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Miquel Giménez

Opinión

Mensaje desde la cárcel

El ex conseller de Interior, Joaquim Forn.
El ex conseller de Interior, Joaquim Forn. EFE

El dietario escrito por Joaquim Forn, ex Conseller de Interior de la Generalitat y actualmente encarcelado, ha caído como una bomba en el ámbito separatista. Últimamente, parece que las cosas más interesantes emanan de las cárceles y no de Palau.

Rovira, Gabriel y otras separatistas del montón

Tanto de la entrevista-cuestionario concedida este domingo a La Vanguardia como en los extractos del dietario de Forn que ha publicado el diario Ara se desprende un aire distinto al que hemos estado acostumbrados hasta ahora. Forn formula reflexiones que nadie se había atrevido a decir desde el campo separatista. Todos son de una evidencia palmaria, por supuesto, pero que empiecen a alzarse voces que, desde dentro del movimiento y, con mayor mérito, desde la cárcel, se cuestionen los métodos seguidos y las actitudes de algunos es algo que merece un análisis y un chapeau.

Lo primero que nos parece significativo es que Forn deje claro que, para él, la fuga de Marta Rovira a Suiza perjudicó enormemente la situación de los presos. “Abonó la posibilidad de fuga”, deja caer, acaso en sutil indirecta hacia su ex jefe de filas Carles Puigdemont, el primero en escaparse de la justicia. Recordemos que se fugó junto a otros ex Consellers, entre los que figuraba el propio Forn que, hay que reconocérselo, volvió a suelo español con la convicción de que iba a ser detenido. Ahí hay, al menos, un coraje cívico del que carecen el fugadísimo y sus mariachis.

Recordemos que Puigdemnont se fugó junto a otros ex Consellers, entre los que figuraba el propio Forn que, hay que reconocérselo, volvió a suelo español con la convicción de que iba a ser detenido

El libro “Escrits de presó” se nos presenta jugosísimo en no pocos aspectos, porque da muchas claves para entender cómo son y que sienten aquellos separatistas que, de buena fe, se han sentido arrastrados por las decisiones erráticas y megalómanas de Mas y Puigdemont, pagando el precio de la libertad. Añadamos a eso una tremenda, aterrada ingenuidad. Forn dice que jamás pensó que acabaría en la cárcel, todo lo más, inhabilitado para ejercer un cargo público. Esa es la milonga que debió venderles Puigdemont, seguramente. Que el ex titular de interior no ve clara la política en Cataluña queda de manifiesto en la alusión a los que se van al extranjero: “Lo de Rovira parecía indicar que teníamos la intención de convertir el exilio en el terreno de juego de la política catalana”. Pues esa es justamente la intención de los conmilitones del ex conseller, con el fugadísimo a la cabeza, dirigir Cataluña e incluso España desde su cómoda situación en Bélgica, menospreciando a todos los que se quedaron y, especialmente, a los encarcelados.

No se quedan ahí las críticas de Forn, que se agradecen por ser raras avis en la autocomplacencia separatista y su nula capacidad de reconocer que se equivocaron, así como por provenir de una persona que no reniega de sus ideas ni de su partido. Esto es, una vez más, una muestra de que este hombre tiene más de honradez que el de Bruselas. En ese sentido, una de las entradas del diario dice “Nuestra máxima equivocación fue creernos cosas absolutamente alejadas de cualquier realidad”, para añadir “Esos errores podrían haberse evitado si todos hubiéramos hablado claramente, si nos hubiéramos explicado las cosas como son, evitando creernos y hacer creer a los demás cosas irreales”.

Es lo más sensato que se ha escuchado en boca de uno de los protagonistas de aquellas fechas infaustas.

Lo que no puede comprenderse

De los diarios de Forn surge la imagen de una persona que padece una doble pena: la cárcel, por un lado, y no entender cómo ha podido acabar ahí, por otro. Reconoce que jamás intuyó que acabaría en un presidio. La angustia de quien creyó que podía jugar con el Estado y las leyes a su antojo, insuflado por ese tóxico que los dirigentes como Puigddemont y Mas les suministraban cada día, está ahora pasando el mono de la realidad. Y esa realidad no es otra que se equivocaron. Digo eso porque Forn, a quien tuve el honor de tratar, siempre me ha parecido un hombre honesto, persona de orden, con sensibilidad social, extremadamente humano y culto. La pregunta que surge es ¿cómo alguien así puede haber acabado cayendo en el espejismo de la república de los ocho segundos, en los referéndums de pacotilla, en ese liderazgo de cartón piedra de Puigddemont?

