Fernando Simón Soria nació en Zaragoza el 29 de julio de 1963. Es uno de los seis hijos del prestigioso psiquiatra aragonés Antonio Simón Ramiro y de su primera esposa, Mari Luz Soria. Su madre murió cuando Fernando y sus hermanos eran aún unos niños, y el trabajo de sacar adelante a los chicos recayó en los abuelos. Fernando estudió en el colegio Montearagón, del Opus Dei, en la capital aragonesa. Ahí comenzó a desarrollar una de sus más notables habilidades: los idiomas. Habla seis. Pero, hijo de médico y nieto de veterinario, Fernando estaba casi predestinado al mundo de la Sanidad. Estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza. No fue un alumno especialmente brillante (se licenció dos años más tarde del plazo que entonces era corriente) pero, ya entonces, aquel chico tímido y más bien reservado de ojos azules mostró –dicen quienes entonces le conocieron– una de las características esenciales de su carácter: la constancia. La perseverancia. Casi obstinación.

El joven Fernando se decidió por una especialidad que en aquellos años, al menos en España, resultaba todavía algo exótica: la epidemiología, sobre todo las enfermedades tropicales. Se especializó en Londres, en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical. Y completó sus estudios gracias el Programa Europeo de Formación en Epidemiología de Intervención del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, larguísimo nombre para una institución muy prestigiosa cuya sede central está en Estocolmo. No había muchos médicos en España con su preparación. Pero quizá tampoco había muchos que tuviesen la debilidad que este hombre tiene por los deportes, sobre todo los acuáticos, desde la natación al windsurf. O por la montaña. O por las motos: sigue yendo en moto a trabajar.

Fernando Simón sabía hacia dónde quería ir, cuál era su punto de destino profesional. Pero pronto se dio cuenta de que la vida da muchas vueltas… y eso está bien, porque de todo se aprende. Pero hay que ver qué vueltas dio la vida de Fernando Simón. Después de trabajar como médico en Huesca y en Zaragoza, aún muy joven (ya era miembro del Cuerpo de Médicos Titulares del Estado), decidió salir de la “zona de confort” e irse a otros mares mucho más peligrosos. Se fue a trabajar a Guatemala, a Ecuador, a Mozambique (Centro de Investigación de Enfermedades Tropicales de Manhiça, especializado en malaria, sida y tuberculosis), Somalia, Cabo Verde, Togo, Bolivia, El Salvador… y a Burundi, donde conoció a la que hoy es su esposa (la científica y periodista gallega María Romay-Barja) y donde las pasó canutas.

Trabajaba en el hospital de Ntita, en la región de Kirundo. La guerra entre hutus y tutsis que acabaría con una espantosa matanza estaba a punto de estallar: había guerrillas por todas partes. Simón, voluntario de Medicus Mundi, pasaba consulta a unos 120 pacientes por la mañana y, por la tarde, a los 60 que había ingresados en el sanatorio. Era el único médico –esto lo cuenta su amigo Marco Pascual– que había en el centro, no descansaba jamás y los medios eran, como cabe suponer, escasos y obsoletos. Los medicamentos que necesitaba estaban en la capital, Bujumbura. Pero había toque de queda y no se podía viajar. Eso a Simón le dio lo mismo: saltó a un jeep y salió hacia la ciudad.

Lo frieron a tiros. El coche quedó como un colador. A Fernando Simón, increíblemente, no le tocó una bala. Pero los militares le robaron el dinero que llevaba para comprar los fármacos. Aunque a Simón, cabezota como el típico aragonés, no lo doblegaron. Seguía sabiendo hacia dónde tenía que ir, o al menos dónde hacía más falta, y permaneció en África durante toda la terrible guerra: un millón de muertos entre 1993 y 1999, uno de los mayores genocidios de la historia humana. Simón y su esposa (tiene tres hijos) volvieron a Madrid un año antes de que acabase aquel horror, en 1998.

Su vida tiene un periodo de aguas más o menos mansas entre 2003 y 2011. Era ya uno de los epidemiólogos más respetados por la comunidad científica y le nombraron jefe de la Unidad de Alerta y Respuesta del hospital Carlos III, de Madrid. Dirigió el programa del Centro Nacional de Epidemiología.

