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Rubén Arranz

Opinión

Viggo Mortensen, como el último ejemplo de la campaña más estúpida

La actriz Ariadna Gil y su pareja, el actor Viggo Mortensen, en el año 2006.
La actriz Ariadna Gil y su pareja, el actor Viggo Mortensen, en el año 2006. Gtres

Hay una escena de la película ¡Que vienen los socialistas! que se ha repetido en España unas cuantas veces durante los últimos años, lo que más o menos deja claro cómo está el percal. Muestra una cadena de llamadas telefónicas entre varios de sus protagonistas, entre los que se encuentra un el señorito, un conde,  un párroco, un vendedor de coches y un oportunista que tuvo una iluminación y descubrió que era socialdemócrata “cuando se murió el abuelo”, en el 75. Uno le dice a otro que los del PSOE van a nacionalizar la banca; el otro, le transmite al siguiente que también la siderurgia y las hidroeléctricas. Otro, añade la telefónica y, otro, la Iglesia católica. El cura, Dios le perdone, añade que la Santa Institución ya es pública desde hace mucho tiempo, cuando se decidió en Roma, capital administrativa a efectos prácticos.

A un conocido periodista le debió llegar alguna llamada similar cuando Podemos obtuvo cinco escaños en las elecciones europeas de 2014, pues contaba entre sus amigos que, acollonado, se había llevado el dinero fuera de España, por lo que pudiera pasar. El farmacéutico de la citada película recomendaba comprarse un diamante si ganaban los socialistas, pues siempre es más fácil cruzar la frontera con el pedrusco escondido en cualquier parte -imagine usted dónde se señalaba- que hacerlo con un maletín lleno de billetes. El conde, se compró un juego de petanca para demostrar a los poderosos su cercanía con el pueblo llano.

Con Vox se ha producido un efecto similar, como demuestra la indescriptible carta al director que el actor Viggo Mortensen ha enviado a El País, dentro de este agitado período de Entreguerras que vive España, entre las elecciones del 28 de abril y las del próximo 26 de mayo. En la misiva, de 164 palabras, define al partido liderado por Santiago Abascal como "ultranacionalista", "neofascista", ultraderechista, "antiinmigrante, antifeminista e islamófobo". Lo hace para expresar su malestar porque la formación política ha utilizado como reclamo, para tratar de captar votantes, al personaje que interpretó en las películas de El señor de los anillos.  "Es (...) ridículo que se utilice" para este fin a "Aragorn, un estadista políglota que aboga por el conocimiento y la inclusión de las diversas razas, costumbres y lenguas de la Tierra Media", critica, en unas líneas en las que lanza la enésima advertencia sobre los peligros que supone Vox.

El miedo no lo es todo

Son varias las mesas de debate en las que se ha analizado durante los últimos días el crecimiento de estos dos nuevos partidos en España. Casualmente, sin hacer muchas referencias a Ciudadanos, la quinta formación, que ya existía y que, de repente, despegó, lo que evidentemente tampoco obedece a la casualidad. La conclusión a la que llegaron algunos de los tertulianos de 'La Sexta Noche', el pasado sábado, es que a Podemos lo infló Soraya Sáenz de Santamaría para dividir a la izquierda; y a Vox lo ha espoleado Ferraz, con Iván Redondo a la cabeza, para debilitar al Partido Popular. Ambos habrían recurrido a sus aliados mediáticos para conseguir su objetivo, a cambio de audiencia, que se sepa.

En los dos casos -concluían los contertulios- se habría hecho un especial hincapié en los peligros de la "izquierda bolivariana" y de la "ultraderecha fascista" para intentar que cundiera el miedo entre los electores. "Yo me he enterado de que los socialistas van a nacionalizar hasta los urinarios públicos", decía el señorito en la película. Y el conde le respondía: "pues mire, a mí eso me parece bien. Lo que me parecería ligeramente mal es que me quitaran mis tierras, que para eso mis antepasados pelearon para quitárselas a los moros". El día de las elecciones generales, por la mañana, algún iluminado de Vox puso en Twitter un mensaje que decía: "Comienza la batalla". Debajo, había una imagen con un fantasma vestido con los colores del orgullo gay, una hoz y un martillo, un símbolo anarquista y los logotipos de El País y La Sexta, entre otros.

Sobra decir que en la ecuación que han planteado estos días los contertulios más desmemoriados falta -de forma interesada o no- la principal incógnita, como es la del hartazgo de los ciudadanos. Porque es obvio que el Parlamento no estaría tan fragmentado si la socialdemocracia y el centro-derecha no arrastraran su actual descrédito en España como consecuencia de sus corruptelas, de su inoperancia y de su sorprendente capacidad para hacer engordar al Estado para, posteriormente, secuestrarlo con personal de su aparato. El descontento pesa más que el miedo (de hecho, cuando aumenta el malestar suele disminuir el temor), lo que hace menos infalibles a los Iván Redondo de turno y, evidentemente, desvía el tiro de quienes acostumbran a explicar el país como aquello que comienza y termina en los muros de la Corte, los medios y las instituciones.

Desafío a la inteligencia

Chirría estos días ver a Pedro Sánchez apelar a la normalización de "las relaciones institucionales y el diálogo político" cuando él mismo ha jugado en varias ocasiones con la agitación para conseguir sus objetivos -como bien expone este artículo-. También causa estupor escuchar a Pablo Casado distanciarse de Vox -"la extrema derecha" y venderse como la derecha moderada y mayoritaria, cuando pocas horas antes de las elecciones generales prácticamente les abrió la puerta de su Gobierno si lograba un buen resultado en las urnas. "Para qué vamos a pisarnos la manguera si tenemos que sumar", afirmó.

Cada cual se desdice y se contradice como bien puede para tratar de esquivar los golpes que asesta la realidad, en un constante desafío a la inteligencia de los ciudadanos. Mientras tanto, vuelan las balas cargadas de mensajes simples y vacíos sobre el Falcon, Bildu, la "ultraderecha franquista", "la cloaca" o "la derechita cobarde" y "la izquierda bolivariana". Desde luego, cada vez resulta más complicado encender la televisión y evitar ese reflujo que hace sentir "dulcemente insidioso de enfermarse", como describió Sartre en La Náusea. Serán meses algo agobiantes.

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