Mónica García Gómez nació en Madrid el 16 de enero de 1974. Es hija del ilustre psiquiatra Sergio García Reyes y de su esposa, también psiquiatra, ya fallecida. Mónica está muy unida a su padre y a sus dos hermanos. Como en otros casos anteriores, podemos detectar que hay cosas que se llevan en la sangre: Mónica García vivió la sanidad desde niña, en casa, y también las ideas progresistas: su padre fue uno de los nueve diputados que obtuvo el PCE en la primera legislatura de la Asamblea de Madrid, en 1983.

Comenzó a estudiar en el selecto colegio Yale, pero hizo el bachillerato en uno de los institutos públicos más conocidos de Madrid: el Beatriz Galindo. Era una chica muy inteligente y, como otros políticos (no todos), un tanto hiperactiva. Desde muy jovencita tomó una extraordinaria afición, que no ha perdido, por el atletismo: soñaba con ir a las Olimpiadas. Se la vio hacer deporte, concienzudamente, en el estadio Vallehermoso y después en el INEF. En el Club Marathon de Madrid hizo casi de todo, desde salto hasta lanzamiento de jabalina, pero lo que más le gustaba era correr. Lo sigue haciendo hoy. A veces participa en carreras por una causa concreta, pero si no es así corre igual. Su forma física es envidiable, como es natural.

Estudió Medicina, cómo no, en la Complutense, pero debió de pensar que en su casa ya había suficientes psiquiatras y se decidió –apasionadamente, como lo hace todo– por la Anestesiología. Ese es su trabajo en el hospital Doce de Octubre de Madrid desde 2004. Luego se doctoró en Dirección médica y Gestión Pública en la Escuela Nacional de Sanidad e Instituto de Salud Carlos III.

Es una defensora indesmayable de la sanidad pública. Eso se vio cuando, inquieta como ha sido siempre, tenaz y activa, entró en la Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (AFEM), donde la eligieron portavoz. No dudó en enfrentarse (estamos en 2012) al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Fernández Lasquetty, uno de los hombres de confianza de Esperanza Aguirre, que pretendía un recorte del 7% en el presupuesto de Sanidad y la ya tradicional –en su partido– privatización de algunos servicios hospitalarios: seis hospitales de una vez. Mónica García montó, además de en cólera, encierros, concentraciones, manifestaciones y, sobre todo, las movilizaciones de la entonces célebre “marea blanca”: los profesionales de la sanidad que salían a la calle cada domingo para denunciar los recortes y la amenaza de la privatización de la sanidad.

15-M y Podemos

Pero la política, al menos la de partido, parecía no interesarle demasiado. Eso cambió tras el 15-M. La combativa anestesista del Doce de Octubre sintió, como tanta gente, que aquellos chavales que acampaban en la Puerta del Sol, y el movimiento “ciudadano” que se estaba organizando en torno a ellos, eran otra cosa. No eran la política tradicional. Aquellos “jóvenes leones de Nesquik” que venían de la Facultad de Políticas parecían sonar de otra manera. Y se apuntó a Podemos. Muchísima gente hizo lo mismo.

Entró como diputada de a pie en la Asamblea de Madrid el junio de 2015. Casada con el ejecutivo Enrique Montañés (a quien mantiene cuidadosamente fuera de la atención pública) y madre de tres hijos, Mónica se llevaba a la pequeñina, casi recién nacida, a la Asamblea. Pero pronto se vería que Podemos padecía de la misma aluminosis (o más) que los demás partidos: la división interna. Al líder, Pablo Iglesias, no le gustaba nada que le llevasen la contraria y empezó a prescindir de sus amigos y colaboradores más cercanos, unos antes y otros después. Cuando le tocó el turno a Íñigo Errejón, Mónica García decidió que ya estaba bien y se apuntó a aquel curioso partido recién nacido, Más Madrid, montado en torno al carisma de Manuela Carmena, pero cuyo aroma parecía disolverse en el éter en cuanto te alejabas un poco de la capital. Nadie daba un duro por ellos, al menos a largo plazo. Errejón logró dividir todavía más el voto de izquierdas y eso siempre acaba saliendo mal. Los grandes partidos les miraban con cierta conmiseración y también algo de lástima.

En esto se produjo el seísmo político en la Comunidad de Murcia, la compraventa de votos y escaños, y la convocatoria de elecciones anticipadas en Madrid. Y, con una experiencia política breve, Mónica García se vio como candidata de Más Madrid a la presidencia de la Comunidad.

