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José María Albert de Paco

Opinión

Nostalgia del dóberman

El ministro de Transportes, José Luis Ábalos
El ministro de Transportes, José Luis Ábalos Europa Press

Fiel a su naturaleza perdonavidas, el PSOE vuelve a invocar la necesidad de que el PP se civilice. Sólo de ese modo, arguyen sus mandos, la democracia española será homologable al resto de democracias europeas, esas donde los partidos de derecha son todo lo modernos que un partido de derechas puede ser.

Hubo una época en que el prototipo de 'pepero' moderno, aquel en el que la izquierda veía una suerte de horizonte moral, fue Alberto Ruiz-Gallardón, verso suelto; tan suelto, de hecho, que en apenas unos años pasó de autorizar la dispensación gratuita a menores de la píldora postcoital a abanderar la ley del aborto más restrictiva de nuestra historia reciente. También a Cristina Cifuentes se le adjudicó el papel de derechista buena, el mismo que en los últimos tiempos ha recaído en Borja Sémper.

Por cierto, resulta obsceno que ninguno de los medios que fueron a consolar a Sémper con el solo objetivo de seguir vituperando a Cayetana Álvarez de Toledo, ya saben, "¿está usted de acuerdo con que la situación es hoy más difícil que cuando ETA mataba?", le formularan esa misma pregunta a la viuda de Gregorio Ordóñez, Ana Iríbar, cuyo diagnóstico al respecto no parece diferir del que esbozara Álvarez de Toledo. Pero claro, la ecuanimidad no tiene lugar en la operación de acoso y derribo de que está siendo objeto la portavoz del grupo parlamentario del PP.

A lo que íbamos: la mutación contemporánea de la consigna es "Ojalá el PP dejé de bailar al compás de Vox". Y así volver, ¡animalistas los quiere Dios!, a su prístina condición de dóberman. Que la dirigente del PP que más ha porfiado en subrayar la faz demagoga de Vox, que con más agudeza, en fin, ha desvelado su deje xenófobo (inexorablemente vinculado a su condición de partido nacionalista) haya sido precisamente Álvarez de Toledo, no impide que sus enemigos (a diestra y siniestra) sigan identificando sus posiciones con lo que tildan de deriva ultra del PP.

Porque es la guerra, sí, pero no sólo. La consolidación 'ambiental' de esa falacia también tiene que ver con la clave de bóveda de la era Twitter, cual es el descrédito de la verdad. No en vano, Sánchez se permite acusar a los populares de bailar al son de Abascal al tiempo que él y su guardia pretoriana se podemizan sin rebozo, protagonizando la clase de escándalos que cabría esperar (¡que sólo cabría esperar!) de Iglesias, Montero o Garzón, en lo que se antoja una burda maniobra para ir vaciando de sentido a sus socios del Ejecutivo.

La reunión ¡bilateral! con Torra, el nombramiento de Delgado como Fiscal General del Estado, la reforma del delito de sedición, el encuentro furtivo en Barajas con Delcy Rodríguez, el desprecio institucional a Juan Guaidó... Eso sí, el partido que se radicaliza, el que se aleja de los estándares europeos, es el PP. Y es que el programa de gobierno no tiene más que un punto, y es el de ser opositores a la oposición.

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