinto, tanto en lo referente a la pandemia como a la economía. Entonces, en vísperas de las generales, Sánchez volverá por donde solía

Casado da por hecho que el PP se hará en Andalucía con el bastón del liderazgo indiscutible del centroderecha nacional. El siguiente destino, la Moncloa. El cielo sólo existe para quienes piensan en él. Ya se ve con hechuras para disputarle al PSOE el anhelado colchón del palacete. No comparte ese criterio el equipo de Sánchez, feliz sin Iglesias en el Ejecutivo y dichoso ante la humillación que sufrirá Podemos en la refriega electoral. El líder socialista se siente acolchado, protegido y respaldado por el efecto bifronte de las vacunas y los fondos europeos, dos entes inaprensibles que apenas han logrado concretarse. Dentro de dos años, el panorama será bien distinto, tanto en lo referente a la pandemia como a la crisis.

Entonces, en vísperas de las generales, Sánchez volverá por donde solía y podrá pavonearse sin medida ante sus televisiones, orgulloso de la victoria sanitaria y el desahogo económico. El sueño húmedo de Casado, Madrid-Sevilla-Moncloa, emerge ya sin complejos ante un horizonte de previsible giro nacional a la derecha, de ansias de cambio, de hartazgo superlativo del despotismo sanchista. No hay que tener miedo de engañarse, sino de resignarse, decía el personaje de Conrad. Casado, ya, está lanzado.