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Rubén Arranz

Análisis de medios

Risto, Arcadi Espada y la creciente estupidez de la televisión

Arcadi, expulsado del programa de Risto Mejide
Arcadi, expulsado del programa de Risto Mejide

A Arcadi Espada se le ocurrió escribir hace un tiempo que "si alguien deja nacer a alguien enfermo, pudiéndolo haber evitado, ese alguien deberá someterse a la posibilidad" de sufragar sus tratamientos. Habrá quien comparta esta afirmación y quien la considere una majadería propia de alguien que sólo pretende escandalizar. Desde luego, no parece lo más razonable aplicar la brocha gorda sobre un asunto que requiere trazo fino, pero ésa no es la cuestión. Resulta que los sacerdotes de la corrección política y unos cuantos ofendidos profesionales han guardado esta frase en su memoria durante varios años y la han rumiado hasta darle la forma que les venía en gana, o hasta deformarla, mejor dicho; de modo que ahora hay quien piensa que Espada detesta a los discapacitados.

El pasado domingo, como es habitual, pasó por los televisores Risto Mejide, ese tipo de eternas gafas de sol que labró su fama con el noble arte de minar la moral de unos cuantos muchachos con ínfulas de artistas que concursaban en Operación Triunfo; y que desde hace un tiempo conduce uno de esos programas de entrevistas en los que resulta más fácil cerciorarse de las filias y fobias del que realiza las preguntas que de la obra y el pensamiento de que las responde. Pues bien, Mejide -o quien fuera- tuvo la genial idea de recordar a Arcadi Espada su opinión sobre el aborto. De paso, invitó al plató al padre de un chico con síndrome de down. Estos niños "no sufren, solo lo hacen cuando usted les humilla", dijo el hombre, con lágrimas en los ojos y música emotiva de fondo. Y nadie duda de su sinceridad, pero sí de la procedencia y la oportunidad de aquella situación, en la que habría que evaluar si quien quería denunciar unas palabras repugnantes tuvo un comportamiento aún más execrable que el encausado.

El populacho siempre ha tenido sed de sangre y no ha hecho especiales ascos a los circos, a los autos de fe y a los asesinatos civiles. En el medievo, a los enemigos del pueblo los emasculaban y evisceraban en plaza pública, ante la masa enfurecida. En estos extraños tiempos postmodernos de la violencia contenida, se despedaza a la mujer de 'Jesulín' de Ubrique en Sálvame por su supuesta perfiria; y se dedica programas monográficos a los cinco mamarrachos que cometieron un abuso sexual en Pamplona.

Este jueves, al político del Partido Popular Juan Van-Halen intentaron lincharle por no haberse referido al ajusticiamiento de Federico García Lorca en los términos que algunos esperaban. El diputado de la Asamblea de Madrid afirmó que el "execrable asesinato" fue "uno de los mayores errores cometidos por un régimen político en sus inicios". Pues bien, dado que pronunció la palabra "error" y no "crimen", mereció una desmedida reprimenda pública, pese a que, en realidad, transmitió su repulsa por el fusilamiento. En todos los casos, primó la misma lógica: como hace falta carnaza para mantener vivo y gordo al bicho, se busca la mínima excusa para iniciar las hostilidades.

El ingrediente esencial

El morbo es altamente rentable porque es uno de esos ingredientes que sólo empacha en grandes cantidades. Por eso, son pocos medios los que renuncian a cultivarlo y, para muestra, lo que ocurrió hace unas semanas con el caso del niño Julen. Un día antes de que encontraran su cadáver, los periódicos digitales se afanaban en enviar mensajes de texto a sus lectores para advertir de los centímetros que le faltaban al equipo de rescate para alcanzar el lugar en el que se hallaba el muchacho. Y Telecinco dedicó un maratoniano programa especial para relatar cada detalle del caso. Por supuesto, registró una cuota de pantalla elevadísima, pues la audiencia se pirra por los sucesos.

Los juicios sumarísimos contra los personajes antipáticos o incorrectos también contribuyen a engrasar esta maquinaria. Por eso, Risto Mejide esperó a Arcadi Espada en su Chester con unos cuantos dardos envenenados entre los dedos. Había que cobrarse una nueva víctima y las palabras manipuladas y descontextualizadas del periodista fueron utilizadas en su contra. Lo que ocurrió después, fue lo de siempre: unos se indignaron, el padre de de un niño con Síndrome de Down escribió una carta que se hizo viral y no faltaron voces que hablaron de la pasada filiación política de Espada. Y repito: aquí nadie juzga el nivel de acierto o desatino del entrevistado, sino la actitud de esperarle a ciertas personas con el cadalso preparado en el plató.

La estrategia de magnificar el exabrupto, meter los dedos en las vísceras de los cadáveres y criminalizar a quien convenga en cada momento permite llenar páginas y horas de pantalla, rentabilizar el negocio y mantener al margen de la primera plana a los pagadores

La estrategia de magnificar el exabrupto, meter los dedos en las vísceras de los cadáveres y criminalizar a quien convenga en cada momento permite llenar páginas y horas de pantalla, rentabilizar el negocio y mantener al margen de la primera plana a los pagadores, es decir, a los que insuflan oxígeno a los medios con más o menos generosas inversiones. Mientras la audiencia conoce, al minuto, las novedades del caso del niño que cayó al pozo o las aventuras amorosas del tal Kiko Matamoros, tarda varios años en conocer los casos de corrupción empresarial, que siempre afloran a toro pasado, cuando el efecto sobre los gestores de la cosa es menor.

La situación se explica perfectamente en el monólogo final de la película El Reino: mientras los debates 'más comprometidos con el periodismo' de la televisión invierten horas y horas en analizar el chau chau político y en ofrecer los detalles de casos truculentos y las últimas ocurrencias de los lobbies ideológicos de moda, los pagadores quedan en un segundo plano. Mientras el pueblo asistía al circo, Roma se desmoronaba.

La razón del protagonismo de Risto Mejide es su buen manejo del registro de antipático con quien le dejan o con quien conviene serlo. Es un buen maestro de ceremonias de los dueños del cotarro. Pero nada más. Absolutamente nada más.

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