Cuando Anthony Hopkins interpretó por primera vez a Hannibal Lecter, en la maravillosa El silencio de los corderos (1991), dejó para la historia una frase con la que el personaje presumía de su canibalismo: "Uno del censo intentó hacerme una encuesta; me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti". Lo más llamativo de esa obra maestra cinematográfica es que, pese a comentarios como ese, gracias a la magia de los guionistas los espectadores llegaban a identificarse con un tipo capaz de comerse a sus víctimas. En la política, donde el forofismo es aún mayor que en el fútbol, también se produce ese extraño fenómeno que consiste en idolatrar a los más crueles.

Esta misma semana nos enterábamos de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es un carnívoro amante de chuletón. Lo que no sabíamos con certeza hasta este sábado (aunque podíamos intuirlo) es que también es un auténtico caníbal, políticamente hablando, por supuesto, capaz de devorar, no sabemos si al punto o muy hechos, a sus colaboradores más cercanos. Adiós a toda una vicepresidenta primera como Carmen Calvo. Adiós al todopoderoso jefe de Gabinete Iván Redondo. Y adiós, entre otros, al mismísimo José Luis Ábalos, que tanto ayudó a Sánchez a llegar a donde está. Todo el núcleo de poder monclovita desmontado en un atracón. Todos ya amortizados. Digeridos con facilidad.

Si sabíamos que el jefe del Ejecutivo era un auténtico killer (también políticamente, que nadie se soliviante), porque lo había demostrado cuando se merendó a Mariano Rajoy mediante su moción de censura y porque ha engullido a todas las voces críticas en el seno del PSOE, con el reciente caso de Susana Díaz como mejor exponente de cómo se las gasta este político que, no se olvide, en mayo de 2018 parecía desaparecido. Banquetes que ocurren aunque nada se diga al respecto en ese célebre y celebrado manual de resistencia sanchista.

Sánchez ha demostrado que no se casa con nadie, ha enviado un claro mensaje a Bruselas y a sus socios de Podemos con la entronización de Nadia Calviño, ha presentado la cosa como un lavado de cara generacional y, en realidad, se ha comido a todos los que podían restarle electoralmente hablando

Sabíamos todo eso, sí, pero es que lo de esta crisis de Gobierno ha sido una matanza al más puro estilo de Lecter que, como ustedes recordarán, entre otras cosas se cargaba y daba de comer a sus invitados -sin ellos sospecharlo, claro- a un músico porque no le gustaba cómo desafinaba cuando tocaba su instrumento. Hoy abunda la sangre por todas partes en Moncloa, en Ferraz y en sus alrededores.

Con este festín Sánchez ha demostrado que no se casa con nadie, ha enviado un claro mensaje a Bruselas y a sus socios de Podemos con la entronización de Nadia Calviño, ha presentado la cosa como un lavado de cara generacional y, en realidad, se ha comido a todos los que podían restarle electoralmente hablando. Porque eso, remontar en las encuestas para volver a ganar en las urnas, es lo único que hay detrás de esta comilona (política, insisto).

Si espectacular ha sido esta degollina inesperada, tampoco estará nada mal comprobar dónde acabarán recolocados todos los ahora caídos como pago a sus servicios prestados. Pero de ese menú ya hablaremos otro día. Porque hoy Sánchez nos ha dado demasiada ración de carne humana. Sólo han faltado las habas y el Chianti.