Millones de hombres, cientos de miles de caballos, decenas de miles de camiones, carros de combate, y aviones aguardan la hora señalada. En un frente de más de mil kilómetros que abarca todo el ancho del continente, del Báltico al mar Negro, los soldados de la Wehrmacht contenía hace 80 años el aliento ante la inminencia del ataque. A las 3.15 de la madrugada del 22 de junio de 1941, el Ejército alemán con sus aliados dan inicio a la operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética.

El historiador Jean Lopez describió la operación Barbarroja como una “transgresión general de todas las normas de la civilización, aplicada a Europa por la propia Europa”. Más que una contienda militar, fue una bestial campaña colonial de destrucción de los enemigos ideológicos y raciales. 

Hitler cruzó todas las líneas rojas que quedaban por cruzar y este verano desató su furia genocida. Los alemanes incrustaron junto a la Wehrmacht a los Einsatzgruppen, grupos de matanza itinerantes que inauguraron, el que sería conocido como el ‘Holocausto de las balas’. Estas divisiones de la muerte que Jonathan Littell noveló en Las Benévolas fueron las primeras en asesinar de una forma sistemática e indiscrimanada a todos los judíos que encontraban, sin importar si se trataba de un niño de dos años o una anciana de 90. Su ficha de servicios en territorio soviético dejará más de un millón de muertos, con infames récords como el de la matanza de Babi Yar (Kiev) en la que fueron fusiladas más de 33.000 personas en 48 horas.

Coloso con los pies de barro

Se acercaba el verano y Stalin estaba convencido de que Alemania no atacaría sin haber cerrado la guerra en el oeste. El dictador soviético había recibido decenas de avisos por múltiples vías de la inminencia del ataque alemán. Incluso cuando Zhukov le advirtió del ataque en la madrugada del 22 de junio, llegó a plantear la posibilidad de que oficiales alemanes hubieran atacado por su cuenta. 

Toda Europa veía inevitable el choque entre las dos potencias, y el líder soviético se había marcado años atrás dos objetivos: reforzar el Ejército y desplegar una política diplomática que evitará por todas las vías un conflicto con Hitler.

En junio de 1941, mientras que el Tercer Reich contaba con las mejores tropas del continente, el Ejército Rojo era un Coloso con pies de barro. Según señala el experto en el Ejército soviético David Glantz (Barbarossa: Hitler's Invasion of Russia 1941; Cuando chocan los titanes: Cómo el Ejército Rojo detuvo a Hitler), sus cinco millones de soldados estaban mal entrenados, mal dirigidos, mal abastecidos y equipados y mal desplegados. A todo ello había ayudado el propio Stalin al descabezar a sus tropas en las brutales purgas de unos años antes. El mando militar supremo había sido laminado, 80 de los 101 miembros,  fueron fusilados con absurdas acusaciones de actividad antisoviética y en 1941 la inexperiencia dirigía las armas rusas. 

Los soldados soviéticos estaban mal entrenados, mal dirigidos, mal abastecidos y equipados y mal desplegados

David Glantz, Barbarossa: Hitler's Invasion of Russia 1941

Arrasa las defensas rusas

Alemania llegaba al verano de 1941 prácticamente invicta y las victorias en Escandinavia, Polonia, Países Bajos, Francia y los Balcanes le hacían sentirse invencible. Sin embargo, los oficiales destinados en las fronteras orientales no lo tenían tan claro y sobrevolaba en sus mentes la retirada de Napoleón un siglo antes.

Hitler estaba convencido de que el ataque haría caer todo el sistema soviético: “Solo tenemos que dar una patada en la puerta y todo el edificio se caerá”. Pero el dictador subestimó la fortaleza interna del sistema bolchevique y la situación económica de la Unión soviética. Aunque la gran sorpresa fue la capacidad aparentemente infinita de generar nuevas divisiones, y la audaz retirada al Este de parte de la industria.

Solo tenemos que dar una patada en la puerta y todo el edificio [soviético] se caerá

Adolf Hitler, sobre el ataque a la URSS

Durante las primeras semanas de la campaña, el Ejército rojo no tuvo nada que hacer. Las defensas colapsaron y los alemanes avanzaron varias decenas de kilómetros por día en tres grandes frentes, uno al norte que acabaría llegando a Leningrado (San Petesburgo); uno central que avanzó hasta Moscú: y otro al sur destinado a Ucrania, donde estaban la mayor parte de la industria, y de las reservas agrícolas de la URSS, y a tiro de piedra de los ansiados campos petrolíferos del Cáucaso. 

