Siempre se le ha presumido al fútbol una ejemplaridad que nunca ha exhibido. Los futbolistas han pasado de ser referentes de los más pequeños a convertirse en iconos mediáticos más cercanos a las estrellas de rock que al perfil habitual de los deportistas.

Esta semana el fútbol se ha visto salpicado por noticias que nada tienen que ver con el balón. La más sonada, la negativa de la afición rayista, liderada significativamente por el grupo radical, los Bukaneros, a asumir el fichaje de Roman Zozulya debido a su supuesta ideología filofascista. Un caso que ha dado la vuelta al mundo, envolviendo al fútbol en una polémica política e ideológica que nada tiene que ver con el deporte.

La segunda noticia ha sido la orden del Consejo Superior de Deportes y del Ministerio del Interior al Sevilla Fútbol Club de echar de la grada de su estadio al grupo radical Biris porque ha "protagonizado el suficiente número de incidentes violentos y desordenes públicos como para merecer la calificación de violento”. Este grupo ultra protagonizó hace unos días un enfrentamiento con Sergio Ramos, quien contestó a sus insultos tras anotar un gol. Lo llamativo es que el presidente del Sevilla, José Castro, se posicionó de parte de la grada del Pizjuán. Afirma que "la culpa es de 20 radicales", pero esos salvajes siguen campando a sus anchas por su estadio. Complicidad en lugar de contundencia.

Los campos han dejado de ser sitios a los que ir tranquilamente a ver partidos de fútbol. Grupos radicales de  facciones fascistas o radicales de izquierda controlan los fondos de muchos estadios con la connivencia de unos presidentes y unos clubes que lo excusan "porque son los únicos que animan ". En otros casos esas directivas viven atemorizados (e incluso amenazadas) por la dictadura de los violentos.

Desafortunadamente son habituales las imágenes de complicidad de los futbolistas con estos grupos. Y pocos son los que han decidido erradicarlos de sus estadios. Lo hizo Joan Laporta en el Fútbol Club Barcelona con enorme determinación. Y lo ha intentado, con más tibieza, Florentino Pérez, quien ha expulsado del campo a los peligrosos Ultras Sur, grupo que ha vivido una cruenta lucha en su particular juego de tronos, pero que ha realojado a históricos ultras como Ochaita en otras zonas del Bernabéu.

Violencia de género y machismo

Por último, la madrugada del viernes el defensa del Atlético de Madrid Lucas Hernández fue detenido por agredir presuntamente a su pareja. Culpar al fútbol de esto sería injusto porque se trata de la conducta de una persona que le descalifica a él como individuo. El fútbol, en último caso, refleja desafortunadamente una realidad social transversal que afecta a todos.

No es la primera vez que la violencia de género se asoma al fútbol. La Fiscalía ha solicitado dos años y un mes de cárcel para el delantero canario del Betis, Rubén Castro, por cuatro delitos de maltrato y un quinto de amenazas leves a su ex pareja, al considerar que ésta habría sido agredida físicamente en cuatro ocasiones y habría recibido un mensaje de texto amenazante en su móvil.

Lo más lamentable es que en el estadio del Betis se han escuchado cánticos a favor del delantero, como los que denunció Antiviolencia ,en un vídeo en el que se escuchaba: “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien”. El club verdiblanco lejos de castigar con ejemplaridad a los autores de esos cánticos, no ha sido capaz de encontrar a ningún aficionado de los que cantaban, pese a tener cámaras instaladas en el campo. Además respalda al delantero bético, que sigue en el club y ha renovado su vínculo con el club heliopolitano.

Y a eso se suman los insultos machistas a las árbitros y el tratamiento vejatorio a muejres en numerosos episodios en el fútbol español en los últimos tiempos. El fútbol ha dejado de ser un deporte y se ha convertido en un negocio en el que los violentos han tomado las gradas y la ejemplaridad brilla por su ausencia tanto fuera como dentro del campo. El fútbol ha vuelto a la cavernas.