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Juan Ignacio Pérez

Opinión

Ciencia sin futuro, futuro sin ciencia

Cada vez son más las personas que deciden abandonar la carrera investigadora debido a las dificultades e incertidumbres que han de afrontar, y a lo extraordinariamente exigente que resulta el sistema científico. Juan Ignacio Pérez reflexiona sobre esta ‘epidemia’ de abandonos en ciencia.

Las reducciones de la última década en los presupuestos de investigación han sido traumáticos. Muchos grupos han perdido la financiación de que disfrutaban y otros han visto reducida de forma sensible su cuantía. A corto plazo, las peores consecuencias de este estado de cosas las han sufrido quienes se han graduado en los últimos años, porque han visto muy limitadas sus posibilidades de acceder a contratos de iniciación en la investigación y el personal en formación, incluyendo a doctorandos, personas recién doctoradas y otras en puestos posdoctorales con aspiraciones a estabilizarse laboralmente en España. Y a medio y largo plazo, la ciencia española experimentará una contracción severa. Algunos de sus efectos ya han aflorado, pero los más graves están por llegar aún, pues se producirán cuando se manifiesten los déficits generados por la brecha producida en el personal en formación.

Los efectos más graves de la falta de inversión en ciencia están por llegar y los sufrirán quienes ahora se gradúan

La situación descrita está desincentivando a muchos de los jóvenes afectados. Tras graduarse, realizar un doctorado y permanecer en España o en otros países durante meses o años en puestos temporales sin perspectivas claras de estabilización, no es extraño que acaben renunciando a su carrera investigadora y decidan probar fortuna en otros sectores de actividad, más o menos relacionados con la ciencia. Algunos de quienes han dado ese paso viven su experiencia con naturalidad y se encuentran satisfechos, pero para otros es una decisión traumática, al ver frustradas sus expectativas.

Los problemas que sufre la ciencia en España son especialmente graves por las razones expuestas, pero comparten algunos rasgos con la situación que vive el mundo de la ciencia en otros países occidentales, también en aquellos que han mantenido su esfuerzo en investigación o, incluso, lo han aumentado. Cada vez son más las personas que deciden abandonar la carrera investigadora debido a las dificultades e incertidumbres que han de afrontar, y a lo extraordinariamente exigente que resulta el sistema científico. Hace algún tiempo, Jesús Méndezse hacía eco de esta situación y aportaba datos muy reveladores: en el Reino Unido un 53% de quienes acaban una tesis doctoral opta por profesiones alejadas de la ciencia; el 17% sigue en la investigación, pero fuera de la Academia; y solo el 3.5% llegará a tener un puesto fijo.

No es extraño que muchos acaben renunciando a su carrera investigadora y decidan probar fortuna en otros sectores

Si contase con recursos económicos y humanos suficientes, el sistema científico crecería de forma indefinida. La razón es que es un sistema que tiende a retroalimentarse de forma permanente. Quienes se dedican a la investigación desean, antes o después, liderar su propio grupo y formar a otras personas; y muchas de estas, a su vez, pretenden emular a sus mentores, formando a jóvenes investigadores y dirigiendo sus grupos de investigación. Y así sucesivamente.

En España ese proceso se produjo casi de forma ininterrumpida durante el cuarto de siglo que va desde mediados de los ochenta hasta finales de la primera década de nuestro siglo porque las circunstancias lo propiciaron. En la década de los ochenta se crearon instrumentos específicos para apoyar la investigación científica; la economía, salvo en el bache de la crisis de 1993, creció de forma notable hasta la llegada de la recesión cuyos efectos todavía padecemos; y las universidades crecieron en número de centros y de estudiantes a un ritmo vertiginoso hasta hace una década. En esas condiciones el sistema científico –universidades y centros públicos de investigación, principalmente- creció y fue capaz de incorporar a gran parte del personal investigador que se iba formando.

Pero ese crecimiento no fue infinito. No lo puede ser en ningún caso, y en el sistema español tampoco lo ha sido. Para aumentar de tamaño se necesita un aporte creciente de recursos, sean de origen público o privado. Y también se necesitan personas interesadas en desarrollar una carrera científica. Si cualquiera de esos dos requisitos fallan, el crecimiento se detiene o, incluso, puede revertir.

