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Manuel Toscano

Opinión

Insultos y ofensas

¿Puede alguien sentirse insultado sin que haya propiamente insulto? Esa parece la cuestión de nuestro tiempo

Manifestantes durante el quinto día de protestas en Mineápolis.
Manifestantes durante el quinto día de protestas en Mineápolis. EFE

"¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o son humo negro?". En la novela de Philip Roth, Silk Coleman, profesor de lenguas clásicas y antiguo decano, hace ese comentario incidental, mientras pasa lista, a propósito de dos alumnos que no han asistido nunca a clase. Poco imagina que ese sintagma aparentemente intrascendente ("humo negro" según el traductor español, también podrían haber sido ‘sombras’ o ‘espectros’), le costará el apartamiento de la universidad. Los alumnos ausentes resultan ser afroamericanos y presentan una acusación de racismo contra él, a la que dan curso las autoridades académicas. Para Coleman la denuncia es ridícula: por "hacerse humo" se refería a que los alumnos se habían desvanecido en el aire y añadió el homérico "negro" (como en las "negras naves") recordando la Ilíada. Por lo demás, no tenía idea del color de su piel porque nunca los había visto; de haber sabido que podrían tomárselo como un insulto personal jamás habría usado la expresión, pues siempre había sido cuidadoso con las sensibilidades de los alumnos. De nada sirven sus explicaciones. La acusación dará al traste con su carrera académica y arruinará su vida personal.

Algunos sucesos en los últimos tiempos recuerdan La mancha humana. El más reciente seguramente pasó desapercibido en medio del aluvión de informaciones que nos llegan de las protestas del movimiento Black Lives Matter. Me refiero a la investigación abierta a principios de junio por las autoridades de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) contra el profesor Ayax Peris por las quejas de un buen número de estudiantes. La razón de la denuncia fue que el profesor pronunció en clase la palabra "nigger". Como sabemos, se trata de un epíteto racial despectivo y ofensivo, cargado de connotaciones racistas; en la sociedad norteamericana es el insulto racial por antonomasia. Tan inaceptable resulta que es habitual sustituirlo por el eufemismo "n-word" (la palabra con "n"), como hemos visto en la prensa que ha cubierto el caso de Peris.

Fue un profesor blanco quien usó en clase el detestado epíteto, provocando la incomodidad o el enfado de una parte de los estudiantes, según la nota difundida por el director del Departamento 

Obviamente, el término admite diferentes registros de uso e interpretaciones, según quien lo emplee o las circunstancias en que lo haga. Por ejemplo, entre los propios afroamericanos se usa como expresión de afecto o de compañerismo, invirtiendo su carga valorativa, y ha sido popularizado por raperos o cantantes de hip hop. Es lo que sucede tantas veces con las palabras ("qué monstruo eres"). En el caso de la UCLA, sin embargo, fue un profesor blanco quien usó en clase el detestado epíteto, provocando la incomodidad, la ansiedad o el enfado de una buena parte de los estudiantes, según la nota difundida por el director del Departamento de Ciencia Política al que está vinculado Peris. ¿Estamos ante un profesor racista que ofende gratuitamente a sus estudiantes afroamericanos?

King justifica que tenemos la obligación moral de desobedecer las leyes injustas, como las que imponían la segregación en los estados sureños

Si examinamos las circunstancias del caso, resultan de lo más sorprendentes. La clase de Peris trataba de la historia del racismo en los Estados Unidos. En ese contexto el profesor leyó fragmentos de la célebre Carta desde la cárcel de Birmingham, uno de los textos fundamentales para comprender la lucha en favor de los derechos civiles de los ciudadanos negros. La Carta fue escrita por Martin Luther King en 1963, mientras se encontraba encarcelado por participar en una protesta contra la discriminación racial, y se ha convertido en un texto de referencia en las discusiones sobre la desobediencia civil, pues King justifica que tenemos la obligación moral de desobedecer las leyes injustas, como las que imponían la segregación racial en los estados sureños. Y en la Carta, claro está, aparece "nigger" en un elocuente pasaje donde denuncia las humillaciones que a diario sufrían las personas de color; entre ellas, según escribe, se cuenta que "el nombre de uno pasa a ser ‘negrata’ (nigger) y el segundo nombre ‘chico’ (boy), tengas la edad que tengas". Peris no hizo más que leerlo en clase y mostrar parte de un documental sobre la historia de los linchamientos, donde el narrador también citaba la palabra.

Los responsables del Departamento han tomado partido inequívocamente, pues dicen compartir la preocupación de los estudiantes por la forma de proceder de Peris y el mismo profesor ha respondido a las protestas de los estudiantes pidiendo disculpas. Eso no ha impedido que prosigan las reclamaciones a las autoridades de la UCLA para que despidan a Peris junto con un profesor de contabilidad al que se acusa de racista por negarse a aplazar un examen cuando las protestas por la muerte de Floyd.

