Antonio Cantó García del Moral, conocido en el siglo como Toni Cantó, nació en Valencia el 14 de enero de 1965. Es uno de los seis hijos del cirujano Antonio Cantó Armengod, una autoridad internacional en cirugía torácica y en enfermedades del pulmón. Toni, de chaval, mientras se ganaba unos duros como relaciones públicas de discotecas, pensó seguir los pasos profesionales de su padre. También pensó ser modelo, porque había salido guapo. También pensó si quedarse en Valencia o irse a vivir a Madrid. Al final, después de mucho pensarlo, decidió ser actor, lo cual provocó el pasmo de su padre.

La carrera de Toni Cantó en el mundo de la interpretación ha sido muy variada, como suele suceder en ese oficio. A pesar de que su físico, muy llamativo, no le hacía candidato a ser un actor demasiado versátil (parecía destinado a hacer siempre de “galán”, como se decía antes), Cantó demostró inmediatamente que era capaz de adaptarse a lo que fuera, que podía hacer muchas cosas distintas, incluso a la vez.

Tras estudiar en el Centro Dramático Nacional, en 1986 apareció en televisión como presentador del magacín La tarde. Pero estuvo poco tiempo allí, solo unas semanas. Luego apareció en el espacio musical Sábado noche. Pero no duró demasiado. Tuvo la inmensa fortuna de que Jesús Hermida le llamase para colaborar en su programa Por la mañana, de TVE, donde comenzó nerviosísimo (allí se acuñó el eslogan “Ánimo, Toni”) y en el que permaneció cierto tiempo, tampoco mucho. Hizo series de televisión muy diversas; su trabajo más conocido fue en Siete vidas, pero solo estuvo allí dos temporadas. Su último proyecto para televisión fue colaborar como analista en el programa Todo es mentira, pero en el último momento decidió no hacerlo. Cantó lo mismo era capaz de interpretar a un abnegado médico en la serie Amar es para siempre que hacer de transexual con Almodóvar, lo mismo podía hacer de Orestes en la tragedia de Esquilo (Cantó es, ante todo, un actor de teatro) que interpretar a Valle Inclán o presentar un programa de cámara oculta en televisión. Todo ha ido cambiando en su vida, a veces rápidamente, a veces un poquito más despacio. Nunca demasiado despacio.

Su vida personal ha seguido un patrón parecido. Se ha casado varias veces. Se ha enamorado también unas cuantas, y ha mantenido relaciones con personas muy diversas. Nunca le ha durado décadas una historia de amor. Ha tenido hijos de tres mujeres distintas. El momento más difícil de su vida llegó cuando su primera hija, Carlota (a la que al principio no quería reconocer porque estaba enfadado con su madre; luego sí), falleció en un accidente de tráfico, en enero de 2011.

El segundo disgusto de su padre

La política le picó hace alrededor de catorce años. Segundo disgusto de su padre, que prefería que fuese actor por lo menos profesional. Comenzó en un partido que no tenía lo que se dice vocación universalista, Vecinos Por Torrelodones (VxT), donde también estaba el periodista Juan Luis Cano. Cantó tenía una casa en esa localidad y se afilió para combatir la corrupción urbanística del PP. Pero no salió elegido concejal (estamos en 2007) y, después de pensar si se apuntaba a Ciudadanos o se dedicaba a la escena y a la interpretación, decidió afiliarse a UPyD, el partido que fundó Rosa Díez. Allí acabaría siendo elegido diputado al Congreso. Eso fue en 2011. Y formó parte de comisiones variadísimas, a saber: Cultura, Igualdad, Políticas Integrales de la Discapacidad, Seguridad Vial y Movilidad Sostenible, Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Anunció que dejaría su escaño para ser candidato a la presidencia de la Generalitat valenciana por UPyD, pero lo que pasó fue que acabó saliendo el partido magenta poco antes de que este se terminase de hundir. Y decidió, esta vez sí, vamos, seguro, reanudar su carrera como intérprete y dejarse de distracciones. Muy poco tiempo después estaba en Ciudadanos, después de pactar todo lo anterior con Albert Rivera, así que volvió al Congreso como diputado, pero esta vez por otro partido.

Eran los tiempos en que el diputado Cantó bramaba contra el PP, al que calificaba de “organización criminal”, afirmaba que lo que el partido de Rajoy había hecho en Valencia era una vergüenza y clamaba que votarles era votar por la corrupción.

Después de la fallida moción de censura contra el PP en Murcia, hace unas semanas, Cantó decidió replantearse su vida, abandonar la política y volver por fin, definitivamente, al teatro y a la televisión. El resultado es que ha abandonado Ciudadanos y ha fichado por el PP para entrar en las listas de las próximas elecciones a la Comunidad de Madrid. Incluso Isabel Díaz Ayuso ha mostrado cierta perplejidad (cosa infrecuente) por la rapidez de la “conversión” del intérprete. Los compañeros actores de Cantó, sobre todo los valencianos, aseguran que esta ha sido la mejor interpretación de este hombre en toda su vida. Que ya va siendo hora de que le den el Goya. Que si no se lo dan por esto, por qué se lo van a dar.

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La sepia extravagante (metasepia pfefferi) se llama así de verdad. No es una broma ni este molusco cefalópodo de la familia de las sépidas le cae especialmente mal a nadie, aunque es venenoso y su picadura puede ser mortal, no solo políticamente. Habita en los mares de Australia, Nueva Guinea, Filipinas y sitios parecidos.

La característica fundamental de la sepia es su adaptabilidad, su increíble facilidad para el camuflaje. No es un animal de convicciones firmes, al menos en lo que se refiere a su aspecto. Encontrarán ustedes quien les diga que es de color rojo natural. No es cierto. La verdad es que nadie sabe de qué tonalidad es su piel porque la sepia es un cefalópodo que cambia de color constantemente, sin descanso. Allá adonde va, imita a la perfección el color del entorno en que se halla, sea el que sea; por eso es tan difícil de fotografiar, porque no se la ve, no se sabe que está allí. Los pulpos, los calamares, las demás jibias y hasta los camaleones tienen (como el cabello de Carmen Lomana) un color natural, que es el que muestran cuando no hacen nada. Pero la sepia extravagante no. Usa sus cromatóforos como por acto reflejo, todo el tiempo.

Y, como ocurre con otros muchos animales con los que hay que tener cuidado, muestran su peligro cuando se cabrean, cuando se les contradice, cuando se bromea con ellos o, sin más, cuando una foca, un delfín o un buzo insensato se les acerca demasiado. Entonces la sepia se convierte en una verbena de vivos colores, que es su modo de decir: “No te fíes de mí, que tengo muy mal carácter”.

Pero una vez que el intruso se ha largado, la sepia cambia de sitio (otra cosa que hace sin parar), adopta el color del nuevo lugar que ocupa y, oye, aquí no ha pasado nada. A vivir.