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Carlos Gorostiza

Opinión

El 15-M del PP

La ola del 15 M ha llegado algo más tarde, pero ha llegado por fin al PP. Ya están todos los actores en el mismo escenario; que empiece el espectáculo

Pablo Casado.
Pablo Casado. Javier Martínez

Aunque Podemos se haya querido hacer a toda costa con la exclusiva de representar el sentimiento del 15M, lo cierto es que la insatisfacción que llenó entonces las calles de inconformistas al grito de “No nos representan” estaba bastante extendida y abarcaba a muchas más personas y sectores ideológicos que los que se hacían visibles en las plazas. Iglesias fue hábil a la hora de aglutinar el segmento más ruidoso, visible y radical, desde luego, pero sería un error pensar que la orfandad política era exclusiva de quienes acudieron a Sol y aledaños.

La prueba de que había toda una generación que ya no se sentía representada por la estructura política de la Transición no fue solo el éxito electoral del partido de Iglesias, sino también el despegue de Ciudadanos y, por supuesto, el tremendo varapalo primero y la revolución interna subsiguiente que sufrió el PSOE.

El nuevo PP estrena un liderazgo más parecido al de sus oponentes, ajustado a las nuevas modas y modos y con despensa ideológica para dar de comer a los suyos"

Imposible acotar las variadas y complejas causas del tsunami político que venimos viendo, pero cosas como las ocurridas con el Brexit, con la devastada clase política francesa tradicional, con las dificultades sufridas por la canciller Merkel o con las estentóreas posiciones antieuropeas que campan en Italia, incluso con la misma llegada de Trump a la Casa Blanca, hacen pensar que no es solamente un fenómeno de España, sino que la profundísima crisis económica mundial que hemos padecido trajo otros cambios menos visibles que los del dinero y al menos uno de ellos es que el mundo político más o menos controlado y previsible que conocimos, ha volado por los aires definitivamente y la incertidumbre ha pasado a ser el paisaje en el que nos vamos a mover en el futuro.

Volviendo a España, no resulta extraño que el PP, como partido conservador que es, haya llegado algo más tarde que los demás a esta estación de cambio de vías por las que pasaron antes la izquierda comunista y el PSOE, pero, lo cierto es que la elección de Casado certifica que también la derecha española tenía en su seno un capital de insatisfacción y una sentida necesidad de renovación, como todos los demás, y que, por fin, ese cambio se ha producido. Bien es cierto que perder el poder ha sido un precio muy alto para el PP, pero no lo es menos que estando en La Moncloa hubiera sido muy difícil, acaso imposible, haber acometido la mudanza que anuncia el nuevo líder de los populares.

Porque el liderazgo personal es, justamente, una de las características más visibles de este tiempo quincememero. Líderes los ha habido siempre en todos los partidos pero los característicos de la nueva política, como Iglesias, Rivera, Sánchez y ahora Casado, disfrutan de una autoridad interna y de una capacidad de decisión personal enorme, por mucho que públicamente apelen al valor de sus equipos y a su afán integrador. Integrarse significa ahora más que nunca estar con el líder y no cuestionarlo. Especialmente porque la gran legitimidad que les da el voto directo y entusiasta de los militantes deja en muy mala posición a quienes quieran expresar la más leve crítica, que ya no pueden blindarse en unos poderes territoriales internos muy debilitados.

La elección de Casado certifica que también la derecha española tenía en su seno un capital de insatisfacción y una sentida necesidad de renovación"

Líderes personalísimos como estos son, además, lo que necesita el ecosistema mediático hiperactivo que tenemos, que los somete a constante presencia y discusión, que exige ser alimentado diariamente con nuevos tuits y que valora no solo que sean diestros en redes sociales y hábiles en debates de TV, sino que tampoco desdeña en absoluto que sean guapos. La rapidez de respuesta, el ingenio de las consignas cotidianas, los memes virales y, desde luego, la declarada rotundidad ideológica, son los nuevos valores que se espera de quienes están al frente de los partidos nuevos o renovados. La duda, la negociación, el acuerdo, ya no se llevan, y el que en otros tiempos fue prestigioso consenso se ve ahora como vergonzante cambalache. Saberse “de los nuestros” es una necesidad que ha tomado nuevos bríos y que exige claridad, rotundidad y emoción, como las que expresó Casado en su bien llevado discurso del sábado, que no solo entusiasmó a los que ya tenía a su favor sino que probablemente consiguió romper el empate virtual con el que el viernes habían entrado los compromisarios populares al congreso.

En definitiva, el nuevo PP estrena un liderazgo más parecido al de sus oponentes, ajustado a las nuevas modas y nuevos modos de la actividad política, con capacidad de retomar la iniciativa mediática, con propuestas rotundas y con despensa ideológica para dar de comer a los suyos. La ola del 15M ha llegado algo más tarde pero ha llegado por fin al PP. Ya están todos los actores en el mismo escenario, que empiece el espectáculo.



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