Hay un reguero de casos similares en los últimos años. Recordemos las demandas para retirar Huckleberry Finn de las bibliotecas o del currículum escolar. Sin salir de la UCLA, el profesor de Derecho Eugene Volokh contaba en abril pasado sus problemas por discutir en un curso sobre la Primera Enmienda el caso de unos estudiantes de la Universidad de Connecticut procesados por gritar "nigger" en el campus. Algunos de sus estudiantes se sintieron ofendidos por el vocablo, pero Volokh, al contrario que Peris, se ha negado a pedir disculpas. El decano de su facultad, en cambio, se vio obligado a redactar una disculpa pública, dirigida a la comunidad universitaria y a los estudiantes de las minorías en particular, por que Volokh hubiera empleado la "palabra con n" en clase. El decano no entendía por qué Volokh usaba un lenguaje "incendiario" e "infame" en clase, aunque respetaba su derecho en aras de la libertad académica; eso sí, añadía: "los insultos, incluso cuando son mencionados por razones pedagógicas, hieren a las personas". Por ello lamentaba el dolor y la ofensa que había causado el uso de la palabra.

La palabra animal

Me temo que tanto el decano como los estudiantes ofendidos ignoran la distinción lógica elemental entre usar una palabra y mencionarla. Uso una palabra para hablar de aquello a lo que se refiere, como cuando digo "ese perro es un pastor belga"; en cambio, la menciono cuando hablo de la propia palabra, por ejemplo si digo que "perro es un sustantivo". No parece lo mismo hablar del animal que hablar de la palabra con la que hablo del animal, por eso los filósofos escriben la palabra mencionada entrecomillada, como he venido haciendo en este artículo. Si nos atenemos a la distinción, vemos que ni Peris ni Volokh usan en ningún momento "nigger" sino que la mencionan como un término usado por otros; mejor dicho, en el caso de Peris ni siquiera refiere el uso que otros hacen, sino que reproduce verbatim la mención con la que King denuncia justamente el lenguaje de la opresión racial. No parece que esa distinción requiera una gran sofisticación intelectual.

Dicho de otra manera, la mención de una palabra (por ejemplo en "tonto es un insulto") no puede constituir un insulto, pues no se habla de nadie sino de la propia palabra. Para que un término sea un insulto ha de ser usado como parte de un enunciado, o como una abreviatura del mismo, que es proferido por el hablante con una intención ante una audiencia en una determinada situación. De hecho la clave estaría en esa intención del hablante si consideramos que el insulto viene a ser una suerte de asalto verbal contra otra persona, como señala la etimología; no es, por tanto, una palabra sino un acto de comunicación que llevamos a cabo con la intención de ofender, provocar o molestar a otros. Siendo un acto comunicativo, supone una intención compleja, pues quien insulta típicamente busca que el otro se ofenda o moleste, pero quiere causar ese efecto haciendo que el otro reconozca a través de sus palabras o gestos que esa es su intención. Para que una palabra sea un insulto ha de ser usada con esa intención comunicativa, nada de lo cual se da allí donde sólo es mencionada.

Pues la ofensa como efecto es fundamentalmente un estado psicológico, que tiene que ver con sentimientos heridos, con cómo uno se siente 

¿Puede alguien sentirse insultado sin que haya propiamente un insulto? Esa parece la cuestión de nuestro tiempo. Es una forma de decir que uno puede sentirse ofendido sin que haya intención de ofender y eso es perfectamente posible; del mismo modo que, a la inversa, uno no tendría que ofenderse por recibir un insulto, según aconsejaban los estoicos. Pues la ofensa como efecto es fundamentalmente un estado psicológico, que tiene que ver con sentimientos heridos, con cómo uno se siente o se toma las cosas. No por ello escapa al rasero de las razones, pues siempre cabe preguntar si hay razón para sentirse así o si es una reacción apropiada o proporcionada a la situación.

En el caso que nos ocupa, resulta de lo más pertinente preguntarse por qué se ofenden esos estudiantes. ¿De la existencia de la palabra? ¿De que haya racistas que la usen y no sólo raperos? ¿De que tras la palabra asoma una larga historia de opresión, racismo y esclavitud? Más les valdría como universitarios afrontar los hechos desagradables, sin ocultarlos con eufemismos, y no equivocarse de objetivo si quieren cambiar las cosas. En su interesante libro sobre la historia de la palabra, Randall Kennedy cuenta la campaña emprendida a finales de los noventa contra el diccionario Merriam-Webster para que eliminara "nigger" de sus entradas, pues como decía uno de los que protestaban, "si no está en el diccionario, no puedes usarla". En esas seguimos.

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