Pero las corrientes volvieron a enturbiarse en 2012, cuando la ministra de Sanidad, Ana Pastor (PP), le convenció para que se dejase nombrar coordinador en España del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades y, a renglón seguido, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES). Es el puesto que ocupa desde entonces. Era un trabajo de evidente exposición pública, algo que a Simón no le ha gustado nunca. Si pasaba algo, el que daba la cara era él. Y si las cosas iban mal, la culpa se la iban a echar a él. ¿Quiénes? Pues, en realidad, todos.

Al principio, cuando no ocurría nada grave, en la izquierda comentaban que Simón era un señor de derechas que había estudiado en el Opus, y que a eso debía su nombramiento. En la derecha, por el contrario, aseguraban que era un “rojo” infiltrado, que estaba al servicio de la izquierda y que la ministra había cometido un error. Simón hacía su trabajo, que por entonces consistía básicamente en preparar las cosas para cuando ocurriese algo, y no se inmutaba por los comentarios de nadie.

Cuando llegó a España la última crisis del ébola, en 2014 (el presidente seguía siendo Rajoy), a Simón le tocó explicar, con su aspecto desaliñado y su peculiar voz cascada, cómo iba evolucionando el problema. El problema evolucionó razonablemente bien y a Simón le cayeron más elogios que críticas, aunque de todo hubo.

Cuando, algo después, saltó el problema del mosquito tigre (que transmitía enfermedades como el dengue, chikungunya y especialmente el zika), las cosas también parecieron ir más o menos bien, a pesar del alarmismo de ciertos medios. No llegan a dos millares los casos registrados en España durante los últimos siete años. No fue muy lejos la cosa. Algo parecido sucedió con la gripe aviar.

El gobierno de Pedro Sánchez no vio necesario cambiar al director del CCAES cuando llegó a la Moncloa. Era un sabio, no un hombre de partido, y no sería fácil encontrar a otro mejor. En un momento u otro había colaborado con Ana Pastor, con Trinidad Jiménez y con Leire Pajín: si tenía adscripciones políticas, desde luego no las manifestaba ni afectaban a su trabajo.

Y en esto llegó la pandemia de la covid-19, que al principio llamamos todos “coronavirus”. Nadie estaba preparado para eso. Fernando Simón se convirtió, en dos o tres semanas, en el hombre más conocido de España: a él le tocaba dar la cara en televisión y explicar cómo evolucionaba la enfermedad, qué estaba pasando y qué se podía esperar.

Se sabía muy poco de la estructura y del comportamiento del virus, y a Simón le tocaba conseguir algo fundamental: evitar el pánico generalizado. Quizá por ambas razones dijo, antes o después, gigantescas tonterías: que España no iba a tener, “como mucho, más allá de algún caso disgnosticado” fue de las primeras y de las más recordadas. En febrero de 2020 aseguró que no era necesario que los españoles usásemos mascarillas, frase que cabe calificar de cualquier cosa menos de profética. Cuando el 8 de marzo de 2020 se produjo la célebre manifestación feminista en la que se contagió mucha gente, incluidos varios miembros del Gobierno, Simón dijo lo que pensaba: que aquella concentración tendría, en cuanto al progreso de la pandemia, “un efecto claramente marginal”, lo cual era más o menos verosímil desde el punto de vista sanitario pero desde luego no del mediático.

Apoyó el confinamiento por encima de los intereses económicos, lo cual le echó encima al mundo de la hostelería. Apoyó a los países que, en los primeros tiempos de la pandemia, decidieron no recomendar los viajes a España, y eso le hizo enemigo declarado del sector turístico. Se mostró partidario de suspender la actividad de cines y teatros, algo que le convirtió en algo parecido a un demonio para el mundo de la cultura. Se contagió él mismo del covid-19, pero ya era tarde para que eso le granjease comprensión o al menos piedad. Pidieron su dimisión los hoteleros, los cineastas, hasta los médicos (aunque no todos ni mucho menos) y los enfermeros.

