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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (21)

La peluquería y la gente

Sánchez varía sus corbatas, cambia los colores de sus trajes e incluso modifica su semblante, pero siempre tiene el pelo igual. Lo mismo ocurre con el resto de líderes. Para el pueblo llano la cosa es distinta

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tocando la parte interior de la mascarilla con el guante
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tocando la parte interior de la mascarilla con el guante

En España somos expertos en montar una árida polémica por cualquier nimiedad. La discusión es inherente a nuestra naturaleza pendenciera y cainita. Hace un par de días se montó un revuelo importante porque el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acudió a una fábrica con una mascarilla puesta y hasta se la tocó donde no debía. En las últimas horas el lío tiene que ver con el lamentable formato de las ruedas de prensa en Moncloa. Absurdas controversias cuando lo realmente importante y en lo que nadie parece reparar es el pelo impoluto de Sánchez

Al igual que nos dijeron que no nos pusiéramos mascarillas ni antes ni durante ni después del confinamiento, nos dijeron que no podíamos ir a la peluquería. Fue una decisión igualmente controvertida que llegó, cómo no, tras una rectificación. En un primer momento, nada más anunciarse la declaración del estado de alarma, se dio por hecho que estos establecimientos seguirían abiertos por ser de gran necesidad para la población. Pero horas después se decidió lo contrario. Un varapalo para quienes trabajan en las peluquerías y también para sus clientes. 

Como la mayoría de sus rivales, Sánchez es un hombre de poder que se acostumbraría a cualquier cosa. Ahora se ha acostumbrado y nos está acostumbrando a los demás a comparecer los sábados por la tarde en televisión para lanzar interminables peroratas que intercalan datos interesantes y frases de autoayuda barata. Diga lo que diga, guste más o menos lo que anuncie, cada fin de semana su pelo está igual de cuidado al milímetro. Lo que nos lleva a concluir que el servicio de peluquería del Palacio de la Moncloa sigue funcionando a las mil maravillas o, en su defecto, el presidente del Gobierno utiliza algún servicio a domicilio.

Si no me creen, comparen las fotos. Varían sus corbatas, algunas lisas y otras estampadas, cambian los colores de sus trajes y sus camisas, incluso su semblante parece distinto algunas veces. Pero su peinado es idéntico en cada comparecencia. Este sábado, cuando anunció que como preveíamos el coronavirus también nos ha robado el mes de abril, volvió a lucirlo. Ese pequeño tupé y esas canas incipientes seguían en el mismo sitio, ni más grandes ni más pequeñas, impolutas pese al paso de los días. 

La cosa no va de ideologías, porque la coleta de Iglesias o las barbas de Casado y Abascal también sobreviven intactas. Esto muestra otra diferencia abismal entre la gente confinada y la clase política, que va adonde le da la gana, percibe las dietas sin trabajar, se hace todos los test que hagan falta y utiliza peluqueros privados. Todavía no conozco, tras veintiún días encerrado pero hablando con mucha gente por diferentes medios, a una sola persona que haya contratado a un profesional que haya ido a su casa para cortarle el pelo. 

Quiero decir que, al contrario que los representantes a los que hemos elegido, en el pueblo llano sí estamos padeciendo el cierre de las peluquerías. El pelo de una persona dice mucho de su esencia. Forma parte de ella. Al no cortarlo, no solo está cambiando nuestro aspecto físico -mi hijo y algún otro niño que conozco empiezan a gastar unas melenas que no son de este mundo-, sino que estamos cambiando nosotros mismos. Pero eso tampoco es novedad en estos tiempos apocalípticos.  

Ahora toca resistir sin peluquerías. Después no habrá maquinillas ni tijeras suficientes para tanto pelo que cortar

Cuando lo que más nos ponemos es el chándal y apenas salimos de casa, podría parecer que esto del corte de pelo es lo de menos. Una chorrada en momentos tan difíciles. Una preocupación estética sin importancia. Nada más lejos de la realidad, porque ya se sabe desde que lo dijo Wittgenstein que la ética y la estética son lo mismo. O casi. Conciliar ambas cosas es el camino para ser felices. Pero no se puede ser feliz cuando tu libertad sigue secuestrada y, sobre todo, cuando cada día mueren tantas personas por este virus.  

No es (o no parece) oportuno abrir debates filosóficos sobre la relevancia del cabello. Más aún después de que sepamos que nos quedan unas cuantas semanas encerrados. Ya hemos dicho y repetido aquí que esta nueva realidad del confinamiento ayuda a valorar las cosas en su justa medida. Ahora toca resistir sin peluquerías. Después no habrá maquinillas ni tijeras suficientes para tanto pelo que cortar. 

Pero ahora, después y siempre no conviene olvidarse de que nosotros estamos sin mascarillas pero a ellos les sobran, de que nosotros no podemos hacer muchas cosas que ellos sí pueden hacer -como cortarse el pelo- o de que nosotros aplaudimos a las ocho mientras ellos intentan utilizar los aplausos en su beneficio. Son esas pequeñas diferencias que siempre habrá entre ellos, los políticos, y nosotros, la gente. 

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