Tales cosas parecen incomprensibles y ahí radica el terrible problema social existente en Cataluña. Personas razonables y racionales que dejan de serlo automáticamente a la que salta el monotema separatista. ¿Qué nos ha pasado como sociedad, que terrible enfermedad padecemos que lleva a miles de personas a tener esa doble personalidad de Jekyll y Hyde en cuanto se nombra al proceso y a la independencia? Recuerdo una de las últimas conversaciones con Forn, cuando aún estaba en el ayuntamiento de Barcelona. Créanme si les digo que no es ningún monstruo, como probablemente no lo sean muchos de sus compañeros de viaje. Es irónico, con un sentido del humor directo, casi pugilístico debido a su aspecto, amable, cortés y, al menos en aquel entonces, dialogante. Digo todo esto porque diabolizar a los separatistas no sirve de nada a la hora de entender el problema. No hablo del ámbito judicial o político, me refiero a ese terreno humano que es, al fin y al cabo, donde se fraguan los éxitos o desgracias de una sociedad.

Hay algo, algo lejano, plantado desde hace tiempo en Cataluña, que ahora se ha manifestado de manera virulenta y radical

De ahí mi total incapacidad, lo confieso, para entender esa mutación. Hay algo, algo lejano, plantado desde hace tiempo en Cataluña, que ahora se ha manifestado de manera virulenta y radical. Ahí tienen la manifestación de ayer domingo en favor de los derechos lingüísticos de los que quieren que sus hijos reciban enseñanza en español y la contra manifestación de los CDR, que casi acaba a golpes entre ambos. Ese huevo de la serpiente que ahora ha eclosionado no nace de un día para otro. Se lo debemos a los años de triunfalismo pujolista y de su monopolización del discurso político catalán, sin que delante suyo existiese vida inteligente. Ni la izquierda socialista ni el conservadurismo popular supieron nunca muy bien qué hacer con aquel señor bajito que se pasaba el día dándoles lecciones a todos y viajando por Europa hablando inglés, francés y alemán con desenvoltura mientras que su familia hacía una fortuna traducida en misales andorranos. Hemos fallado todos, y no hay manera de lavar nuestras culpas, ésa es la verdad.

Las dudas, angustias y sueños rotos que sufre Forn en sus propias carnes son equiparables a las que sienten muchos separatistas que ven que esto tiene mal arreglo. Las mismas dudas que experimentan quienes temen, con razón, a un separatismo cada vez más encrespado y montaraz. Ese angst que sufrimos todos los catalanes tiene responsables y sería hora que unos y otros empezásemos a buscarlos. Forn ya identifica la actitud cobarde de Rovira como un elemento: no puedes decir que aquí resistiremos hasta la muerte, que ni un paso atrás y que no tenemos miedo al Estado para luego dejar a tus compañeros con cara de bobo y largarte a Suiza.

Esa actitud es ruin, porque jugar con la convivencia, la credulidad, la estabilidad de todo un país es algo indigno

De la misma manera, no puedes estar seis años prometiendo una independencia que ni quieres ni sabes posible, y eso lo dijo Artur Mas en una entrevista, no lo digo yo, cuando afirmó que sabía que todo iba a salir mal pero no se atrevió a decirlo. O la ex consellera Ponsatí, que declaró desde Escocia que jugaban de farol. Esa actitud es ruin, porque jugar con la convivencia, la credulidad, la estabilidad de todo un país es algo indigno. Y tampoco puedes decirle a los no separatistas que el gobierno de España los protege, como Rajoy, para luego abandonarlos a su suerte.

El día que hombres como Forn y personas no separatistas se unan para poner en común lo relevante y dejar de lado lo accesorio., habremos ganado todos. Me temo que eso va a tardar mucho. Para desgracia de todos, los unos y los otros. Ese es el mensaje que he creído captar desde la cárcel en la que está Quim Forn.



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