Para aumentar de tamaño el sistema necesita un aporte creciente de recursos, sean de origen público o privado

En una situación estable, lo normal es que el sistema forme a suficiente personal como para irse renovando poco a poco, de manera que quienes salen, porque prefieren otra actividad o se jubilan, son sustituidos por nuevo personal. El tamaño del sistema dependerá de los recursos disponibles. Pero está claro que, por el modo en que funciona, siempre se va a producir un cierto excedente de personal, razón por la cual, parte de esas personas con alta formación científica se dirigirán a otros destinos profesionales. De acuerdo con esa lógica, cada vez que aumenten los recursos que se destinan a la investigación, aumentará el tamaño del sistema, más personal podrá mantenerse en él y menos saldrán a otras actividades profesionales; pero esa situación será transitoria, hasta que se alcance un nuevo equilibrio. Los datos aportados por Jesús Méndez antes comentados referidos al Reino Unido, y similares datos relativos a los Estados Unidos son seguramente consecuencia de estados de equilibrio en los que se ha alcanzado un tamaño más o menos estable en sus respectivos sistemas científicos. No obstante, también en esos sistemas han empeorado en los últimos tiempos las condiciones para los investigadores que se encuentran al comienzo de la carrera.

Las posibilidades de los jóvenes que iniciaron sus carreras hace más de una década se han reducido al mínimo

El crecimiento del sistema universitario español se detuvo hace unos años por efecto de la crisis y por factores de carácter demográfico, ya que entre 1995 y 2000 España experimentó las cifras más bajas de nacimientos de las últimas décadas. Además, las tasas de escolaridad universitaria son altas, por lo que no es fácil que sigan subiendo. Y sin un sistema universitario capaz de absorber el personal formado en los últimos años, las oportunidades para incorporarse o mantenerse en él de forma estable de muchísimos jóvenes que iniciaron sus carreras hace más de una década se han reducido al mínimo. La situación para muchos de ellos es frustrante, porque tras un largo periodo de esfuerzo y, en ocasiones, verdaderos sacrificios, se ven abocados a abandonar la que consideraban su profesión.

Así pues, es relativamente normal que una parte importante de los jóvenes que han adquirido la formación necesaria para desempeñar una carrera investigadora tengan que abandonarla porque el sistema científico de su país o el de otros países no les ofrecen las necesarias oportunidades. Pero en el caso español el problema ha adquirido una dimensión relativa mayor porque hemos pasado de una situación de crecimiento a otra en el que más que detenerse, ese crecimiento ha revertido. España, además, sufre el agravante de que sigue teniendo un sistema científico de dimensiones muy inferiores a las de los países de nuestro entorno. Ni el sector público de investigación español tiene todavía un tamaño equivalente al de los demás países occidentales, ni la industria española absorbe el personal de I+D que absorbe la industria de la mayoría de ellos.

He dejado para el final una consideración relativa al papel de las mujeres en la ciencia. En contra de una opinión muy extendida, el número de chicos y chicas que estudian carreras de ciencias es en conjunto muy similar. Sin embargo, las condiciones para el progreso de las mujeres en el cursus honorum de la carrera científica son peores que las de los hombres; en otras palabras, las dificultades que afronta quien completa un periplo formativo en investigación se multiplican si se trata de una mujer. Esto ocurre, al menos, por dos razones. Por un lado, porque las posibilidades de progresar de las mujeres en el sistema científico son menores que las de los hombres. Y la segunda razón, aunque relacionada con la anterior, es que ese periplo formativo corresponde en el tiempo al periodo durante el cual muchas mujeres desean ser madres.

“Es triste que se despilfarre tanto esfuerzo económico y personal"

La situación descrita, por lo que concierne a las personas interesadas, es penosa. También es triste que se despilfarre tanto esfuerzo económico y personal. Pero las cosas son quizás más lamentables si, además de lo anterior, no hay garantía de que las pocas personas que consiguen estabilizarse sean verdaderamente las más brillantes, las más creativas y, en definitiva, aquellas de quien cabría esperar las mejores contribuciones al conocimiento. Hay razones para temer que no sea así, porque los procedimientos de reclutamiento están cada vez más burocratizados y descansan en mayor medida en criterios casi exclusivamente bibliométricos que, bajo la excusa de proporcionar garantías jurídicas a los postulantes, persiguen en realidad evitar tomar decisiones responsables. Esto, como la saturación del sistema, no es un problema exclusivamente español, pero entre nosotros reviste mayor gravedad.

Habría querido hacer una valoración algo más positiva de la situación a que se enfrentan quienes están haciendo un doctorado o se encuentran en periodo posdoctoral, pero no habría reflejado la visión que tengo. Hay que dar la vuelta a ese estado de cosas. Hemos de ser capaces de hacer que cambien las condiciones de penuria en que vive el sistema científico español; los investigadores en formación deben ser conscientes de que hay vida más allá de la Academia y de que esa vida puede ser tan gratificante profesional e intelectualmente como aquella; la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres en las carreras científicas es un objetivo factible y necesario; y no nos debemos resignar a la burocratización y evasión de responsabilidades personales e institucionales en el reclutamiento del personal investigador. Nada de esto es fácil, pero tampoco es imposible y es demasiado valioso lo que está en juego como para no intentarlo.

Juan Ignacio Pérez Iglesias es biólogo, catedrático de Fisiología en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). 



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