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Miquel Giménez

Opinión

Pescar en río revuelto

El separatismo siempre niega la mayor. No ven violencia

Parlament de Cataluña
Parlament de Cataluña EFE

Aprovechando el clima de motín callejero y desgobierno por parte de Sánchez, el separatismo ha vuelto a unirse. Junts per Catalunya, Esquerra y las CUPfirmaban este martes una declaración parlamentaria en la que se reafirman en el derecho a la autodeterminación y la reprobación de la monarquía. En un texto estructurado en quince puntos, denuncian al Tribunal Constitucional, reclaman el derecho a debatir lo que sea en el Parlamento catalán, exigen la libertad de los presos –de todos, los ya sentenciados y los que están en la cárcel por los disturbios ocurridos en Cataluña– e instan al Govern a que promueva lo que crea conveniente para obtener sus objetivos. Es decir, ignoran al Estado de derecho, la independencia del poder judicial, la más alta magistratura de la nación, a más de la mitad del pueblo catalán, en fin, a todo lo que no sea su tóxica quimera totalitaria.

Intentan a la desesperada dar la vuelta a la tortilla de la violencia desatada en las calles de Barcelona, queriendo ofrecer al mundo una imagen de víctimas total y absolutamente repugnante. Torra se solidariza con el abogado de narcos, etarras y prófugos Boye, pero ni siquiera tiene una palabra de consuelo a los casi doscientos agentes de la autoridad heridos en la semana trágica que hemos padecido los catalanes. Su portavoz, Budó, va mucho más lejos en ese camino de mentiras dichas con carita mezcla de novicia extasiada ante la Virgen de Fátima y propietaria de una pensión de mala muerte con chinches. La señora afirma no haber visto a ningún independentista violento en dichos sucesos luctuosos, afirmando que se pretende criminalizar a los jóvenes separatistas, que califica de cívicos y pacifistas.

Pacíficos y cívicos, he aquí el nuevo mantra que están repitiendo hasta la saciedad desde sus medios de comunicación como TV3, donde podíamos ver el otro día a Xavier Grasset acusando a la policía de provocar los disturbios deliberadamente con la única intención de dañar la causa separatista. Es decir, la violencia, las piedras, el ácido, los contenedores incendiados, las agresiones a paseantes que les afeaban la conducta, las bolas de acero lanzadas con potentes tirachinas, los cócteles Molotov, los cohetes contra helicópteros policiales, los escraches a periodistas, o bien son marranadas perpetradas por policías de paisano o bien son cosa de anarquistas venidos de fuera. Nada que ver con ellos, caramba, que son gent de pau, on anem a parar, que aquestes coses sols les fan els espanyols!

El movimiento separatista ha llegado a su última etapa, a la estación final que nos conduce al conflicto civil entre los que pretenden imponer sus ideas por la fuerza y quienes sufren las consecuencias de semejantes actuaciones

Todo ese relato embustero, malvado y cobarde está siendo esparcido como matarratas por las redes sociales con el único fin de blanquear la terrible verdad, digo más, de enterrarla bajo miles de engaños. Pero hay un hecho que no pueden esconder debajo de la alfombra, como si de un tres por ciento cualquiera se tratase, y es que el movimiento separatista ha llegado a su última etapa, a la estación final que nos conduce al conflicto civil entre los que pretenden imponer sus ideas por la fuerza y quienes sufren las consecuencias de semejantes actuaciones.

Pero la verdad es tozuda, y ayer mismo teníamos noticia de un tren de cercanías que, a la altura de Les Franqueses, chocaba contra un árbol que obstruía la vía, árbol que habían aserrado para provocar un descarrilamiento. Ni Torra ni Budó han dicho nada acerca del sabotaje, como tampoco lo han hecho respecto al material incautado a los CDR detenidos por la Guardia Civil, que tenían previsto convertir en explosivos para, según fuentes de la investigación, atentar contra la red eléctrica catalana con las graves consecuencias que se desprenden de ello. No hablan de los saqueos, de los millones que supone la destrucción de la propiedad tanto pública como privada, de las pérdidas en el comercio, del policía que se debate por su vida en el hospital a causa del impacto en la cabeza por parte de los amotinados, de los intentos por incendiar furgones con policías dentro.

Se limitan a su habitual cantinela del diálogo para amagar, ora en el parlamento, ora en la barricada, con la guerra civil. Escuchar a Torra hablar de Gandhi o Mandela es una burla cruel. Son pescadores en un río revuelto por ellos mismos, un río que, si no se interviene con toda la firmeza democrática, devendrá en riada que nos llevará a todos por delante. A ellos también.

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