Y ahí llegó uno de sus momentos de gloria. Decidido a salvar a la patria, o al menos a recuperar el terreno perdido allí donde su movimiento nació, Pablo Iglesias, que era nada menos que vicepresidente del Gobierno, dimitió de su cargo para presentarse a las elecciones madrileñas. Lo primero que hizo, como cabía esperar, fue exigir a las ¿menguadas? huestes de su antiguo amigo, Errejón, que se dejasen de bobadas, que organizasen una candidatura conjunta y que el cabeza de lista fuese él, mascarón de proa de la futura derrota de Díaz Ayuso.

La respuesta de Mónica García fue espectacular: “Las mujeres estamos cansadas de hacer el trabajo sucio para que en los momentos históricos nos pidan que nos apartemos. Madrid no es una serie de Netflix. A la irresponsabilidad de Ayuso no podemos sumar más frivolidad, más espectáculo y más testosterona”. Lo que se dice un corte de mangas en toda regla.

Las elecciones madrileñas fueron un espectáculo de los que ya se ven pocos. Pero daba la sensación de que había tres contendientes y medio: el PP, el PSOE, Vox y Ciudadanos, que era el “medio” porque todo el mundo miraba a su candidato con la cara que suelen poner los familiares cuando llevan al abuelo al quirófano. Pero ninguno de ellos se refería casi nunca ni a Más Madrid ni a su animosa candidata, la bullidora anestesista. Apenas hablaban de ella, ni para bien ni para mal, al menos en público. Solo había alguien que, día tras día, la trataba cada vez mejor: las encuestas, los sondeos de opinión. Pero los candidatos parecían pensar que se trataba de un error.

No lo era. Con su tenacidad habitual, con una campaña amable e imaginativa en la que llegó a bailar “reguetón” (y quedó claro que eso se le da bastante peor que correr), Mónica García convirtió a su “partidito” madrileño en la segunda fuerza política de la Comunidad madrileña, por detrás del triunfante PP; logró el mismo número de escaños y 4.000 votos más que el venerable PSOE. El famoso “sorpasso. Y casi triplicó el número de votos obtenidos por Pablo Iglesias, el que le pedía que se quitase del medio para liderar él la “victoria” y el asalto a los cielos de la Puerta del Sol. Fue como si al líder de Podemos le hubiese caído un árbol encima. Decadencia y caída del imperio de la testosterona, que habría dicho Edward Gibbon.

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El castor (castor fiber o europeo, o castor canadienses; son prácticamente iguales) es un roedor semiacuático que habita en las grandes zonas boscosas, frescas y húmedas de Norteamérica, Europa y Asia. No se aleja jamás del territorio que conoce, que son las corrientes fluviales; sabe que, si las abandona, no sobrevivirá. Construye sus nidos en ellas. Como roedor es grande, pero no es frecuente que pase de los quince kilogramos. Es muy popular entre los niños gracias a sus grandes dientes, a su curiosa y fuerte cola escamosa, y a los sobrinos del Pato Donald, que se hacían llamar “jóvenes castores” como si no les gustase mucho su condición de patos.

Los castores comparten su territorio con otras especies mucho más grandes y de más tronío, como los osos, los lobos, los alces o los renos. Estos animales no se llevan bien entre sí y compiten, se incordian, se cazan o se protegen unos de otros, así día tras día. Pero la verdad es que rara vez se preocupan de los castores, que están allí, a lo suyo, sin meterse con nadie.

Aparentemente. Porque los castores son animalejos extraordinariamente tenaces, constantes, trabajadores e infatigables. No tienen prisa pero no hacen pausas. Para construir sus nidos y garantizar su estabilidad se ponen a cortar madera a mordiscos: unos mordiscos en principio pequeños que no asustan a nadie, pero… acaban por derribar árboles enteros, construyen diques y hasta alteran el rumbo de los cursos de agua.

Y un día, cuando menos se lo esperan, el lobo ve que su territorio está inundado, y el oso no encuentra los salmones, y el alce no halla la hierba debajo de tanto charco, y se preguntan: ¿qué habrá pasado, que nos ha cambiado todo el paisaje de repente? ¿Era esto lo que nos aseguraban las encuestas? Y en esto asoma el castor, les sonríe con sus dientecitos infatigables y se vuelve a zambullir, roe que te roe, construyendo su futuro y quizá el de algunos más.