Nada prepara al viajero para la contemplación del que está considerado uno de los más bellos enclaves arqueológicos del mundo. Ni siquiera las postales vistas hasta la saciedad. Hay que estar ahí y perderse en el laberinto de arenisca, bajo esas paredes que a veces se estrechan tanto que no dejan ver el cielo, mientras la luz se cuela con sus juegos de magia. Sólo así se aprecia la grandiosidad de las tumbas, fachadas, teatros y escaleras de esta ciudad labrada en la piedra. 

Y más ahora, que el turismo ha caído por los suelos, sumiendo al lugar en una estampa inédita: puestos de artesanía vacíos y camellos aburridos bajo el sol calcinante, pero también silencio y soledad para caminar por esta joya lejos de las hordas habituales, descubriendo una sorpresa a cada paso. 

El secreto de los nabateos 

Petra no se construyó, sino que fue tallada en la montaña rojiza, dejando al descubierto unas vetas multicolores que la decoran como pinturas oníricas. La hazaña se debe a los nabateos, un enigmático pueblo de nómadas llegados desde la Península de Arabia para asentarse en el sur de Jordania. Gente inteligente donde las haya, que aprovechó el filón de las rutas comerciales (esas caravanas cargadas de seda, incienso, especias, marfil…) para establecer un peaje por su paso y labrar así un poderoso reinado. 

De este modo nació Petra, una ciudad palpitante recorrida por calles pavimentadas, terrazas agrícolas, sistemas de canalización del agua y arte, mucho arte, plasmado en sus templos y nichos votivos. Una ciudad que, tan pronto como alcanzó su punto culminante, se perdió completamente en el olvido allá por el siglo XIV… hasta que el suizo Johann Ludwig Burckhards la redescubrió en 1812. 

El siq y el Tesoro 

El recorrido de Petra se inicia en la maravilla del siq, una angosta garganta que raja la montaña a lo largo de más de un kilómetro de abrumadora belleza natural. De pronto, cuando uno menos se lo espera, se abre para desembocar en el Tesoro, la más icónica construcción del complejo, que es en realidad un monumento funerario erigido en el siglo I antes de Cristo. 

Pero Petra no se acaba en esta majestuosa fachada retratada por el Séptimo Arte (¿quién no recuerda a aquel joven Harrison Ford a lomos de un caballo y en busca del Santo Grial…?). Petra atesora una inmensa lista de monumentos (las Tumbas Reales, el Monasterio, la Calle Columnada…) donde el arte nabateo se muestra en todo su esplendor. ¿Su mayor acierto? Absorber las influencias de las culturas externas y añadirles un toque nativo. Así, paseando por la ciudad perdida se descubren estilos egipcios, mesopotámicos, grecorromanos… siempre entre barrancos y desiertos. 

A la luz de las velas 

Pero si Petra se muestra impresionante por el día, es en su visita nocturna cuando despliega una magia especial. Tres veces por semana tiene lugar este espectáculo: a la luz de las velas y bajo la evocadora música de los beduinos, la entrada triunfal por el siq hasta dar con el Tesoro en penumbra no puede resultar más sugerente.