Cuando la derecha política, o al menos parte de la derecha, decidió usar la pandemia como arma para erosionar al gobierno, a Simón le cayeron más palos que a un tambor en un desfile. Dijera lo que dijese, tuviese razón o no. Su espontaneidad, su aspecto, su voz, su falta de experiencia en las malas artes oratorias de la política le convirtieron en un blanco facilísimo. También sus excesos de optimismo y sus meteduras de pata, que vaya si las tenía. Pero el país palideció de espanto cuando un reconocido sabio en materia sanitaria, como Cayetano Martínez de Irujo, hijo de la fallecida duquesa de Alba, dijo del ilustre epidemiólogo que “este hombre no sabe nada, ¿sabes? En general”. O cuando el exportavoz del PP, Rafael Hernando, aseguró que “este hombre dice estupideces diarias sin pedir perdón. Es uno de los culpables”. O como cuando Carmen Lomana, varias veces candidata –como es notorio– al Nobel de Medicina, declaró: “Este señor me da verdadero asco por infinidad de motivos”, y lo dejó ahí, en la incertidumbre, sin enunciar al menos doscientos o trescientos motivos de tan vasta infinidad.

Pero Fernando Simón, que no es ni mucho menos indiferente a las injurias ni a los mordiscos, sigue ahí, haciendo su trabajo, que es tratar de explicar cómo van las cosas; algo más de prudencia en vaticinar cómo van a ir en el futuro no le vendría nada mal. Lo último que ha hecho ha sido contradecir frontalmente al presidente del Gobierno: cuando este dijo que la Comunidad de Madrid seguramente falseaba (entiéndase: disminuía) los datos de contagios del covid-19 por razones políticas, Simón dijo inmediatamente que eso no era verdad, y no ha sido desmentido por nadie hasta hoy. Sigue yendo hacia donde cree que tiene que ir y haciendo lo que cree que tiene que hacer. Otra cosa es que se lo coman vivo, poco a poco.

La sardina común

La sardina común (sardina pilchardus) es un pez de la familia de los clupeidos, que reúne a casi un centenar de especies de peces, todos parecidos pero ninguno igual. Primos suyos son los boquerones y los arenques. No es muy grande: 25 centímetros en el mejor de los casos. Tiene el cuerpo cubierto de escamas plateadas que, en realidad, no protegen a la sardina de gran cosa, por más hermosas que sean y por más trabajo y tiempo que le haya costado obtenerlas. Y también mantenerlas, porque se le caen. Quizá por los disgustos.

La sardina no se anda con exquisiteces alimentarias: come plancton. Vive alrededor de quince años, si se lo permiten. Tiene una importancia fundamental en la biodiversidad. Es un pez sencillo, nada esparabán ni farandulero ni zangolotino ni telecinquista; un animal serio, resuelto, ágil, inteligente, que tiene muy clara su función en la vida y que no se anda con majaderías. También es consciente de sus debilidades, y una de las mayores –aparte de su pequeño tamaño– es que es muy sabroso para muchos seres vivos: es un pescado azul con alto contenido en grasa y proteínas.

La costumbre más llamativa de las sardinas comunes, también llamadas europeas, es su hábito migratorio. Forman enormes bancos o cardúmenes que se mueven con admirable rigor y disciplina. Siempre en función de la temperatura del agua, viajan desde el Cantábrico hasta las Islas Británicas y el mar del Norte, vete y ven, vete y ven, así cada año. Saben bien hacia dónde van y por qué. Está más que claro que, en la época de reproducción, se aproximan más a la costa, a poca profundidad.

Lo que pasa es que esto lo sabe todo el mundo dentro y fuera del mar. Es conocido que las sardinas van hacia donde van y no hacia otro sitio, así que de pronto aparecen tiburones que embisten al banco de sardinas con la boca abierta y se comen unas cuantas. El cardumen suele dar un rápido giro para salvarse, pero no tarda en recuperar el rumbo. Y antes o después llegan los delfines, que se llevan muy, muy mal con los tiburones, pero que con las sardinas hacen exactamente lo mismo que ellos. Y luego están las gaviotas, animales de graznido irritante, achulado y desagradable (en latín, vox odiosa), que, cuando los grandes peces atacan a las sardinas, se lanzan al agua a ver lo que pillan, como es su costumbre; y siempre sacan algo, parece que cada vez más. En otras latitudes, y con diferentes especies de clupeidos, hacen lo mismo las ballenas, los atunes, los escualos, los bacalaos y los norteamericanos, que prácticamente han logrado la extinción de las sardinas en las aguas de California.

Una vida, pues, animosa pero dura, la de la sardina. Es mucho trabajo el que tiene para, con harta frecuencia, y a pesar de su innegable sabiduría, acabar enlatada o pinchada en un espeto en la mesa de cualquier partido político, que ahí no hay distingos: todos se la comen por igual.