La imagen de los Grupos Panzer entrando como cuchillo en mantequilla no debe eclipsar la realidad de la operación. La potencia motriz de la Wehrmacht era animal: cerca de 700.000 caballos participaron en la operación. El historiador Antony Beevor (La Segunda Guerra Mundial) recalca que de no ser por los miles de vehículos que los franceses habían dejado sin destruir en la conquista alemana del verano anterior, la fuerza de tiro de Barbarroja hubiera sido casi intégramente animal.

Caballo y carruaje hundidos cerca de Kursk (primavera 1942).

Los lodos del otoño, el hielo del invierno

Los historiadores siguen discutiendo sobre si la decisión alemana de desviar en agosto las tropas del frente central para reforzar los otros fue el gran error de Hitler. Algunos sostienen que esta distracción de la tarea inicial de tomar Moscú, impidió a los alemanes entrar en la capital y ocasionar el derrumbe del régimen. Otros, como Glantz, defienden que “si el Grupo de Ejércitos Centro hubiera avanzado sobre Moscú en septiembre, antes de despejar sus flancos, habría tenido que lidiar con fuerzas soviéticas mucho más fuertes que protegían Moscú. Es probable que hubieran capturado la ciudad, pero tendrían que haber pasado el invierno en una ciudad devastada y sufriendo continuos ataques de unas fuerzas mucho más numerosas que las que fueron incapaces de repeler en diciembre”.

Ciudadanas rusas cavan trincheras antitanque cerca de Moscú (1941).

Con la marcha del verano, llegaron los grandes males para Alemania. Si la Historia ha ascendido a general al invierno; en Barbarroja el otoño merece ser laureado, como mínimo, a coronel. El frío congeló Panzer y caballos, pero antes, las lluvias otoñales enfangaron y atascaron a la Wehrmacht. Las primeras grandes heladas de noviembre pusieron en evidencia la falta de equipamiento de los alemanes, y la incapacidad de tomar Moscú frustraría definitivamente el proyecto hitleriano. La Blitzkrieg (guerra relámpago) que se había paseado por Europa no funcionó en la inmensidad del territorio ruso.

El segundo semestre de 1941 fue uno de los más mortíferos de la historia. Todos los contadores se marcan en millones. Las bajas militares del Ejército Rojo ascendieron a 4,5 millones, por un un millón de los aliados del Eje. Esta campaña de récords absurdos también dio inicio a asedios como el de Leningrado y a gigantescas capturas de ejércitos soviéticos. Se calcula que en estos meses, los alemanes encarcelaron en infectos campos de concentración a más de tres millones de soldados de la URSS, de los que dos millones habían muerto de hambre, frío o enfermedades antes de febrero de 1942. También serían prisioneros soviéticos, en septiembre de 1941, los conejillos de indias del Zyklon B de Auschwitz.

El líder de las SS, Heinrich Himmler, inspecciona un campo de prisioneros de la URSS.

Fue el momento de la guerra con una mayor desproporción en el balance de bajas. Si la media de toda la guerra indicará unas pérdidas de 4 tanques rusos perdidos por cada tanque alemán, en estos meses fue de en torno 10 a 1.

Barbarroja y el año 1941 fueron una tragedia para la URSS, pero supusieron un bandazo en el transcurso de la guerra. El plan de Hitler de acabar rápidamente con el sistema bolchevique fracasó estrepitosamente, y Stalin fue consciente de la necesidad de una movilización absoluta de todos los recursos del país, Alemania no lo haría hasta el 1944.

El historiador Ian Kershaw dedicó a estos meses una de las obras más recomendables sobre la Segunda Guerra Mundial (Decisiones trascendentales: 1940-1941, el año que cambió la historia). Mientras los alemanes avanzaban por las llanuras soviéticas, Estados Unidos entraba, sin entrar, en la guerra, con la aprobación de un plan de ayuda a la Unión Soviética que se materializaría en millones de toneladas de ayuda en forma de vehículos, tanques, aviones y alimentos. Y la primera semana de ese diciembre en el que los Panzer se atascaban a las puertas de Moscú, unos aviones japoneses bombardeaban la base naval de Pearl Harbor, empujando definitivamente a Roosevelt a entrar en el conflicto. Faltaban más de tres largos años para que se volara los sesos en un búnker de Berlín, pero en aquel invierno, Hitler había comenzado a perder la guerra.