Enric Juliana calza unos zapatos que están destrozados, pero habitúa a despreciar las alpargatas de los demás. Escribe de España como si estuviera de visita y analiza sus cánceres como si fueran algo con lo que se acaba de encontrar. Totalmente desconocido. Cosas de ese catalanismo que alardea de sombrero de copa mientras disimula la marca en la frente que le ocasiona la boina enroscada.

Hace unos días, le llamaron para vacunarse en Matrit y escribió una crónica titulada 'Una tarde en el Zendal'. El texto incluía en siete ocasiones la palabra 'cola' y no es casualidad, pues el batallón periodístico anti Isabel Díaz Ayuso se había empeñado en esos días en denunciar la marea humana que había que superar para recibir el remedio contra la covid-19. El delegado de La Vanguardia en la capital -¡ese lugar tan imperfecto del país de la burricie!-, llegó al recinto a las 17.09 y se fue a las 17.30. Pese a que el tiempo de espera fue razonable, se empeñó en destacar la cola “inmensa” y las características de las filas patrias. “Las colas en España son muy disciplinadas”, expuso, convencido.

Conviene tener cuidado con los prestidigitadores de las palabras, pues, cuando la realidad no se desarrolla como ellos quieren, emplean los requiebros, la ironía y las emociones para confundir al lector. Hay quienes decidieron hace tiempo aplicar el estoicismo a la hora de enfrentarse a los textos de estos periodistas, pero, como escribió Cioran, el estoicismo es el recurso de quienes se han embriagado en un atolladero. Es decir, la derrota del ímpetu. Un premio de consolación.

Aplicar el estoicismo ante la manipulación, por su frecuencia, es un error gigante.

El infierno de Twitter

A casi un mes de las elecciones madrileñas, es posible concluir que la verdad es la primera gran derrotada en los comicios, pues ha sido sepultada bajo grandes dosis de propaganda. Difundían este miércoles el PSOE, Más Madrid y Unidas Podemos un comunicado en el que lamentaban la “provocación” que había realizado Vox al convocar un acto en Vallecas, pues es un distrito “históricamente antifascista”.

La afirmación podría pasar desapercibida en medio del torrente de información diario, pero es falaz y peligrosa, pues atribuir una ideología a un barrio entero resulta ridículo. Pero, aunque el 80% de sus habitantes fuera 'antifascista' -sea lo que sea eso-, ¿por qué Vox no podría celebrar allí un mitin?

Ya nadie casi nadie lee la Biblia, pero dijo Dios a Abraham que no exterminaría a los habitantes de Sodoma y Gomorra si sospechaba que entre ellos había algunos 'justos'. Quizás en Vallecas haya, a fin de cuentas, malas personas. O buenas. O gente de Vox. O del PACMA, que sacó algunos cientos de votos allí en las anteriores elecciones. Los justos y los pecadores siempre están mezclados. Ningún barrio es una sola cosa, salvo que la propaganda transmita lo contrario. ¿Antifascismo en bloque?

A casi un mes de las elecciones madrileñas, es posible concluir que la verdad es la primera gran derrotada en los comicios, pues ha sido sepultada bajo grandes dosis de propaganda

El periodismo tuitero no está interesado en apreciar estos matices porque juega a otra cosa. Es la de engordar su vanidad a base de obtener el beneplácito de los afines o la reprimenda de los 'enemigos'. Ambas cosas son igual de satisfactorias. Hay quien desde hace varias semanas recita con sospechosa humedad en las comisuras de los labios el ridículo eslogan del Partido Popular de Madrid, “comunismo o libertad”. En otras palabras, o nosotros, o el caos. Como es lo que conviene en este momento para obtener el aplauso fácil o el favor político, se niegan a apreciar una evidencia, y es que, pese a que 'los otros' sean el infierno (porque vaya banda), los 'suyos' no son ejemplares, ni mucho menos adalides de la libertad. Sólo emplean este término porque es rentable en un momento en el que los ciudadanos están hasta las narices de restricciones.

Isabel Díaz Ayuso y su equipo han sabido aprovechar el hartazgo para convertirse en oposición a lo establecido, que es lo que marca Moncloa y que ciertamente es calamitoso. Eso les ha ganado el favor de gremios como el hostelero, que se juega la ruina estos días y que, en algunos casos, ha decidido otorgar trato de faraona a la presidenta autonómica.

Ojo, bar fascista

Hace unos días, aparecía en un bar de Chamberí, llamado Fide, donde tiran las cañas de escándalo, un cartel que afirmaba: “Ayuso nos cuida”. Al poco, algunos establecimientos de la misma calle copiaron la iniciativa. Un periodista tuitero, que camina aferrado al bolsillo de Pablo Iglesias como un colegial, escribió un mensaje al respecto en el que afirmó algo así: “Pedid que las fotos muestren el nombre del bar”. Es evidente que para no acudir. Para diferenciar entre bares antifascistas y el resto. Justicia social en 280 caracteres. Revoluciones sin mucho esfuerzo.

A ese punto ha llegado el periodista tuitero-aleccionador contemporáneo: a descartar una taberna por la ideología del camarero. O a publicar patrañas cada día -como en este caso- ante el aplauso de una parroquia entregada. Lo más gracioso es que están tan alejados del pensamiento de la gente de la calle que, cuando se cercioren de ello, caerán desde tan alto que sufrirán politraumatismos en cuerpo y alma. Pero esto es lo que hay. Quizás usted no lo sepa, pero resida en un barrio fascista o antifascista. Prepárese para los berrinches de esta tropa y para las crónicas de paisano recién llegado del pueblo de Juliana.